Tati Allende y la crueldad del socialismo a la cubana

Beatriz, Tati, Allende, en el centro de la imagen. Foto © Cedida por el autor

Beatriz Patricia Ximena Allende Bussi nació en Santiago de Chile el 8 de septiembre de 1942. Murió en La Habana el 11 de octubre de 1977. Por mano propia, pero por culpa de Fidel Castro y la maquinaria de hombres con que Fidel Castro violó la soberanía de medio hemisferio. Y la mandó a violar a ella en persona.

Entre esas dos fechas caben treinta y cinco años, dos hijos, una carrera de Medicina, dos matrimonios, varias vidas clandestinas, una revolución victoriosa que no era la suya, una revolución derrotada que sí era suya y la muerte violenta de casi todos los hombres que habían dado forma a su mundo político. 

Cabe también una pregunta que ningún archivo abierto permite responder por completo: cuánto de su vida le perteneció realmente.

A Beatriz la llamaban Tati. Era la segunda de las tres hijas de Salvador Allende y Hortensia Bussi. Estudió primero en colegios privados de Santiago y después Medicina, en Concepción y en la Universidad de Chile. Ejerció en centros y hospitales públicos y enseñó en la Escuela de Salud Pública. No escogió una profesión decorativa. La medicina era una manera concreta de intervenir en el dolor ajeno y también el oficio de su padre, antes de que la política terminara por ocuparlo todo, convertido en un radical disfrazado de traje y corbata.

De las hijas de Salvador Allende, Tati fue la que entró más profundamente en su vida política. Lo acompañó en campañas, trabajó en su secretaría privada durante la presidencia y sirvió de enlace con sectores de la izquierda revolucionaria que desconfiaban de la vía electoral. Algunos cercanos la llamaban, con el machismo casual de la época, el hijo varón que Allende no había tenido. La frase pretendía reconocer su coraje, pero al mismo tiempo negaba que ese coraje pudiera ser plenamente femenino.

Tati no fue solamente la hija querida de un presidente. Fue una mujer con voluntad propia, a menudo más frontal que su padre. La Revolución cubana la había marcado desde muy joven. Conoció a figuras de su dirección, se relacionó con militantes del Movimiento de Izquierda Revolucionaria y colaboró con las redes que apoyaban al Ejército de Liberación Nacional después de la muerte del Che Guevara. Incluso recibió entrenamiento militar y quiso participar directamente en la lucha armada. Sus compañeros y superiores, casi todos hombres, aceptaron sus servicios, pero no siempre su deseo de decidir dónde y cómo prestarlos.

Para comprender el daño que Tati sufrió no hay que convertirla en una muchacha ingenua que se aproximó sin saberlo a la política clandestina. Tati conocía la disciplina, la compartimentación y los nombres falsos. Sabía que las revoluciones protegían información y enviaban emisarios. Lo que acaso nunca pudo imaginar fue que aquella lógica pudiera alcanzar el origen mismo de su más privada intimidad, dentro de su matrimonio con un cubano que el Ministerio del Interior de La Habana le plantó en su biografía en una misión secreta especial, hasta convertir su intimidad en una prolongación del trabajo de la inteligencia castrista.

Tati fue tan víctima de Fidel Castro y Cuba como de la CIA y Pinochet.

El 11 de septiembre de 1973 llegó armada a La Moneda. Estaba embarazada de siete meses. Había atravesado controles militares para reunirse con su padre mientras avanzaba el golpe encabezado por el general Augusto Pinochet, recién nombrado comandante en jefe del ejército por Allende, no sin el visto bueno de Fidel Castro. 

Tati permaneció en el palacio hasta que Allende ordenó salir a las mujeres. Ella se resistió. La orden tuvo que venir del presidente, pero también del padre que no quería que su hija y el nieto que llevaba dentro murieran con él. Entonces ella salió de La Moneda, justo antes del bombardeo final. 

Salvador Allende habló por última vez al país y murió horas después. La investigación judicial y forense chilena terminó confirmando que se había quitado la vida, aunque durante años las versiones políticas de su muerte compitieron entre sí. Con su habitual patología para mentir sobre sus fracasos y complots, Fidel Castro anunció desde el inicio que Allende había caído en combate. Para Tati, la diferencia entre morir asesinado o quitarse la vida no podía deshacer el hecho esencial: había dejado a su padre en un edificio sitiado y ya no volvería a verlo.

La violencia que siguió no fue una abstracción. La Junta Militar cerró el Congreso, proscribió partidos, ocupó las calles, instaló centros de detención y tortura y persiguió a quienes habían participado en la Unidad Popular. El chileno Miguel Enríquez, amigo de Tati y secretario general del MIR, el hombre fuerte de Fidel Castro con que Cuba hubiera querido reemplazar a Allende, murió en un enfrentamiento con la DINA en octubre de 1974. Orlando Letelier fue asesinado con una bomba en Washington, DC, en septiembre de 1976. Mucho otros compañeros de Tati desaparecieron, fueron encarcelados o se dispersaron por el exilio. Ella quedó desolada. Con la culpa de estar a salvo.

En Cuba, cuna y cadalso de su desgracia.

Está más que documentada la intervención de Estados Unidos contra el gobierno de Allende. Querían impedir a tiempo la intervención relámpago del comunismo internacional a través de La Habana. Los informes del Senado norteamericano y los documentos desclasificados muestran operaciones encubiertas, financiamiento de organizaciones y medios opositores, presión económica y planes para impedir primero la investidura y después la consolidación del gobierno. La conspiración tuvo ejecutores chilenos y apoyo exterior. La responsabilidad de los militares que bombardearon La Moneda no desaparece por reconocer ese contexto.

Por otra parte, tampoco puede trasladarse esa responsabilidad de los golpistas al gobierno cubano. La Habana influyó en la izquierda chilena, sostuvo redes armadas y presionó por una mayor radicalización, mientras Allende jugaba a defender una vía institucional cada vez más estrecha. Fidel Castro pedía audacia, no blandenguerías. Personalmente, el líder cubano pensaba que Allende al final era un “pendejo”. Cuba tenía sus propios intereses en la Guerra Fría. Chile era solo uno de los escenarios. El golpe de Estado a Allende se lo iban a dar, sí o sí, con apoyo de Washington o con apoyo de La Habana.

A la vuelta de medio siglo, podríamos preguntarnos qué significó para Tati Allende descubrir, poco a poco, que la solidaridad cubana no era desinteresada; que un Estado aliado podía amar a Chile y utilizarlo a la vez; que la derrota ajena también podía servir a su relato de antiimperialismo centrado en la excepcionalidad revolucionaria de La Habana.

Dos días después del golpe, Tati salió hacia Cuba con su marido, su hija Maya y el hijo que aún llevaba en el vientre. Su madre y sus hermanas se instalaron en México. Ella eligió La Habana porque allí estaban sus vínculos políticos, su confianza y una parte decisiva de su vida adulta. Cuba no era para ella un país extranjero cualquiera. Era el lugar donde la Historia parecía haber cumplido su promesa: por entonces, el fin de la historia culminaba en Karl Marx.

El 28 de septiembre de 1973 Tati habló ante una multitud en la Plaza de la Revolución, con Fidel Castro y Hortensia Bussi a su lado. Acababa de perder a su padre y a su país, pero debía hablar como representante de ambos. La persona privada tuvo que aplazarse. La hija doliente se convirtió inmediatamente en símbolo público.

En La Habana nació Alejandro. Por decisión excepcional de Fidel Castro, el niño fue inscrito como Alejandro Salvador Allende Fernández, con el apellido materno en primer lugar para conservar el nombre del presidente. El gesto parecía afectuoso. También revelaba hasta qué punto el Estado podía intervenir en los detalles de una familia y presentarlo como homenaje. En la práctica, el macho alfa de verde olivo le robó hasta el nombre de aquella criatura engendrada en el vientre de Tati por un hombre, que Fidel sabía era un topo sembrado por el G-2 cubano.

Tati encabezó el Comité Chileno de Solidaridad con la Resistencia Antifascista. Viajó, denunció los crímenes de la dictadura, reunió apoyos y administró fondos destinados a las organizaciones chilenas en el exilio y la clandestinidad. Según la investigación de Tanya Harmer, aquellas transferencias llegaron a rondar el medio millón de dólares anual. Era una responsabilidad considerable y una forma real de ayudar. También la fijaba en una función de la que cada vez le resultaba más difícil salir: ser la hija de Allende ante el mundo.

Quiso volver a ejercer la medicina. Quiso regresar clandestinamente a Chile. En privado, comenzaba a dudar de que la insurgencia fuera una respuesta viable para América Latina, pero seguía pidiendo que la dejaran combatir. La muerte era su elemento natural. A finales de septiembre de 1977, pocos días antes de morir, llegó a arrodillarse ante el comandante cubano Ulises Estrada para suplicarle que autorizara su regreso. No la dejaron. Tati era una rehén de la Revolución cubana. La justificación fue la de siempre: Cuba tenía que proteger el cuerpo útil de la prole política de Salvador Allende.

La paradoja es cruel. Había consagrado su vida a una causa que prometía liberar a los seres humanos, pero no podía escoger su oficio, su destino ni el lugar donde arriesgar la vida. Era demasiado importante como símbolo para ser libre como persona.

Luis Fernández Oña, el marido cubano de Tati, nunca se llamó Luis Fernández Oña. Había nacido como Rodolfo Gallart Grau y utilizado otros nombres de guerra. Militante clandestino contra Batista, oficial de inteligencia y subordinado de Manuel Piñeiro, el siniestro comandante Barbarroja, el padre de los Allendes cubanos, convirtió después uno de sus alias en identidad legal. Cuando inició su relación con Beatriz, a fines de los años sesenta, ella sabía que pertenecía al aparato de la inteligencia militar cubana. 

En septiembre de 1970, los novios se casaron. Poco después de la elección de Salvador Allende, Fernández Oña fue destinado a Santiago como diplomático. El gobierno de la Unidad Popular nació infiltrado hasta los tuétanos por La Habana.

La función de Luis Fernández Oña está sólidamente documentada. Era un oficial de inteligencia situado dentro del círculo presidencial y su matrimonio daba a La Habana un acceso extraordinario. Beatriz, por su parte, funcionó como enlace entre su padre, sectores de la izquierda chilena y la dirección cubana. En aquella familia, la política no entraba desde fuera: dormía en sus habitaciones, viajaba con ellos y conocía sus conversaciones.

Más difícil es establecer cómo comenzó realmente el matrimonio. Archivo Cuba, basado en testimonios atribuidos a desertores, sostiene que Fernández Oña recibió órdenes de divorciarse de su primera esposa cubana, seducir a Beatriz y casarse con ella para penetrar el entorno de Allende. Según esa misma versión, años después, toda vez ambos ya en Cuba, él le habría dicho que nunca la amó y que solo cumplía una misión. Después, habría vuelto con su primera mujer cubana. Jorge Edwards, que conoció a Fernández Oña durante su misión diplomática en La Habana, escribió años más tarde que regresó con su primera esposa y abandonó a la hija de Allende en una especie de triple orfandad: sin Chile, sin padre, sin amor.

Tanya Harmer entrevistó a Fernández Oña y tuvo acceso a la correspondencia privada de Tati, incluidas sus cartas de amor, sin presentar aquella operación como un hecho demostrado. Esta reserva no absuelve al aparato cubano. Un servicio de inteligencia que mantiene cerrados sus archivos conserva el poder de hacer indemostrable aquello de lo que se le acusa. En ese espacio sin documentos quedan una mujer chilena que se quitó la vida, como su padre, y un agente cubano que tuvo la cobardía de sobrevivir en silencio hasta 2016.

Las revoluciones suelen justificar el secreto por la persecución que enfrentan. En Chile, la persecución fue real y terminó siendo atroz. Tati vio morir el proyecto democrático de su padre bajo aviones y tanques. Sabía que la clandestinidad podía salvar vidas. Sabía también que un militante no decía todo lo que sabía y que ciertos sacrificios se aceptaban en nombre de otros.

El límite aparece cuando la causa deja de pedir una parte de la vida y reclama el derecho a fabricarla. A vivir en la mentira, como títeres en manos del Máximo Titiritero con barba. Una identidad falsa puede proteger a un perseguido. Un matrimonio concebido como operación de guerra, como violencia de Estado contra otra nación soberana y contra el cuerpo de una mujer amiga de dicho Estado, destruye todo resto de legitimidad. 

Cuba significó el Mal absoluto para Chile y lo sigue significando hasta hoy. Mientras haya tiranía totalitaria en La Habana, en Chile nunca estará garantizada la democracia.

Fernández Oña nunca amó a Tati. Ni a nadie. Las cartas de ella demuestran que ella a él sí lo amó. El cubano fue el verdugo y, en definitiva, un violador. La chilena fue la víctima y, en última instancia, la prostituida. Le deshumanizaron su individualidad. Le arrebataron su tiempo humano sobre la tierra. Tati no vivió, teniendo tantas ganas de ser ella. En definitiva, se mató cuando se dio cuenta de que, siendo tan cariñosa, había vivido una vida ajena: apenas otro expediente en el mapamundi de los cínicos cubanos.

El 11 de octubre de 1977, Tati se quitó la vida en La Habana. El primer comunicado reproducido por la prensa internacional habló de un disparo de revólver y no explicó las causas. Investigaciones posteriores, incluida la de Harmer, identifican el arma como una Uzi que Fidel Castro le había regalado. Su padre también se había matado con arma proporcionada por el hombre que prohibió las armas en Cuba desde 1959 hasta el día de hoy.

Tati había dejado instrucciones sobre sus hijos. La nota dirigida a Fidel Castro pedía que Maya y Alejandro quedaran al cuidado de Mitzi Contreras, hermana de Miria Contreras, la Payita, una de las personas más cercanas a Salvador Allende. Ya Tati estaba separada de Luis. Agonizaba en una existencia fea, irreparable. Sobrevivía deprimida, apartada de la medicina, impedida de volver a Chile y agotada por cuatro años de noticias sobre asesinatos, divisiones y derrotas. Además de la traición de su supuesto marido que nunca fue más que un abusador.

La prensa cubana la describió como víctima del fascismo y calificó su partida como una decisión equivocada. Pero fue el comunismo cubano donde su duelo tuvo que comportarse como una actuación a perpetuidad, donde su maternidad fue consagrada como una promesa de venganza, donde sus deseos políticos fueron administrados y donde su desesperación solo encontró palabras oficiales distantes. Iba dejando de tener utilidad para el aventurerismo incesante de Fidel Castro, que ya estaba enrolado a tiempo completo con la subversión nicaragüense y con sus guerras de contraconquista en África. 

Durante mucho tiempo, Beatriz Allende quedó comprimida entre dos imágenes. Para una parte de la izquierda fue la hija fiel, combatiente y mártir del golpe. Para sus adversarios, fue una guerrera manipulada por Cuba, prueba viviente de la infiltración internacional en Chile antes del pinochetazo.

Lo cierto es que Tati desde el inicio creyó en la revolución mundial. Eligió tareas clandestinas, aceptó riesgos, sostuvo posiciones sectarias y participó en una política que también podía sacrificar a otros. Reconocerlo es devolverle responsabilidad y espesor moral a su tragedia de mujer con un alma humana. La compasión que necesita de nosotros en 2026 no depende de declararla inocente de toda contradicción. Ella también fue culpable. Como todos los que no hemos podido evitar cargar con vidas que fueron intersectadas por el castrismo.

Fue una mujer que quiso entregar conscientemente su vida a una causa y descubrió que la causa se le había adelantado y había dispuesto de su vida incluso sin contar con ella. El paraíso cubano fue su patíbulo. Tati tiene que haberse dado cuenta de que al imperialismo yanqui se le oponía otro imperialismo en La Habana, con sus propias jerarquías incriticables, sus secretos criminales y sus necesidades históricas intrínsecas, donde Chile no importaba. Ni Allende. Ni nadie.

Llamar la suya una biografía dañada no significa que su vida careciera de verdad. Su vocación humanista fue verdadera. Al contrario de la vileza en masa de los cubanos.

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Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.

Orlando Luis Pardo Lazo

Escritor cubano (La Habana, 1971). Licenciado en Bioquímica y Ph.D. en Literatura Comparada. Reside en Manhattan.






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Este artículo ha sido generado o editado con la ayuda de inteligencia artificial. Ha sido revisado por un editor antes de su publicación.



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