
Una cubana identificada como Ida Ortiz publicó este sábado en Facebook un testimonio que retrata la crisis alimentaria en la isla: salió del hospital, donde tiene a su hijo internado por dengue, para comprar dos libras de pollo y dos de malanga con las que prepararle un caldo, y en apenas 20 minutos el precio del pollo ya había subido.
Ortiz recorrió la calle Mariana Grajales hasta el mercado no estatal de un reparto cercano. En un punto de venta ubicado en el trayecto, la libra de pollo costaba 900 pesos. Decidió comprarlo al regreso para que no se descongelara. Cuando volvió al comercio, el precio ya era de 950 pesos. «Al preguntar, la respuesta del joven vendedor fue más clara que el agua: el pollo no era del mismo lugar», escribió. Las malangas, además, no aparecieron: el mercado tenía muy pocas ofertas.
El relato no se detiene en esa anécdota. Ortiz, quien según su perfil de la red social vive en Moa, Holguín, y se desempeña como profesora universitaria, apunta directamente al efecto del aumento salarial decretado por el régimen en julio: «Después que se decidió subir unos kilos al salario en el mes de julio, los precios han aumentado 3 veces en algunos productos, [...] en otros, como el refresco de 2 litros o menos aumentó en un 70%. Y aunque este es la 'salvación' para muchas familias con niños, la oportunidad escogida para disparar su valor fue el 1ero de septiembre, con el inicio del curso escolar».
El contexto que rodea ese testimonio es demoledor. En junio de 2026, la Resolución 150/2026 del Ministerio de Finanzas y Precios eliminó los topes de precios para el pollo troceado, el aceite, la leche en polvo, las pastas y las salchichas. Tras esta medida, el paquete de pollo, que en junio costaba entre 2,000 y 3,000 pesos escaló hasta los 7,000 pesos o más en algunas zonas.
Casi al mismo tiempo, el régimen elevó el salario mínimo de 2,100 a 3,210 pesos, pero ese incremento fue absorbido y superado de inmediato por la inflación. Al tipo de cambio informal, esos 3,210 pesos equivalen a menos de cinco dólares mensuales. Estimaciones independientes calculan que cubrir las necesidades básicas de una sola persona en la isla requieren alrededor de 96,000 pesos al mes, de los cuales más de dos tercios corresponderían únicamente a alimentos.
La inflación interanual en el mercado formal alcanzó el 25,19% en agosto de 2026, con los alimentos y bebidas no alcohólicas subiendo un 36,01%. La Encuesta Nacional de Seguridad Alimentaria 2025 del Food Monitor Program, con base en 2,513 respuestas, reveló que el 94,9% de los encuestados había perdido algún grado de acceso a la compra de alimentos y que el 33,9% de los hogares tuvo al menos un integrante que se acostó con hambre.
El dengue que mantiene hospitalizado al hijo de Ortiz añade otra capa de angustia. Cuba acumulaba más de 11,000 casos de dengue hasta el 4 de octubre, una cifra 9,2 veces superior al promedio histórico del último quinquenio, según el Global Dengue Observatory de la London School of Hygiene & Tropical Medicine.
Los comentarios bajo la publicación de Ortiz reflejan el agotamiento colectivo. «Es nuestra triste realidad, vivimos reinventándonos todos los días, casi sin fuerzas y sin deseos [...] el mayor dolor es ese, ver a un hijo enfermo necesitando alimentarse bien y medicarse y no poder hacer mucho», escribió una cibernauta.
Otra resumió la situación así: «Ya el comer en Cuba es un lujo, parece que dejó de ser una necesidad. Nuestra Patria duele, y parece que ya eso no le importa a nadie». Un tercero fue más escueto: «Nos obligan a ser magos, porque es magia lo que se hace para poder comer».
Ortiz cerró su publicación con una pregunta que condensa el agotamiento de millones: «¿Adónde irá la vida que se consume en cuentas que no alcanzan? Los cubanos de hoy estamos obligados a ser economistas porque no hay de otra. Nadie nunca pudo hacer más con lo que no tiene».
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