
Hay retrocesos que necesitan siglos para hacerse visibles. Otros caben en una taza de café. En la Cuba de 1870, mientras la isla vivía bajo el dominio colonial español, el desayuno de muchas familias podía incluir café endulzado con azúcar o miel, pan recién horneado y leche. No era la realidad de todos: la esclavitud, las desigualdades sociales y la pobreza formaban parte de aquella sociedad. Pero existía una economía productiva que, con todas sus contradicciones, generaba bienes, comerciaba y alimentaba a una parte de la población.
Ciento cincuenta y seis años después, en la Cuba de 2026, millones de personas se enfrentan a una pregunta mucho más elemental: ¿qué habrá hoy sobre la mesa?
El café puede ser una mezcla de sucedáneos; la leche, un recuerdo de la infancia; el pan, una ración insuficiente, y la mantequilla, un lujo que muchos ni siquiera consideran. El desayuno ha dejado de ser una rutina para convertirse en una búsqueda cotidiana, una operación de supervivencia en la que cada producto ausente obliga a reorganizar la vida familiar.
¡Quién iba a imaginar semejante hazaña del progreso!
En 1870, el campesino trabajaba una tierra sometida a profundas desigualdades, pero cultivaba productos que entraban en los circuitos comerciales. En 2026, el cubano tiene que cultivar, además, una paciencia extraordinaria: soportar la escasez, perseguir alimentos, hacer colas y escuchar explicaciones que no llenan el estómago.
La vivienda tampoco escapa a esta ironía. Antes había casas humildes, con goteras y necesidades materiales; hoy, numerosas familias contemplan cómo se deterioran edificios enteros, mientras las consignas oficiales parecen destinadas a sostener las paredes que el cemento ya no puede mantener en pie.
Y cuando faltan los productos, aparece la explicación de siempre: el embargo, las dificultades externas, la resistencia del enemigo. Factores reales que deben analizarse, sin duda, pero que no bastan para explicar décadas de improductividad, errores económicos, controles asfixiantes y decisiones que han debilitado la capacidad del país para producir y abastecerse.
Un mercado vacío no se llena con una consigna. Una vaca no produce leche por decreto. La tierra no entrega sus frutos porque un discurso proclame la victoria. La economía obedece a sus propias leyes, por mucho que la propaganda intente sustituirlas por la voluntad política.
Los niños de aquella Cuba crecían en una sociedad profundamente desigual. Los de hoy, demasiadas veces, deben aprender demasiado pronto a vivir entre carencias. Y mientras las familias buscan leche, huevos, frutas o arroz, la retórica oficial continúa ofreciendo soberanía, resistencia y sacrificio.
Pero la soberanía también debería medirse por la capacidad de alimentar a los ciudadanos. La independencia no puede convertirse en una justificación permanente para la escasez, ni el sacrificio del pueblo en una coartada para quienes administran el poder.
No se trata de idealizar la Cuba colonial ni de negar sus injusticias. Se trata de comprender una paradoja histórica: un país que ha vivido transformaciones políticas profundas puede terminar retrocediendo en aspectos tan esenciales como la alimentación cotidiana.
Por eso, esta comparación no pretende ser una nostalgia del pasado. Es una invitación a examinar el presente con sentido crítico y sin anteojeras ideológicas.
Porque el verdadero progreso no se mide por los carteles de las calles, los discursos de los gobernantes ni las promesas de un futuro luminoso. Se mide también por algo mucho más sencillo: que una madre pueda dar leche a su hijo, que una familia encuentre pan y que el café de la mañana no sea una evocación de lo que alguna vez existió.
De la taza llena al estante vacío: esa es la distancia que merece una explicación. Y si después de tantos años de promesas el cubano tiene que desayunar con ironía, alguien debería explicar por qué la revolución que prometió cambiarlo todo no ha conseguido garantizar algo tan elemental como poner comida en la mesa.
Vídeos relacionados:
Archivado en:
Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.