
Alejandro Betancourt López encarna una de las grandes paradojas de la transformación venezolana: el empresario que hizo fortuna a la sombra del chavismo se ha convertido ahora en una pieza relevante del nuevo mapa petrolero impulsado por la administración de Donald Trump.
El llamado «bolichico» pasó de obtener contratos multimillonarios durante el gobierno de Hugo Chávez y aparecer relacionado con investigaciones internacionales por presunto blanqueo —sin haber sido formalmente acusado de delito— a convertirse en interlocutor entre Washington y Caracas.
Ahora su empresa, North American Blue Energy Partners (NABEP), controla la operación de campos venezolanos con reservas estimadas en más de 65.000 millones de barriles.
Su historia plantea una pregunta que trasciende a Venezuela: ¿pueden empresarios surgidos del propio sistema convertirse en operadores económicos de su transformación?
Una «Delcy» y un «Betancourt»
CiberCuba ha analizado anteriormente la estrategia de «chavismo sin petróleo, castrismo sin GAESA»: quitar al régimen el control de la estructura económica que garantiza su supervivencia.
También se ha conocido que Washington explora dentro del aparato cubano la existencia de una figura capaz de desempeñar un papel similar al de Delcy Rodríguez en Venezuela: alguien procedente del sistema, con poder interno suficiente para facilitar una transformación sin provocar el colapso del Estado.
Pero el precedente venezolano introduce una segunda cuestión.
Si una «Delcy cubana» puede ser necesaria para administrar políticamente la transición, ¿haría falta también un «Betancourt cubano» para gestionar la transformación económica?
No existe evidencia pública de que Washington esté buscando específicamente esa figura. Es una hipótesis que surge de observar el modelo venezolano.
Betancourt podría resultar útil precisamente porque conoce desde dentro las estructuras que ahora deben transformarse: tiene contactos, experiencia internacional, acceso a capital y conocimiento del sector petrolero.
El equivalente cubano podría proceder del entramado empresarial estatal, de antiguos ejecutivos o «herederos del castrismo» vinculados a GAESA, del sector privado conectado con las estructuras oficiales o incluso de empresarios de la diáspora con relaciones económicas dentro de la isla.
No tendría necesariamente que ser un «bolichico» en el sentido venezolano. Lo importante sería su capacidad para actuar como puente entre el viejo poder económico y el nuevo modelo.
¿Quién se queda con GAESA?
Ahí aparece el verdadero problema.
Desmontar GAESA como instrumento económico de los militares no significa cerrar hoteles, puertos, inmobiliarias, comercios, empresas financieras o importadoras.
Esos activos tendrán que seguir funcionando. La cuestión es quién los administrará y bajo qué reglas.
Una transición mal diseñada podría provocar que antiguos ejecutivos, intermediarios o personas conectadas con la élite transformaran su actual acceso privilegiado en propiedad privada.
Cuba podría entonces pasar de una economía dominada por conglomerados militares a otra controlada por una oligarquía nacida del propio castrismo.
La paradoja Betancourt sirve de advertencia.
Lo que durante años constituyó su principal cuestionamiento —haber prosperado dentro del chavismo— puede convertirse ahora en una ventaja: conoce el sistema, sus actores y sus negocios mejor que cualquier empresario extranjero.
La otra pieza del modelo venezolano
El esquema que emerge en Venezuela puede resumirse en tres elementos: Delcy Rodríguez como operadora política, el petróleo como recurso estratégico y empresarios como Betancourt como operadores económicos de la nueva etapa.
Trasladado hipotéticamente a Cuba, el triángulo tendría otra forma: una «Delcy cubana», GAESA y un operador económico todavía desconocido.
La primera administraría el cambio político desde dentro. El segundo representa el poder económico que habría que desarticular. El tercero podría servir de puente hacia una economía abierta al capital privado.
Pero existe un riesgo evidente: que transformar el sistema termine significando simplemente reciclar a parte de sus élites y pospener los esfuerzos para una transición democrática real.
Por eso, la fórmula «chavismo sin petróleo, castrismo sin GAESA» necesita una segunda pregunta. No basta con saber cómo quitarle GAESA al régimen.
También habrá que decidir quién se queda con lo que hoy controla GAESA.
Y el vertiginoso ascenso de Alejandro Betancourt en Venezuela ofrece una pista —y una advertencia— sobre lo que podría ocurrir en Cuba.
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