
En el 158.º aniversario del Alzamiento de La Demajagua, la historiadora Ivette García González publicó en su perfil de Facebook una reflexión en la que comparte fragmentos del Manifiesto de la Junta Revolucionaria de la Isla de Cuba y argumenta su plena vigencia para la Cuba de hoy.
García González, doctora en Ciencias Históricas y exprofesora titular de la Universidad de La Habana, invita a sus lectores a un ejercicio de lectura tan sencillo como revelador: sustituir mentalmente la palabra «España» por «Régimen» al recorrer el documento fundacional de 1868. Su conclusión es directa: «el método puede variar, pero el sustrato es el mismo».
El texto que la académica rescata fue dado a conocer por Carlos Manuel de Céspedes el 10 de octubre de 1868, en el ingenio La Demajagua, próximo a Manzanillo, el mismo día en que declaró libres a los esclavos de su propiedad y encabezó el levantamiento que dio inicio a la Guerra de los Diez Años contra el dominio colonial español.
Ese levantamiento, conocido después como el Grito de Yara por la primera acción combativa de los independentistas, al día siguiente en Yara, abrió un conflicto que se extendió hasta 1878 y concluyó con el Pacto del Zanjón sin alcanzar la independencia. La República de Cuba no se constituiría hasta 1902, después de varios periodos de lucha y una ocupación militar estadounidense.
El Manifiesto denunciaba que los cubanos vivían «privados de toda libertad política, civil y religiosa», que sus hijos eran «expulsados de su suelo a remotos climas o ejecutados sin forma de proceso», y que se les negaba hasta el derecho de reunión. Una de sus frases más contundentes retrata la asfixia intelectual del colonialismo: «En suma, la Isla de Cuba no puede prosperar […] los cubanos no pueden hablar, no pueden escribir, no pueden siquiera pensar […]».
Frente a esa realidad, el documento proclamaba: «No nos halagan ambiciones, sólo queremos ser libres e iguales, como hizo el Creador a todos los hombres».
García González subraya que ese reclamo de hace 158 años resuena con fuerza en la Cuba actual. «Venimos de ahí también», escribe, «somos un pueblo que se ha levantado una y mil veces ante el oprobio». Los números de 2026 respaldan esa lectura: el Observatorio Cubano de Derechos Humanos documentó más de 3.000 acciones represivas en los primeros nueve meses del año, mientras que Prisoners Defenders registra más de 1,300 personas sometidas a prisión o restricciones por motivos políticos en la isla.
El Manifiesto de 1868 no se limitaba a denunciar: también proclamaba un programa político que incluía sufragio universal, representación nacional para decretar leyes e impuestos, libre comercio con naciones amigas y «la religiosa observancia de los derechos imprescriptibles del hombre». Demandas que, en la Cuba del siglo XXI, siguen sin cumplirse bajo la dictadura del Partido Comunista.
La publicación del 10 de octubre se inscribe en una serie de análisis que García González ha difundido a lo largo de 2026. En septiembre sostuvo que las protestas deben convertirse en estrategia de lucha para no repetir el ciclo «crisis-protestas-retraimiento», en mayo concluyó que «ni Cuba es una excepción, ni las dictaduras son invencibles». Y en ese mismo mes dio a conocer una estrategia para articular un Movimiento Cívico Nacional contra la dictadura.
El Observatorio Cubano de Conflictos contabilizó 1.415 protestas y expresiones críticas solo en julio de 2026, la cifra mensual más alta jamás registrada, en un país cuya economía acumula una contracción superior al 15% desde 2020.
Al trazar esa línea entre el Manifiesto de 1868 y la realidad de hoy, García González cierra su reflexión con palabras rotundas del propio documento: «No, ya Cuba no puede pertenecer más a una potencia que, como Caín, mata a sus hermanos, y, como Saturno, devora a sus hijos. Cuba aspira a ser una nación grande y civilizada, para tender un brazo amigo y un corazón fraternal a todos los demás pueblos».
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