
El sacerdote cubano Alberto Reyes Pías afirmó que «Cuba es un país en ruinas» y defendió la necesidad de un cambio de sistema político para reconstruir la nación, aunque advirtió que ninguna transformación institucional será suficiente si los cubanos no consiguen superar las heridas acumuladas durante décadas de persecución, divisiones y enfrentamientos.
En la más reciente entrega de su serie de reflexiones, publicada este viernes en Facebook, el párroco de Esmeralda, Camagüey, sostuvo que la reconstrucción del país debe abarcar tanto sus estructuras políticas y sociales como las relaciones entre los ciudadanos.
«Cuba es un país en ruinas. A lo largo de estos casi 70 años, el deterioro se ha ido generalizando: las casas, las carreteras, los servicios, las instituciones, las personas…», escribió el religioso.
Reyes consideró que la magnitud de ese deterioro exige transformar los fundamentos sobre los que funciona la sociedad cubana.
Sin embargo, el sacerdote advirtió que sustituir las instituciones y modificar las leyes no garantizará, por sí solo, la construcción de una sociedad diferente.
Para explicar su preocupación, Reyes recordó las consecuencias humanas que, a su juicio, han dejado décadas de control político, conflictos y divisiones dentro de la sociedad cubana.
«A lo largo de todos estos años, nos hemos herido mucho. Nos hemos agredido, nos hemos espiado, nos hemos delatado», expresó.
El sacerdote mencionó también la participación de cubanos en conflictos militares en el extranjero, el servicio militar obligatorio y los abusos que, según denunció, han sufrido algunos jóvenes durante su cumplimiento.
Recordó igualmente que generaciones de cubanos fueron obligados a estudiar becados como condición para acceder a la universidad, lo que los separó de sus familias a edades tempranas. También mencionó las presiones ideológicas en la educación y el hostigamiento contra personas por sus creencias religiosas.
En su reflexión incluyó además la persecución y el encarcelamiento de quienes han expresado opiniones contrarias al poder político.
Para Reyes, estas experiencias han dejado consecuencias que no desaparecerían automáticamente con una eventual transición política.
«Somos un pueblo sumergido por ruinas materiales, pero más sumergido aún por nuestras heridas, nuestros rencores, nuestras rabias contenidas», escribió.
Uno de los planteamientos centrales del sacerdote es que una futura transformación de Cuba debe evitar que el deseo de justicia se convierta en una oportunidad para ejercer represalias.
«Si no sanamos los corazones, corremos el riesgo de reproducir mañana lo que hoy rechazamos, y confundir la justicia con la venganza», advirtió.
El religioso insistió en que el perdón no debe utilizarse como argumento para ignorar los abusos del pasado ni impedir que sus responsables respondan por ellos.
«Por eso, la justicia será necesaria, pero también lo será el perdón», sostuvo.
Reyes desarrolló esa idea mediante una distinción entre perdonar y renunciar a las responsabilidades por los daños cometidos.
«Perdonar no significa olvidar, ni justificar lo injustificable, ni renunciar a la justicia que debe ser hecha», expresó.
Según explicó, el perdón consiste en impedir que el sufrimiento experimentado determine las relaciones futuras entre las personas.
«Una sociedad que no aprende a perdonar, puede quedar prisionera de sus heridas para siempre», alertó.
El sacerdote planteó que la reconstrucción de Cuba tampoco puede limitarse a reparar edificios, carreteras o servicios públicos, sino que tendrá que incluir la recuperación de la convivencia entre personas que han mantenido diferencias profundas durante años.
En uno de los pasajes más personales de su reflexión, Reyes recordó una conversación mantenida tiempo atrás con un joven que conservaba una lista de personas contra las que deseaba tomar represalias.
Lejos de recomendar que se olviden las experiencias dolorosas, Reyes propuso que cada persona reconozca a quienes le hicieron daño y comience un proceso consciente de perdón.
El religioso sugirió que ese ejercicio debe realizarse sin negar el sufrimiento y, cuando resulte necesario, buscando ayuda para afrontar las heridas más profundas.
Su planteamiento parte de la preocupación por lo que pudiera ocurrir después de un eventual cambio político, especialmente si los resentimientos acumulados se convierten en nuevas formas de enfrentamiento entre cubanos.
«La verdadera reconstrucción de un país que ha estado sumergido en el odio y la división comienza cuando dejamos de poner nuestro foco en el dolor y la rabia», reflexionó.
Reyes cerró su mensaje con un llamado a evitar que las generaciones futuras hereden los conflictos y resentimientos de sus padres.
La nueva publicación mantiene una línea crítica que el sacerdote ha desarrollado durante los últimos meses, aunque introduce con mayor énfasis la necesidad de reconciliación y perdón ante una eventual transformación de Cuba.
Días antes, Reyes había advertido que decir la verdad en Cuba tiene consecuencias, pero que guardar silencio también implica renunciar a la posibilidad de construir un futuro diferente.
En esa reflexión, titulada «He estado pensando en el precio de la verdad», denunció el miedo a expresar opiniones políticas y la normalización del silencio dentro de la sociedad cubana.
Una semana antes, el sacerdote había pedido a los cubanos no resignarse a vivir permanentemente en condiciones de supervivencia, marcadas por los apagones, la escasez de alimentos y medicamentos y la pérdida de expectativas sobre el futuro.
En ese mensaje defendió la necesidad de recuperar la capacidad de imaginar un país diferente y sostuvo que el cambio político debía acompañarse de una transformación de la actitud de los ciudadanos.
También durante una entrevista concedida en septiembre, Reyes defendió una transición política negociada que condujera a la salida del poder de los actuales gobernantes, en lugar de limitarse a introducir reformas que mantuvieran el mismo sistema.
El religioso planteó entonces que una mesa de diálogo podría servir para acordar las condiciones de esa transición, con la posible participación de la Iglesia católica.
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