
Se atribuye al jeque Rashid bin Saeed Al Maktoum, uno de los arquitectos del desarrollo de Dubái, una frase que encierra una profunda advertencia histórica: «Mi abuelo montaba en camello; mi padre montaba en camello; yo conduzco un Mercedes; mi hijo conduce un Land Rover; mi nieto conducirá un Land Rover, pero mi bisnieto volverá a montar en camello». La enseñanza es clara: la prosperidad conquistada por generaciones sacrificadas puede perderse cuando sus descendientes olvidan cuánto costó alcanzarla.
Los tiempos difíciles suelen producir hombres fuertes. Los hombres fuertes crean tiempos de seguridad y abundancia. Los tiempos fáciles, cuando no están acompañados de disciplina y responsabilidad, producen hombres débiles. Y los hombres débiles permiten que regresen los tiempos difíciles. Entonces vuelven a surgir personas enérgicas, valientes y dispuestas al sacrificio. Así se repite el ciclo.
No es una ley matemática. Una sociedad próspera puede educar ciudadanos firmes. Pero la historia demuestra que la comodidad, cuando se convierte en un valor superior a la libertad y la dignidad, debilita a los pueblos. Las grandes naciones y los grandes imperios fueron levantados por generaciones curtidas, capaces de soportar privaciones, asumir riesgos y pensar más allá de su bienestar inmediato. No preguntaban únicamente cuánto costaría vencer; también cuánto le costaría resultar derrotados.
Esas generaciones construyen instituciones, ciudades, industrias y sistemas de protección fuertes. La vida se vuelve más fácil. Los hijos no padecen las mismas carencias que sus padres, y los nietos apenas pueden imaginar sus sacrificios. Ese progreso es victoria, pero también puede sembrar la decadencia. Cuando una sociedad olvida cómo conquistó su libertad y su grandeza, comienza a creer que la libertad y el bienestar son eternos. Cuando olvida el precio de su seguridad, considera innecesario defenderla.
Entonces aparecen ciudadanos que se alarman más por la subida del precio de la gasolina que por el crecimiento de una potencia enemiga; que rechazan cualquier sacrificio, aunque de él dependa la supervivencia nacional; que desean derechos sin deberes, paz sin defensa y prosperidad sin esfuerzo. Una nación que piensa así puede conservar sus riquezas durante algún tiempo, pero comienza a perder su voluntad.
Ese es el reto que hoy enfrentan Estados Unidos y sus aliados occidentales. Deben comprender que el régimen fundamentalista iraní representa una amenaza que no desaparecerá mediante concesiones interminables. Deben destruir de manera determinante su capacidad de agresión, su expansión terrorista y sus proyectos de dominación regional. No se trata de atacar al pueblo iraní, también víctima de la dictadura, sino de impedir que una tiranía fanática acumule poder para chantajear, desestabilizar y destruir.
Washington y sus aliados de la OTAN deben reconocer igualmente el peligro que representan Rusia y China para sus intereses, su seguridad y el orden internacional basado en la libertad. Las potencias autoritarias observan las divisiones de las democracias, estudian su cansancio y calculan hasta dónde pueden avanzar sin encontrar resistencia. Frente a ellas, la debilidad no produce paz: produce tentación.
Europa occidental debe extraer la misma lección. Los países de la Unión Europea y el Reino Unido necesitan estrechar filas, aumentar sus presupuestos de defensa, fortalecer sus industrias militares y preparar a sus sociedades.
La seguridad europea no puede depender indefinidamente del sacrificio estadounidense. Los pueblos libres deben ser capaces de defender su independencia.
Por eso, apoyar a Ucrania es una obligación estratégica y moral. Ucrania combate no solo por su territorio, sino por el principio de que ninguna nación poderosa tiene derecho a destruir a otra y modificar sus fronteras por la fuerza. Abandonarla por cansancio, temor o costo económico enviaría a Moscú y a otras dictaduras un mensaje peligroso: que las democracias pueden ser derrotadas si la agresión se prolonga.
Estados Unidos tiene también una responsabilidad decisiva en el hemisferio occidental. Debe ayudar a consolidar la democratización de Venezuela y no olvidar la necesidad de hacer posible la democratización de Cuba. Durante más de seis décadas, el régimen comunista cubano ha sido aliado de los principales adversarios de Estados Unidos, ha exportado métodos de control político y ha contribuido a la desestabilización regional. Una dictadura hostil situada a noventa millas de sus costas nunca puede considerarse un problema menor o lejano.
El reto estadounidense es además interno. El avance de la extrema izquierda y de otros movimientos enemigos de la libertad, la democracia y los valores occidentales amenaza con erosionar los fundamentos que hicieron grande a la nación. Ninguna potencia puede vencer a sus adversarios externos si pierde primero la confianza en su historia, en sus instituciones y en el derecho a defender su civilización.
Estados Unidos y Europa conservarán su libertad solo si recuperan la disciplina, el valor y la voluntad de asumir sacrificios. Cuando un pueblo teme más al sacrificio que a la derrota; cuando se preocupa más por conservar temporalmente sus comodidades que por defender su seguridad y su libertad, el declive deja de ser una posibilidad remota y comienza a vislumbrarse en el horizonte.
Los tiempos difíciles volverán, tarde o temprano. La pregunta decisiva es si encontrarán pueblos débiles y resignados o nuevas generaciones de hombres y mujeres fuertes, preparados para enfrentarlos.
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