
Después de haber examinado en trabajos anteriores las intervenciones norteamericanas en Cuba, quiero hacer ahora un ejercicio diferente: ceder la palabra a los historiadores cubanos.
No pretendo ofrecer una nueva interpretación personal de aquellos acontecimientos. Prefiero abrir las páginas de algunas de las obras fundamentales de nuestra historiografía y dejar que sus autores nos digan cómo entendieron el complejo período que se abrió con la intervención norteamericana de 1898 y condujo al nacimiento de la República en 1902.
Porque también eso es hacer Historia: confrontar las interpretaciones y escuchar las voces de quienes nos precedieron.
Uno de los primeros nombres que debemos colocar sobre la mesa es Ramiro Guerra y Sánchez. Su monumental "Historia de la Nación Cubana" y sus estudios sobre las relaciones entre Cuba y Estados Unidos constituyen referencias indispensables para aproximarse al período. Guerra no redujo la historia cubana a la actuación de las potencias extranjeras: estudió también las fuerzas políticas, económicas y sociales que actuaron dentro de Cuba.
En "La expansión territorial de los Estados Unidos a expensas de España y de los países hispanoamericanos", Ramiro Guerra examinó el proceso de expansión norteamericana y sus consecuencias para Cuba. Su análisis resulta especialmente valioso porque permite observar que la cuestión cubana no puede separarse de los intereses estratégicos y económicos de Estados Unidos.
Emilio Roig de Leuchsenring tomó una posición mucho más definida. Su conocido "Cuba no debe su independencia a los Estados Unidos", publicado originalmente en 1950, fue presentado al Noveno Congreso Nacional de Historia. El propio título expresa la tesis central de su autor.
Roig dedicó una parte sustancial de su investigación a demostrar, mediante documentación norteamericana, que el Estado de Estados Unidos había mantenido históricamente intereses contrapuestos a la independencia cubana. En sus conclusiones llegó a afirmar que “el Estado norteamericano fue siempre enemigo de la independencia de Cuba”.
Pero precisamente aquí debemos detenernos. Que un historiador sostenga una tesis no convierte automáticamente esa tesis en una verdad definitiva. La tarea del investigador consiste también en conocer sus fuentes, su época, sus argumentos y las interpretaciones posteriores que los han confirmado, modificado o discutido.
Ahí aparece otra voz particularmente interesante: José Luciano Franco.
En una entrevista realizada en 1969, Franco recordó un aspecto que puede resultar incómodo para determinadas interpretaciones posteriores: según su memoria histórica, la llegada de las tropas estadounidenses fue inicialmente bien recibida por buena parte de la población cubana, porque el odio acumulado durante años estaba dirigido fundamentalmente contra España. Franco explicó que muchos cubanos vieron entonces a los estadounidenses como libertadores.
Esta apreciación es importante porque nos obliga a distinguir entre la percepción inmediata de 1898 y la valoración posterior de la intervención.
Una cosa fue lo que muchos cubanos esperaban cuando llegaron las tropas estadounidenses; otra, lo que ocurrió después durante la ocupación militar; y otra, todavía, la interpretación que historiadores posteriores hicieron de todo aquel proceso.
También debemos escuchar a Herminio Portell Vilá, cuya extensa obra sobre las relaciones de Cuba con Estados Unidos y España constituye otra referencia fundamental. Su Historia de Cuba en sus relaciones con los Estados Unidos y España, publicada en varios volúmenes, demuestra hasta qué punto las relaciones entre ambos países venían de mucho antes de 1898.
Y aquí está, quizás, la lección más importante de este ejercicio. Los historiadores cubanos no forman un coro perfectamente uniforme. Guerra, Roig, Franco, Portell Vilá y otros estudiaron los mismos acontecimientos desde perspectivas diferentes, con preocupaciones distintas y en momentos históricos también diferentes.
Eso no debilita nuestra Historia. La enriquece.
Por eso considero necesario regresar a las fuentes. No basta con repetir lo que posteriormente dijo una determinada historiografía sobre 1898. Tampoco basta con sustituir una versión oficial por otra. Hay que volver a los libros, documentos, testimonios y debates de aquellos historiadores.
Preguntarnos qué vieron. Qué defendieron. Qué demostraron. Y también en qué pudieron equivocarse. Porque la Historia no necesita creyentes. Necesita investigadores.
Después de 1898 Cuba entró en una etapa decisiva: ocupación militar, reorganización institucional, nacimiento de la República y, posteriormente, nuevas intervenciones y profundas controversias sobre soberanía y dependencia.
Sobre todo ello volveremos. Pero antes de continuar juzgando aquel pasado desde nuestro presente, escuchemos a los historiadores cubanos que dedicaron su vida a estudiarlo. Quizás al hacerlo descubramos que la Historia de Cuba es mucho más compleja que cualquiera de las versiones que hemos aprendido. Y precisamente por eso vale la pena seguir investigándola.
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