
Una brigada de linieros de los municipios de Unión de Reyes y Jagüey Grande concluyó la instalación de una línea de 13 kilovoltios en la ciudad de Matanzas destinada a garantizar el bombeo de agua a más de 36,000 habitantes de las zonas alta y media de la ciudad, según informó el periodista oficialista José Miguel Solís en redes sociales este fin de semana.
La cifra, presentada como un logro, revela en realidad la magnitud del desastre: esos 36,000 beneficiados representan apenas el 15% de los más de 240,000 matanceros que, según las propias estadísticas citadas en la fuente oficial, enfrentan serias dificultades con el abasto de agua. En los peores momentos de 2026, esa cifra superó los 300,000 afectados en la provincia.
La obra permite alimentar los tanques de Pedraja y Hormigón incluso durante apagones, y beneficia a los repartos Los Mangos, Lozano, El Naranjal y el Kilómetro 101.
Según Liván Morales, jefe de la brigada, «inicialmente se trabajó en la doble alimentación del Hospital Provincial Faustino Pérez y, a partir de ese enlace, se trazó la línea hasta los centros de abasto, con el tendido de postes y todo el cableado necesario para garantizar el suministro con total seguridad».
El vínculo entre la crisis energética y la falta de agua en Cuba es estructural. El 87% del sistema de abasto depende del Sistema Electroenergético Nacional (SEN), según declaró el presidente del Instituto Nacional de Recursos Hidráulicos, Antonio Rodríguez Rodríguez, en marzo de 2026.
Cuando cae la electricidad, se detiene el bombeo aunque haya agua disponible en los embalses. De 480 estaciones fundamentales de bombeo en el país, solo 135 están en circuitos protegidos frente a cortes.
La obra de los linieros se publicó precisamente el día en que el SEN completaba su restablecimiento tras la octava desconexión total del año, ocurrida el 18 de septiembre, lo que ilustra la fragilidad extrema del sistema eléctrico sobre el que descansa el acceso al agua en Cuba.
Las consecuencias sanitarias de esta crisis son documentadas y graves. En febrero de 2025 se detectaron coliformes fecales en la fuente de abasto Bello, que surte zonas como El Naranjal, Matanzas Este y Versalles.
En marzo de 2026, las autoridades sanitarias volvieron a pedir a la población hervir y clorar el agua. Entre abril y mayo se confirmó un brote de hepatitis A en la barriada de Versalles con 18 casos activos, y en junio se reportaron siete nuevos positivos y 49 sospechosos en una sola semana.
La Embajada de Estados Unidos en La Habana emitió alertas sanitarias por enfermedades digestivas vinculadas al deterioro del agua y la electricidad, y la ONU estimó en septiembre de 2026 que unos 3,5 millones de cubanos carecen de acceso regular al agua potable.
Ante este panorama, la fuente oficial que difundió la noticia sobre los linieros optó por trasladar la responsabilidad a los propios ciudadanos: «Ahora corresponde a los residentes de las zonas alta y media de la ciudad yumurina hacer un uso racional del agua», escribió Solís, ignorando que la crisis no es de consumo sino de un sistema colapsado por décadas de abandono y por la dependencia de una red eléctrica que se cae con creciente frecuencia.
La brigada, que continuará acoplando seccionadores para proteger hospitales y centros de abasto, afronta una tarea que excede con creces sus capacidades: en Matanzas, más de 200,000 personas seguirán sin garantía de agua potable cuando termine esta intervención.
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