
La periodista y fundadora de 14ymedio Yoani Sánchez publicó este fin de semana en Facebook un relato en primera persona titulado «Los días de la fiebre», en el que narra tres días de enfermedad severa en La Habana con un botiquín casi vacío, apagones prolongados y hospitales colapsados que la llevaron a descartar buscar atención médica.
Sánchez describe síntomas compatibles con chikungunya: fiebre superior a 39 grados, dolores de cabeza punzantes, rigidez articular en cadera, rodillas y tobillos, inflamación de garganta, escalofríos, diarreas y náuseas.
Al inicio de la enfermedad solo contaba con dos dipironas, sin termómetro y sin sales de rehidratación oral.
«Empiezo a hacer conteo de los medicamentos e insumos médicos que tengo a mano. No son muchos porque la enfermedad ha golpeado duramente a mi familia y a mis vecinos en los últimos meses, así que buena parte del botiquín está vacío. Quedan dos dipironas, no hay termómetro y las sales de rehidratación oral ya se acabaron», escribió.
Cuando la fiebre escaló durante la segunda noche, Sánchez logró conseguir un termómetro, pero descartó ir al hospital por razones que ella misma explica con crudeza: «¿Al hospital?, respondo alarmada. No hay electricidad; en estas condiciones nunca podré bajar 14 pisos por la escalera y solo imaginar que a mi regreso el apagón sigue ahí y el ascensor no funciona me hace latir las sienes con fuerza».
La periodista también describe el estado de los servicios de urgencias: «Los cuerpos de guardia están repletos de gente como yo: febril, debilitada y desesperada. No pueden hacer mucho por esa ola de pacientes que llega. No tienen capacidad para hacer análisis que determinen qué tenemos, no cuentan ni siquiera con jeringuillas para poner una inyección».
Sánchez atribuye el contagio a la picadura de un mosquito, posiblemente durante una visita al Parque Central de La Habana, y señala que ninguna precaución resultó suficiente: «No hay manera de impedirlo en una ciudad repleta de montañas de basura, hundida en la crisis epidemiológica y sin una campaña antivectorial que disminuya la presencia de los mosquitos».
El relato trasciende la experiencia personal para convertirse en una denuncia sobre los cubanos más vulnerables.
Sánchez imagina a «Matilde» y «Pancho», ancianos que viven solos porque sus hijos emigraron, enfrentando la misma enfermedad sin apoyo ni recursos: «Aunque el virus no tiene una letalidad significativa, pasarlo solo, en un país donde ni siquiera se logra garantizar el servicio de agua corriente y los hospitales están sin insumos y colapsados de pacientes, aumenta las probabilidades de no sobrevivir».
El texto se enmarca en una crisis sanitaria documentada en Cuba que combina epidemias de arbovirosis, escasez de medicamentos y apagones extremos. La Organización Panamericana de la Salud registró más de 51,000 casos sospechosos de chikungunya en Cuba desde julio de 2025 hasta finales de ese año, con 46 defunciones.
En abril de 2026, faltaban 461 de 651 fármacos del Cuadro Básico de Medicamentos, y una encuesta de mayo indicó que solo el 4,8% de los cubanos podía conseguir medicamentos sin dificultad. En julio, La Habana llegó a tener apenas el 4% de sus clientes con servicio eléctrico, con cortes de hasta 24 horas diarias.
El MINSAP alertó en junio sobre una posible nueva epidemia de dengue con el inicio del verano, mientras que en febrero de 2026 solo 44 de los 106 camiones recolectores de basura de La Habana estaban operativos, condición que favorece la proliferación del mosquito Aedes aegypti.
Sánchez cerró su relato con una imagen de desolación y resistencia: «Me tomo el primer café en muchos días, pero me sabe mal. Tendré que seguir luchando contra esto».
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