
En abril de 2008, el gobierno cubano lanzó una dura acusación contra Estados Unidos: Washington, afirmó entonces el ministerio de Relaciones Exteriores (MINREX), permitía que Luis Posada Carriles disfrutara de una «apacible vida» en Miami mientras impedía que fuera juzgado como terrorista.
La denuncia no fue excepcional. Durante décadas, el régimen cubano convirtió a Posada en una de las principales figuras de su narrativa sobre el terrorismo contra Cuba y utilizó reiteradamente su presencia en Estados Unidos para acusar a Washington de albergar y proteger a personas responsables de acciones violentas contra la isla.
Dieciocho años después de aquella declaración del MINREX, una revelación introduce una incómoda paradoja en ese relato.
Mientras La Habana denunciaba públicamente la supuesta protección estadounidense de Posada, la inteligencia cubana aparentemente había conseguido colocar a uno de sus activos dentro del círculo más íntimo del militante anticastrista.
El hombre era Fernando Armando Valdés Pérez.
El Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) de Estados Unidos sostiene que Valdés era un activo de la inteligencia cubana encargado desde al menos la década de 1990 de infiltrarse en organizaciones del exilio.
Y una investigación de la periodista Nora Gámez Torres para el Miami Herald ha revelado hasta dónde habría llegado esa penetración.
Valdés no era simplemente un conocido de Posada.
Lo acompañaba a citas médicas y eventos, se ocupaba de sus medicamentos y llegó a ejercer prácticamente como su representante y cuidador. Orlando González, amigo cercano de Posada, lo describió como una especie de «hijo devoto».
La relación alcanzó tal grado de confianza que Posada permaneció durante más de un año escondido en una vivienda de Valdés en Guatemala. Posteriormente, cuando algunos de sus allegados intentaron impedir que Valdés lo acompañara en un traslado hacia México por las sospechas que ya despertaba, Posada se negó a marcharse sin él.
Es decir, mientras el gobierno cubano denunciaba públicamente la impunidad de Posada, un hombre identificado ahora por las autoridades estadounidenses como activo de La Habana tenía acceso extraordinario a su vida privada, sus movimientos y su entorno.
Posada como símbolo de la narrativa cubana
Luis Posada Carriles fue una de las figuras más conocidas y controvertidas del exilio anticastrista.
Veterano de Bahía de Cochinos y antiguo colaborador de la CIA, dedicó buena parte de su vida a combatir al régimen de Fidel Castro.
Cuba y Venezuela lo responsabilizaron del atentado contra el vuelo 455 de Cubana de Aviación, ocurrido el 6 de octubre de 1976 frente a las costas de Barbados y en el que murieron 73 personas.
La Habana también lo acusó de estar detrás de los atentados contra hoteles cubanos de 1997 y de participar en un complot para matar a Castro en Panamá en 2000.
Posada nunca fue condenado por terrorismo en Estados Unidos.
El crimen de Barbados se convirtió con el paso de los años en una pieza fundamental de la narrativa política del régimen sobre la violencia procedente del exilio y la supuesta responsabilidad de Washington por permitir que sus autores operaran o residieran en territorio estadounidense.
La presencia de Posada en Miami ofrecía a La Habana un argumento especialmente efectivo.
Cuando una jueza estadounidense desestimó en 2007 los cargos migratorios que entonces pesaban sobre él, el régimen intensificó sus acusaciones.
«La apacible vida» de Posada en Miami, afirmó el MINREX en abril de 2008, se sumaría a los «vejámenes, violaciones y atrocidades» por los que, según La Habana, sería recordada la administración de George W. Bush.
El régimen cubano sostuvo entonces que Estados Unidos estaba evitando deliberadamente que Posada fuera procesado como terrorista y presentó el caso como evidencia de un doble rasero de Washington en su lucha contra el terrorismo.
Las incógnitas de Barbados
La utilización política del atentado de Barbados no elimina la gravedad del crimen ni las sospechas que históricamente han recaído sobre Posada Carriles.
Pero tampoco significa que todas las incógnitas sobre el atentado hayan quedado resueltas.
Una investigación del periodista Carlos Cabrera Pérez publicada por CiberCuba en 2021, al cumplirse 45 años del crimen, recopiló testimonios, documentos y versiones contradictorias que cuestionan aspectos de la narrativa establecida sobre su autoría intelectual.
Entre ellas figura el testimonio de Ricardo Morales Navarrete, conocido como «El Mono», quien declaró bajo juramento en un tribunal de Florida en 1982 que había formado parte de la conspiración, pero desvinculó a Orlando Bosch del atentado.
Otras fuentes citadas en aquella investigación también exculparon a Posada y Bosch, mientras algunas versiones llegaron a plantear la posibilidad de que agentes vinculados a la inteligencia cubana hubieran tenido conocimiento previo de la operación o incluso intervenido en ella.
Ninguna de esas hipótesis permite afirmar que el régimen cubano organizara el atentado de Barbados.
El propio exoficial de la Dirección General de Inteligencia cubana Enrique García Díaz, citado por CiberCuba en aquella investigación, reconoció no disponer de evidencias para responsabilizar al régimen, aunque expresó sus dudas sobre que los servicios cubanos pudieran desconocer completamente lo que estaba ocurriendo dada su extensa penetración de los grupos del exilio.
El caso sigue rodeado de versiones contradictorias y controversias históricas.
Además, la actividad de infiltración atribuida por ICE a Valdés comienza, al menos según la información conocida públicamente, en la década de 1990, casi dos décadas después de Barbados. No existe por tanto ningún elemento conocido que permita relacionarlo con el atentado de 1976.
¿Qué sabía realmente La Habana sobre Posada?
Las revelaciones sobre Valdés Pérez plantean una cuestión diferente.
Si las autoridades estadounidenses están en lo cierto y era efectivamente un activo de la inteligencia cubana, La Habana consiguió una posición excepcional para conocer los movimientos de uno de los hombres que públicamente presentaba como una grave amenaza para Cuba.
La pregunta ya no es qué sabía el régimen sobre Barbados en 1976, sino qué sabía sobre Posada durante los años posteriores en los que uno de sus presuntos activos estuvo prácticamente a su lado.
¿Qué información proporcionaba Valdés a sus superiores? ¿Qué sabía la inteligencia cubana sobre los contactos, desplazamientos y actividades de Posada? ¿Hasta dónde llegó realmente aquella operación?
¿Y por qué resultaba más valioso mantener durante años a un activo tan próximo a Posada que interrumpir aquella relación?
No existen respuestas públicas a esas preguntas.
Tampoco hay evidencia de que Valdés tuviera instrucciones de atacar, secuestrar o causar daño físico a Posada. La finalidad de un agente infiltrado puede ser precisamente permanecer junto a un objetivo durante el mayor tiempo posible para obtener información sobre él, sus contactos y las organizaciones de su entorno.
Por ello, sería incorrecto concluir que el régimen cubano «protegió» a Posada Carriles simplemente porque su presunto activo permaneció durante años junto a él.
Pero la contradicción política permanece.
La paradoja de la «apacible vida»
Durante años, La Habana presentó la permanencia de Posada en Miami como evidencia de que Estados Unidos protegía a un hombre al que el régimen responsabilizaba de terrorismo.
Ahora se conoce que, durante parte de esa misma etapa, la inteligencia cubana aparentemente disponía de un activo con acceso privilegiado al propio Posada.
La paradoja resulta todavía mayor porque algunos de sus allegados aseguran que sospecharon de Valdés muchos años antes de que Estados Unidos actuara contra él.
Orlando González contó al Miami Herald que llegó a advertir al FBI alrededor de 2006 sobre sus sospechas de que Valdés podía estar vinculado con la inteligencia cubana.
González también asegura que posteriormente confrontó personalmente a Valdés y le comunicó que había hablado con las autoridades federales. Según su relato, Valdés respondió que, si realmente hubiera sido un espía cubano, podría haber matado tanto a Posada como al propio González.
La frase no demuestra cuáles eran sus verdaderas órdenes ni cuáles fueron los objetivos de la operación. Pero la identificación de Valdés por ICE coloca bajo una nueva luz aquellos años.
La «apacible vida» de Posada que el régimen denunciaba desde La Habana quizá no fuera tan ajena a los servicios cubanos como sugería entonces su discurso público.
Mientras acusaba a Washington de permitir que uno de sus mayores enemigos viviera tranquilamente en Miami, su propia inteligencia aparentemente había conseguido algo que cualquier servicio de espionaje consideraría extraordinariamente valioso: tener un hombre de confianza al lado del objetivo.
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