Estación de tren en Hershey | Foto © CiberCuba
Estación de tren en Hershey | Foto © CiberCuba

Hershey: la utopía cubana de un pastelero americano


Publicado el Jueves, 19 Julio, 2018 - 11:14 (GMT-4)


MILTON HERSHEY: DULCERO DE RAZA Y FILÁNTROPO NATO

Esta historia comienza el 13 de septiembre de 1857, en un pueblo rural de los Estados Unidos llamado Derry Church, en el condado de Dauphin, Pensilvania. Es un lugar que jamás habría tenido ningún vínculo con Cuba, de no ser porque ese día nació en una finca local, un hombre llamado Milton Snavely Hershey.

Treinta y un años antes, en 1826, había llegado allí su abuelo Isaac Hershey, un campesino de la Suiza alemana, con su mujer Ana. Isaac levantó una casa de piedra en Derry Church, y engendró allí una dinastía estadounidense con su apellido, pero no estaba destinado a ser el hombre más importante de ella. Lo sería su nieto.

Dicen que Milton Hershey, desde su nacimiento hasta su muerte, vivió tocado por la suerte. De hecho, ambos eventos ocurrieron un día 13, un signo inequívoco de buena fortuna. Pero durante su niñez, la familia Hershey era muy humilde y pasó muchas estrecheces.

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Milton Hershey/ Wikipedia

Sus padres Verónica Fanny Snavely y Henry Hershey, eran campesinos muy modestos que solo tuvieron otra hija más llamada Serena, nacida en 1862. Milton y su hermana se criaron en la vieja granja familiar del abuelo Snavely, pero el clan debía moverse por las localidades agrícolas de la Pensilvania rural, para buscarse el sustento trabajando en el campo.

Con tantos viajes, los niños no pudieron recibir una adecuada formación escolar a la edad apropiada. Tampoco para su padre era importante que fueran al colegio, porque creía que la gente debía aprender por sí misma a buscarse la vida para subsistir. De adulto, Milton sería consciente del error que había cometido su progenitor, y de la importancia de la educación desde la niñez.

En 1870, con 13 años de edad, Milton Hershey había cambiado siete veces de escuela y había aprendido muy poco, así que su madre le consigue un trabajo de aprendiz en la imprenta de un señor llamado Sam Ernest, en Pequa Creek. Pero a Milton no le hacía ninguna ilusión terminar sus días imprimiendo papeles, y un día que dejó caer al suelo una valiosa caja de caracteres de cerámica, rompiendo la mayoría de ellos, fue regañado y zarandeado por Mr Ernest. Milton vengó la afrenta tirando su sombrero en la prensa, y por supuesto, perdió el empleo.

Pero entonces Fanny, su abnegada madre, que jugaría un importante papel en su vida, lo pone sin saberlo, en el camino que lo conducirá al éxito. Fanny le busca otro empleo como aprendiz, esta vez en una cremería de la localidad, propiedad de un confitero llamado Joe Royers.

Al principio Royers solo le asignaba faenas sucias y pesadas; cargar cajas de dulces y limpiar la cremería. Pero la señora Fanny volvió a meter baza, y consiguió que Mr. Royers lo pusiera a trabajar con él en la cocina, y le enseñara el oficio. Y allí Milton descubre que el mundo de la dulcería es su mundo, y aprende con rapidez de su experto maestro lo más importante de la hechura de las golosinas. Entre otras cosas, Royers le confiará una sofisticada receta para hacer caramelos, que le servirá de gran ayuda en el futuro.

Viendo que a su hijo se le daba bien la pastelería, la señora Hershey lo convence de que abra un negocio de confituras propio, y en 1876, cuando cumple 19 años, lo envía a Filadelfia con su tía Martha.

Henry, Fanny y Martha "Mattie" Snavely, eran menonitas, una rama pacifista de los cristianos anabaptistas, caracterizada por practicar la solidaridad familiar. Mattie le dio 150 dólares a su sobrino, que eran los ahorros de toda su vida, y con ellos, Milton emprendió una nueva aventura como pastelero. Después de seis años perfeccionando su oficio en Filadelfia, abre por fin su primera tienda, pero el negocio se va al traste, porque aún no ha aprendido los secretos de la gestión empresarial.

Pero Milton no se rinde. Con la ayuda de Mattie, alquila una pequeña casa de ladrillos en Spring Garden 935, e instala una pequeña fábrica de caramelos, echando mano a aquella vieja receta de esa golosina que había aprendido de su maestro Royers. Casi enseguida participa en la Exposición del Centenario de Filadelfia, donde presenta con gran dignidad y profesionalismo su negocio; vende caramelos a los visitantes y distribuye tarjetas para comercializar sus productos.

Milton Hershey recorre los arrabales de Filadelfia vendiendo sus golosinas en un coche tirado por un viejo mulo, pero son días difíciles. Tiene que encargarse de todo; elaborar, publicitar y vender sus productos. Entonces se le acaba el dinero para pagar el alquiler de la fábrica, y vuelve a quebrar.

Convencido de que en Filadelfia no saldrá a flote, en 1883 se marcha a New York. En La Gran Manzana consigue empleo en una pastelería de la prestigiosa Casa Huyler, entonces fabricantes de confituras de gran prestigio. Al mismo tiempo monta un pequeño negocio de melcochas en la cocina de la casa de huéspedes donde vive, utilizando de forma clandestina el vapor de una tintorería de chinos que hay al lado.

LANCASTER CARAMEL COMPANY, EL DESPEGUE DE UN SUEÑO DE AZÚCAR

Sin embargo, Hershey no está satisfecho con su empleo en Huyler, ni con su modesta melcochería casera, y decide abandonar la gran urbe para regresar a Pensilvania. Pero no vuelve a Derry Church, sino a Lancaster, la llamada “Ciudad de la Rosa Roja”, en el sector sur-central del estado. Allí reside la mayor comunidad amish de los Estados Unidos, y a los amish les encantan los dulces.

Lancaster, resulta ser un lugar providencial para que se cumplan los sueños de Milton Hershey. Casi enseguida, conoce a un comerciante inglés que le sugiere fabricar caramelos en cantidades industriales, que él se ofrece a exportar a Inglaterra. Entusiasmado con la idea, una mañana Hershey se pone su mejor chaqueta y se planta en el despacho del director del Banco Metropolitano de Lancaster, para pedirle un préstamo de 250 dólares, la financiación que necesita para el negocio que tiene en mente. Increíblemente, el director de la entidad bancaria le presta el dinero.

Hershey entonces funda una empresa que llama Lancaster Caramel Company, especializada en confituras y caramelos, productos que registra con el nombre de “Cristal”. El negocio tiene gran aceptación en Lancaster y después en toda Pensilvania, y su fama crece rápidamente gracias a la ayuda del exportador inglés, que le hace grandes pedidos para vender fuera de los Estados Unidos.

La firma de Milton Hershey enseguida se hace popular, y solo 4 años más tarde ya es una de las tres mejores empresas confiteras del estado. Surte a EEUU y a Europa, y emplea a 1400 empleados en una docena de fábricas que el pastelero abre en Pensilvania e Illinois. En 1894 los productos de Hershey ya se exportan a Chima, Australia, Japón y gran parte de Europa. Su capital en acciones equivale a 600.000 dólares, y le generan a Hershey 200.000 dólares anuales de beneficios. El hijo de Fanny ha triunfado.

Hershey Chocolate Factory, Pennsylvania (1976) / Wikimedia

Pero los caramelos no eran el objetivo de Milton, sino solo un paso para introducirse en el mundo de la alta confitería americana, y en especial, al producto estrella que hacía furor en los Estados Unidos a finales del siglo XIX; el chocolate.

Hershey vio una gran oportunidad en la floreciente industria chocolatera, pero no lo convencían las técnicas de su producción y elaboración en los Estados Unidos, muy distantes de la sofisticada tecnología europea. Pero en 1893, asiste a la Exposición Universal de Chicago, y le llama poderosamente la atención una máquina alemana para elaborar chocolate, exhibida por J. M. Lehman Co. de Dresden. Se convence de que esa es la piedra angular de su nuevo negocio, y compra varias máquinas tras la exposición.

DERRY CHURCH, LA CIUDAD DE CHOCOLATE

Con las máquinas Lehman, Milton se lanza a la producción y comercialización de chocolate en grandes cantidades en su pueblo natal. A base de ensayo y error, elabora su propia fórmula de chocolate con leche, que perfecciona añadiendo caramelo a sus golosinas de cacao. Tiene un gran éxito, pero su sueño aún es demasiado grande para un pueblo tan pequeño y modesto como Derry Church.

También está a punto de cumplir los 41 años y se le está haciendo tarde para formar una familia. Por eso, el 25 de mayo de 1898 se casa con Catherine “Kitty” Sweeney, una hermosa chica de Jamestown, Nueva York, en la catedral de San Patricio de esa ciudad. Durante 17 años, Catherine acompañará a su marido en los negocios y en la vida, y, como su madre, ejercerá una gran influencia en las decisiones de su empresa.

En 1900, en el mejor momento de su esplendor empresarial, Milton vende Lancaster Caramel Company y sus patentes Cristal por un millón de dólares a la American Caramel Company, un consorcio surgido en 1898 de la fusión de los confiteros de York y Filadelfia. Milton guarda el dinero para construir la fábrica que tanto ha anhelado. Lo hará en su pueblo natal, Derry Church.

Hershey compra un local de 1200 acres (160 km²) en una granja a 30 millas al noroeste de Lancaster. Desde allí le es muy fácil obtener leche fresca de las granjas cercanas, y puede procesar chocolate con leche en volúmenes industriales. Sabe que el chocolate suizo es un lujo en el mercado europeo y se propone fabricar un producto similar, pero asequible a los bolsillos de la clase media americana.

Casi enseguida se da a la tarea de montar su fábrica, y lo hace partiendo de una lógica completamente novedosa; comienza por los servicios públicos necesarios para que funcione el complejo fabril que ambiciona, y pensando en el bienestar de la gente que trabajará en él. Lo inspiraban las ideas urbanísticas del movimiento de “Pueblos Modelos”, que tuvo su esplendor a finales del siglo XIX en los Estados Unidos. El movimiento propugnaba la creación de comunidades fabriles autosuficientes, con facilidades y servicios para sus habitantes.

Hershey estaba convencido de que, para obtener un producto de la mejor calidad, antes debía brindar esas ventajas a sus empleados, que devolverían el gesto con gratitud y entrega en el trabajo, una actitud que se reflejaría en una mejor y mayor producción. Con esta premisa, se lanza a construir el lugar donde ubicará su Ciudad de Chocolate.

Milton consideró fundamental evitar aislar a su plantilla en un recinto separado de la ciudad, como solía ocurrir en las comunidades obreras de la época. Por eso, mientras se levantaban las instalaciones de la fábrica, mandó a proyectar y construir a su alrededor una sofisticada red urbana de calles arboladas con parterres, interconectadas entre sí, destinadas al tránsito de carretillas de leche y cacao, y a la circulación expedita de los trabajadores. Les posibilitaba moverse fácilmente entre sus instalaciones, en bicicleta primero, y –aunque aún no era un invento utilitario masivo– en transporte motorizado años después. Milton sabía que el automóvil era el futuro, y se preparaba para él.

También, para sus obreros, Hershey edificó un gran complejo de viviendas confortables en torno a la factoría; una pequeña ciudad.

CHOCOLATE Y MODERNIDAD

El modelo de ciudad obrera de Hershey permitía alojar en ella a los trabajadores, ahorrándoles dinero en el transporte. Construyó un bonito barrio residencial de viviendas funcionales, chalets adosados para dos familias con un nivel depurado de diseño y confort, impensable entonces para una familia trabajadora.

En las parcelas resultantes de la red vial, Hershey construyó además un banco, una lavandería, una herrería, una imprenta, un café, un almacén y un correo. Instaló servicios de agua corriente y recogida de basuras, una planta energética y una centralita telefónica, lujos que en su mayoría ni existían en Derry Church, y mucho menos en las zonas rurales aledañas. Además, estimuló el asentamiento de otros negocios como proveedores de estos servicios.

Su padre, Henry Hershey, murió de un ataque cardiaco el 18 de febrero de 1904 después de haberlo ayudado en todo lo que pudo a levantar su imperio. No pudo ver terminada la gran obra de su hijo, pero su madre tomó el relevo como cabeza de familia, y desde entonces fue su mejor consejera.

La fábrica de Milton Hershey estaba lista en junio de 1905, equipada con los últimos avances tecnológicos en la separación de la masa del cacao y su manteca. El chocolate con leche Hershey’s rápidamente se convirtió en el producto nacional líder de su tipo.

Solo un año más tarde, en 1906, la popularidad del chocolate Hershey es tan grande, que el consistorio aprueba cambiarle el nombre al pueblo, que deja de llamarse Derry Church para llamarse Hershey. Desde entonces se conocerá popularmente como "El pueblo de chocolate" o "El lugar más dulce sobre la Tierra". Milton Hershey estaba escribiendo su nombre en letras de oro en la Historia de los Estados Unidos.

Pero no sabía aún que también lo escribiría en la Historia de Cuba.

EL REY DEL CHOCOLATE

A partir de entonces, Hershey se dedicó a pulir y sofisticar su nueva comunidad obrera. El Rey del Chocolate, -como empezó a ser conocido en los Estados Unidos-, introdujo en su novedosa comunidad fabril, nuevas y modernas instalaciones para la recreación del personal y sus familias.

Hizo una piscina, un gimnasio y una biblioteca pública, y fundó en 1907 el “Hershey Press”, el primer periódico semanal de gran tirada que se distribuía en una fábrica norteamericana. También construyó un gran parque temático de diversiones, el Hershey Park, que abrió sus puertas el 24 de abril de 1907 y se expandiría como franquicia en el futuro, y sería un lugar de atracción turística de referencia en la costa oeste. Ya en 1910, Hershey contaba con una banda de conciertos, juegos infantiles, otra piscina, bowling, un zoológico, y una línea férrea en miniatura.

De ser un pueblo atrasado y polvoriento, Hershey se transformó en una flamante y moderna ciudad turística. Sus instalaciones ampliaron su uso, no solo a los trabajadores y a los habitantes de la comunidad, sino a la población de los alrededores, e incluso a los visitantes de otros estados. El fenómeno obligó a Hershey a crear una oficina turística que llamó Cocoa House, donde se facilitaba a los visitantes un tour por la ciudad fabril.

Hershey's Chocolate World / Flickr: Jim, the Photographer

La vida le sonríe a Milton Hershey, al extremo de que en 1912 se salva de embarcar en el Titanic, y probablemente de morir ahogado en la tragedia. Con los billetes ya comprados, su mujer Catherine enferma repentinamente y ambos cancelan el viaje desde Inglaterra a Nueva York. En el Museo Hershey de Harrisburg, Filadelfia, se conserva el cheque de compra de los pasajes a la White Star Line, la compañía naviera dueña del celebérrimo crucero.

Hershey continuó mejorando las condiciones de la ciudad que había creado. Levantó un hotel, un Colegio Mayor Industrial, un edificio comunitario, un teatro comunitario, y el Hershey’s Sport Arena. Construyó un estadio preparado para practicar deportes sobre tierra y sobre hielo, que rápidamente incentivó el surgimiento de un equipo de jockey local, el Eastern Amateur Hockey League. El jockey fascinó a tal punto a toda la ciudad, que el filántropo construyó otra instalación solo para ese fin, el Hershey Ice Palace, que empezó a funcionar en 1931, inaugurado por el equipo de la casa.

Hersheypark Arena, antiguamente Hershey Sports Arena (1936–1972) / Wikipedia

Milton añadiría en el futuro a su floreciente Ciudad de Chocolate, un museo, un jardín de rosas y una academia para cursos de golf, popularizando este deporte antes casi desconocido en el estado. También creó un centro médico que le costó cincuenta millones de dólares de la época, para el que contrató a importantes especialistas de distintas disciplinas, y que pronto se convertiría en un referente de la medicina en los Estados Unidos.

La labor de Hershey no fue solo material, también hizo un importante trabajo social alentando a los miembros de su nueva “ciudad” a agruparse en comunidades y voluntariados. Al cuerpo de bomberos voluntarios que fundó en 1905, se añadió la Banda de Música de Hershey, varios clubes literarios y sociales, y equipos deportivos de baseball y básquet, cuyas dotaciones y uniformes eran subvencionados por él.

Hershey nunca olvidó que fue el chocolate lo que había hecho realidad su sueño, y rindió justo homenaje a ese producto, nombrando las calles de su ciudad con los nombres de las regiones del mundo más importantes en la producción del cacao. En todas partes había una escultura, una tarja o un elemento urbanístico que celebraba el mundo del chocolate, y hasta los postes eléctricos de las calles tenían forma de “chocolate kisses”, una golosina muy apreciada por los niños de entonces.

En el esplendor de su fama, Milton Hershey construyó otro centro académico para la formación técnica de niños y jóvenes, huérfanos en su mayoría; la Escuela industrial Hershey.

Pero la felicidad de Milton se vio ensombrecida en 1915. Desde hacía algunos años, su esposa Catherine sufría una enfermedad nerviosa que afectó su movilidad y equilibrio y que le impedía sentir el calor y el frío. Pero a Kitty le gustaba conducir con las ventanas abiertas de su automóvil para sentir la sensación de viento en la cara, y así lo hizo un invierno cuando regresaba a Hershey, desde Atlantic City.

En el trayecto, contrajo una fuerte neumonía que la obligó a detenerse en el Hotel Bellevue-Stafford de Filadelfia. Fue casi fulminante. A pesar de que Milton se presentó enseguida, el médico le dijo que Catherine se moría. Ella, consciente de esto, lo envió a tomarse una copa de champán al bar, para que no estuviera en la habitación en el momento de su muerte, que se produjo minutos después. Era el jueves 25 de marzo de 1915.

Sumido en una gran tristeza, Milton hizo colocar el cuerpo de su mujer en una bóveda durante cuatro años. Allí, él mismo se encargaba de ponerle dos veces por semana un ramo de las rosas que había sembrado ella en el Jardín de Rosas de Hershey. En 1919 el cuerpo de Catherine fue trasladado al nuevo cementerio de Hershey, y hoy descansa allí con su esposo y sus padres. Milton llevó su foto en el bolsillo desde entonces y hasta su propia muerte.

Su pérdida lo convirtió en un hombre triste. No tuvo hijos con ella, pero nunca volvió a casarse, y conservó todas sus pertenencias hasta el fin de sus días. Milton era un hombre muy apegado a los recuerdos, tanto, que cuando rediseñó su viejo pueblo para su nueva fábrica, tuvo el cuidado de conservar la casa donde nació, que aún es posible visitar.

CUBA, UN DULCE SUEÑO INESPERADO

Mucho se ha especulado sobre los motivos que impulsaron al pastelero, empresario, millonario y filántropo Milton Hershey, a visitar La Habana. No fue, como suele contarse en sus biografías más lacrimógenas, por cumplir una promesa hecha a su esposa en su lecho de muerte. Tampoco se debió a otro de sus incontables impulsos altruistas para ayudar a la gente, aunque una vez en Cuba, ya le fuera imposible sustraerse a su temperamento filantrópico. Fue por una razón empresarial de urgencia.

Empresa Nacional para la Protección de Flora y Fauna Jardines de Hershey / CiberCuba

Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, Milton Hershey comenzó a tener problemas con el suministro de azúcar de remolacha que importaba de Europa para producir chocolate. Y es –otra vez– su madre, la sabia señora Fanny, quien actúa de consejera de su hijo.

Fanny le sugiere a Milton que compre o construya un central azucarero en Cuba. Fabricar él mismo el azúcar en un país amigo que no está involucrado en el conflicto bélico, reducirá los costes de compra y transporte que está pagando por el azúcar europeo. También le garantizaría un flujo constante de esa importante materia prima para su industria.

Además, aunque Hershey desde niño y hasta entonces, había disfrutado de una salud de acero envidiable, comenzaba a acusar una incipiente bronquitis que se agudizaba con las bajas temperaturas invernales de Pensilvania. Fanny estaba convencida de que una temporada bajo el sol de Cuba, podría aliviarle a su hijo esa dolencia. Por si fuera poco, la reciente muerte de su esposa lo había sumido en una depresión, y viajar a La Habana para enfrentar un nuevo proyecto, podría mejorar su estado anímico.

Pueblo en Hershey / CiberCuba

Milton había escuchado antes hablar del magnífico clima cubano, de la hospitalidad proverbial de su gente y de las grandes plantaciones de azúcar de la Isla. La idea de Fanny le parece perfecta, y en el invierno de 1916, viaja a la isla caribeña con su madre, y una amiga de ésta, Leah Putt.

En La Habana Milton vio enseguida que allí, no solo tenía una gran oportunidad para reabastecer su fábrica de azúcar, sino que podía repetir el mismo modelo de negocio que había tenido tanto éxito en Derry Church.

Mientras Fanny y Leah se instalaron en un apartamento privado de la capital habanera, Hershey lo hizo en el Hotel Plaza, que sería su casa durante el tiempo que necesitara para encontrar un lugar donde establecer su negocio, sus oficinas y su vivienda. Milton envió a su madre y a su amiga de paseo por la ciudad, y él se fue a caminar solo por el casco histórico, fascinado por la arquitectura colonial de la vieja Habana.

Pero fue cuando salió al campo, fuera del área metropolitana, que quedó impresionado por los extensos cañaverales, que se perdían como un mar verde hasta donde la vista no alcanzaba. “La visión de los campos de caña me reconfortó de la pérdida de Catherine, y volvió a darme esperanzas de futuro para mi empresa, como me había dicho mi madre”, declararía después a un periódico norteamericano.

Cuando Fanny y su amiga terminaron su visita y regresaron a Pensilvania, Hershey se quedó en el Hotel Plaza, en cuyos salones recibía a personalidades de la política y los negocios de la Isla, que lo ponían al corriente del nuevo escenario empresarial al que se enfrentaba. Fue allí una tarde, cenando con un amigo, que le contó su proyecto de levantar una ciudad fabril para los cubanos, alrededor de un central azucarero.

Hotel Plaza en la actualidad / CiberCuba

A la mañana siguiente se puso ropa de campaña y se lanzó con su amigo, y un grupo de colaboradores cubanos, a buscar el lugar para construir el central de sus sueños. Hershey recorrió gran parte de la zona costera de La Habana y Matanzas, y le llamó rápidamente la atención el estuario de Santa Cruz del Norte. Enseguida manifestó su interés de comprar tierras allí, por su cercanía a un puerto de mar, fundamental para el transporte de azúcar a los Estados Unidos. Pero ningún terrateniente de la zona quiso vender sus fincas.

Hershey no estaba acostumbrado a un no por respuesta y continuó explorando la zona. Entonces descubrió una colina que dominaba Santa Cruz del Norte. Desde su cima observó el bucólico paisaje de sus cercanías; un pequeño y tranquilo bosque a orillas del Atlántico, de vegetación exuberante y bañado por las aguas cristalinas del río Mayabeque. Dicen que allí se le ocurrió la frase con la que desde entonces definió el lugar; “El sitio de la eterna primavera tropical”.

Era la localidad de Santa Cruz de la Sierra, a 35 kilómetros al este de La Habana. Y estaba en venta.

EL CENTRAL HERSHEY; UN MILAGRO AMERICANO EN CUBA

Milton Hershey compró la colina y parte de las parcelas de sus inmediaciones. El lugar era pura manigua con modestos bohíos y rústicas fincas agrícolas. Pero mientras sus acompañantes veían Santa Cruz de la Sierra como un matorral virgen, Hershey vio una próspera comunidad industrial.

Inmediatamente después de comprar las tierras, trajo de Pensilvania todo lo que necesitaba para construir un central azucarero y una comunidad obrera a su alrededor. La cercanía del puerto de Santa Cruz del Norte le facilitó las cosas, y muy pronto entraron a la zona las primeras brigadas de obreros de la construcción, taladores, pedreros, arquitectos e ingenieros que empezaron a levantar los primeros proyectos de la urbanización.

Cilindro usado para construir el pueblo / CiberCuba

En 1917 ya era visible la estructura del central, los cimientos de las viviendas y la línea férrea de un tren.

En 1918 se inauguró el Central Hershey en su primera fase, y en 1919 Milton Hershey hizo su primera molienda. En 1920 molió 149 toneladas de caña, y en 1926 se inauguró la refinería de azúcar. Fue tan rentable, que a Hershey le sobró azúcar para proveer a las fábricas cubanas de Coca Cola.

Vale la pena detenernos en el ferrocarril, que se haría famoso en Cuba, y que hoy es la única de aquellas instalaciones que continúa en funcionamiento.

Los primeros trenes de Hershey eran de tracción a vapor, pero Milton los consideró caducos al inventarse la tracción eléctrica. En 1919, Hershey Ferrocarril Cubano comenzó a importar trenes eléctricos de las marcas JG Brill y General Electric, y se convirtió en la línea férrea más moderna de América Latina. El ferrocarril sirvió, primero, para llevar los materiales de construcción de la nueva comunidad, y después para transportar las materias primas y a los obreros y habitantes del central.

Estación de tren / CiberCuba

El servicio de pasajeros eléctrico entre Matanzas y el pueblo de Hershey se inauguró en enero de 1922, y en octubre de ese mismo año se extendió a Casablanca, del otro lado de la bahía de La Habana. En 1924 la flota ferroviaria de Hershey contaba con modernos pantógrafos para vehículos troles, -necesarios para cruzar las líneas de tranvía en Regla y Matanzas-, 17 coches eléctricos de pasajeros y 7 locomotoras eléctricas. El pasaje costaba 47 centavos y solo era necesario un inspector por tren.

Después de terminado el central Hershey, Milton compró el central Rosario en 1920, el Carmen y el San Antonio en 1925, y el Jesús María en 1927. Desde 1916, su “reino de azúcar” se había ampliado en 60 mil acres, cinco ingenios azucareros, cuatro centrales eléctricas y 251 millas de vías férreas. Para la temporada baja en que no había zafra, Hershey construyó una planta de aceites vegetales y una desfibradora de henequén, para que sus empleados siempre tuvieran trabajo.

Milton encontró también agua más potable que la del Mayabeque en un manantial oculto en el bosque, y convirtió ese paraje en un sitio recreativo de ensueño, después conocido como “Los Jardines Tropicales del Central Hershey”, que embelleció aún más con árboles exóticos que trajo de los Estados Unidos.

Empresa Nacional para la Protección de Flora y Fauna 'Jardines de Hershey'/ CiberCuba

Junto al complejo fabril azucarero, Hershey hizo diseñar una red vial y peatonal inspirada en la de Derry Church, en cuyos laterales se sembraron árboles, parterres y cuidados jardines. Nació así una nueva y moderna mini ciudad, que sería la envidia del resto de los pueblos rurales cubanos, y también de muchas capitales de la Isla.

El asentamiento de viviendas se diseñó al estilo y gusto de Hershey, a imagen y semejanza de su comuna en Pensilvania. Eran casas muy cómodas de pronunciado estilo rural americano, que Hershey dotó de chimeneas, no para calefacción, sino para expulsar los humos de las cocinas, porque las familias humildes cocinaban con combustibles tradicionales como el carbón, la leña y el kerosene, que producían humo durante la combustión.

Poblado de Hershey / CiberCuba

El conjunto habitacional de Hershey tenía dos zonas de viviendas diferenciadas: el Batey Norte, donde estaban los servicios públicos principales y las casas de las clases sociales más altas, y el Batey Sur, que agrupaba las viviendas de los obreros rasos y los peones y aprendices. Incluía 200 viviendas de madera con techos de dos y cuatro aguas y otras 50 de mampostería recubiertas con piedras y techos de teja catalana y criolla. Fueron construidas con distintos niveles de confort en función de la categoría de los empleados que las habitaban. Además, Milton Hershey construyó barracones de mampostería y piedra para los hombres solteros y para los peones extranjeros con empleos transitorios.

Junto a las viviendas se levantó un centro médico moderno, equipado con la última tecnología, una farmacia que siempre estaba perfectamente abastecida con medicamentos de Estados Unidos, un cine, un teatro, un club social deportivo para deportes “indoor”, un campo de golf y otro de baseball, y una escuela pública gratuita para los hijos de los trabajadores. Con el tiempo abriría otro centro educativo en el Central Rosario para niños huérfano; la Hershey Agricultural School, que, como su homóloga en Pensilvania, preparaba a los jóvenes para carreras agrícolas e industriales.

Hizo también un supermercado y una carnicería con grandes frigoríficos y una planta de energía solo para las casas e instaló servicios de agua potable corriente y alcantarillado, y un parque de diversiones con norias, toboganes y columpios.

Monumento a las madres del mundo en el parque infantil / CiberCuba

No hay que olvidar que, mucho antes de que el ecologismo y las sensibilidades medioambientales se pusieran de moda, ya Milton Hershey ordenó sembrar árboles en el batey de su central para luchar contra la contaminación. También prohibió el vertido de desechos contaminantes en las aguas fluviales circundantes, consciente de que debía mantener su pureza y potabilidad.

Hershey convirtió su pueblo en una comunidad tan atractiva y pintoresca como Derry Church, pero que la superaba en confort y clima, y que tenía el gran atractivo de la cercanía de la playa. Su fama voló más allá de las colinas de Santa Cruz del Norte, y empezó a ser visitado por turistas, hombres de negocios, artistas y famosos que venían a La Habana. El Hotel Hershey estaba siempre lleno, y el turismo generaba una nueva fuente de ingresos; los turistas ricos utilizaban los restaurantes y fondas de la zona, y frecuentaban el campo de golf, cuyos jóvenes caddies, -siempre exquisitamente uniformados-, eran los hijos de los trabajadores del central.

Ruinas del antiguo hotel / CiberCuba

La vida social y cultural en el batey era tan atractiva, que todos los habitantes de los pueblos aledaños lo convirtieron en su destino lúdico de fines de semana. Iban allí para ver películas en el cine del pueblo, llevar a sus hijos al parque infantil, ir de picnic a los Jardines Tropicales, o disfrutar del campo de golf, el estadio de béisbol y la playa cercana. También eran notorias las funciones que ofrecía el teatro de la localidad, las retretas de la Banda de música de Hershey, las verbenas, las fiestas carnavalescas y las ferias. Aunque Milton Hershey no era un católico practicante, permitió que se hicieran celebraciones religiosas los domingos y durante las fiestas religiosas. Se celebraban en La Glorieta, en un altar desmontable que construyó para los devotos del batey.

El administrador del Central Hershey, Mr. C. L. Kelly, construyó en 1932 un mini aeropuerto con un hangar y dos pistas de 67 metros de ancho y 385 de largo. Desde allí viajaba con su mujer a los Estados Unidos en su avión biplaza Stearman. Estaba ubicado al oeste del pueblo de Santa Cruz del Norte, donde hoy se encuentra el Sector Militar y la Cafetería Habana.

Pero Milton Hershey no tenía grandes lujos en el pueblo para uso propio. Pasaba largas temporadas en La Habana para controlar su negocio, pero vivía en su propia oficina al lado del batey, apenas provista de un baño y un pequeño dormitorio.

El azúcar del central Hershey lo había salvado de un descalabro empresarial durante la guerra, y los beneficios económicos que generó después, lo ayudaron a financiar muchas de las construcciones en la ciudad de Hershey, en Pensilvania. Por eso dispensó una atención especial a sus inversiones en Cuba, y siempre le estuvo agradecido al país, a los cubanos en general, y a sus empleados en particular, a los que cada año entregaba aguinaldos por Navidad.

Por su gran aportación a la comunidad, todos los gobiernos republicanos que existieron mientras el jerarca estuvo en Cuba, lo distinguieron con infinidad de distinciones honoríficas. De hecho, Milton Hershey ha sido el único empresario norteamericano condecorado más de una vez, con la más importante de ellas: la Gran Cruz a la Orden Nacional.

EL FINAL DE UN HOMBRE DE ÉXITO

A finales de los años 30s, Milton ya era un anciano que no podía realizar viajes muy largos; había trabajado mucho y estaba muy cansado, así que no pudo continuar viajando a Cuba. Como el mayor placer de su difunta esposa Catherine era diseñar y disfrutar de los jardines que él construyó en High Point, tras su muerte, el magnate hizo trasladar sus rosas a los Jardines Hershey. En sus últimos años, solía ir allí acompañado de su enfermera y su chófer, para estar un rato junto a las rosas de su amada Kitty.

En 1937, Milton Hershey celebró su 80 cumpleaños en la Arena Deportiva de Pensilvania, en compañía de sus seis mil empleados. Había cuatro orquestas amenizando la fiesta, toda su familia y amigos, una abundante representación de los alumnos de las escuelas que fundó, y un cake de tres pies de altura con ochenta velas. La intensa emoción que experimentó ese día El Rey del Chocolate fue tan fuerte, que sufrió un infarto.

Pero era un hombre fuerte y superó el percance, sobreviviendo ocho años más a la tragedia. Los infaustos días de la Segunda Guerra Mundial lo tuvieron muy atento a la situación del mundo, y se implicó especialmente en el alistamiento de los jóvenes del pueblo que había fundado.

Escuchaba atentamente en su residencia las noticias del conflicto bélico pegado a la radio, mientras fumaba sus puros cubanos. Y allí fueron a verlo un grupo de militares de alto rango del ejército norteamericano, para pedirle que creara un chocolate para consumo de los soldados en el campo de batalla, que pudieran conservar en sus mochilas sin necesidad de frío.

En un postrero esfuerzo, el anciano se remangó las mangas de la camisa y se metió en los laboratorios de su fábrica, para elaborar la famosa “Ración de Campaña D”, un «snack» que proporcionaba un extra de energía y un aporte de 1800 calorías divididas en tres chocolatinas de 4 onzas, resistentes al calor. Hershey Chocolate Corp. fabricó 500 barras diarias de ese chocolate hasta el final de la contienda, que terminó el 2 de septiembre de 1945. Fue el último servicio del chocolatero a su Patria.

Milton Hershey vivió para volver a ver el mundo en paz antes de morir, pero solo pocos días más. Lo mató una neumonía el 13 de octubre de 1945, dejando al mundo un ejemplo encomiable de tesón y filantropía, y a los cubanos una experiencia fugaz de modernidad, que no volvería a repetirse nunca más. Tenía 88 años.

ADIÓS AL REINO DEL CHOCOLATE, LLEGA EL REY DEL AZÚCAR

Al terminar la Segunda Guerra Mundial en 1943, y ya fallecido Milton Hershey, su compañía Hershey Chocolate Corp. consideró que ya tenía suficientes plantaciones de caña y remolacha en Estados Unidos, y no necesitaba del azúcar cubano. Entonces dio por terminada la aventura cubana de su fundador, y comenzó a vender todas sus fábricas e instalaciones, con ferrocarril incluido.

El central, la ferrovía y los cañaverales pasaron a manos de la Cuban-Atlantic Sugar Company, cuya titularidad se hizo oficial en 1946. Ya sin las motivaciones filantrópicas del fundador, y solo mirando la rentabilidad económica, la corporación explotó el central hasta 1958. Ese año, Cuban-Atlantic Sugar Company le vendió el central al industrial y millonario venezolano nacionalizado cubano, Julio Lobo Olavarría, por entonces el principal magnate azucarero de Cuba.

Ecured/ Julio Lobo Olavarría

Lobo, era el hombre más rico del país, y el más exitoso de los empresarios cubanos de antes del 59. Su fortuna ascendía a $100 000 000 dólares y sus empresas abarcaban todos los sectores de la economía, desde la construcción y la agricultura, hasta los servicios y la banca. Había fundado el Banco Financiero en 1950, que utilizó para controlar dos de las compañías marítimas cubanas más importantes, Vacuba y Naviera Cubamar. Poseía, además, una agencia de radiocomunicaciones, una aerolínea, una aseguradora y una petrolera. Tenía 16 centrales azucareros y 22 almacenes de azúcar, y era el mayor productor de la Isla, con 3.941.814 sacos de 325 libras anuales. Controlaba la mitad del azúcar cubano y puertorriqueño, gran parte del filipino y el 60% del azúcar refino norteamericano. Por eso se le conocía como “El Rey del Azúcar”.

En 1946, Lobo había sufrido –y sobrevivido– a un intento de secuestro en el que recibió dos disparos en la cabeza y uno en una pierna, que lo condenó a ser cojo hasta el fin de sus días. Julio tenía una visión más fría y menos filantrópica de los negocios que Milton Hershey, así que no era predecible que la próspera comunidad fabril que levantó el pastelero de Pensilvania, tuviera continuidad con él, al menos en lo social. Era rico de cuna, tenía gustos refinados y apetencias de lujos decimonónicos, al extremo de estar totalmente enganchado a la estética napoleónica.

Su pasión por el prócer francés lo llevó a comprar el palacete renacentista florentino que construyeron Govantes y Cabarroca en La Habana, para el acaudalado jerarca italiano Orestes Ferrara, convirtiéndolo en lo que es hoy el Museo Napoleónico de Cuba. Durante toda su vida, Lobo compró todo lo que pudo relacionado con Napoleón Bonaparte, y en el año 1954 creó la Biblioteca Napoleónica, cuya organización puso bajo la dirección de su amiga María Teresa Freyre de Andrade.

Y también compró el Central Hershey en 1958, pero pudo disfrutar muy poco de sus dulces beneficios. Castro se lo quitaría en solo 12 meses, junto al Museo, su exclusiva pinacoteca y hasta el último trapo de su querido Napoleón.

Como tantos otros empresarios, Lobo tomó el camino del exilo en 1960 para establecerse por corto tiempo en los Estados Unidos. Se llevó con él lo poco que pudo salvar de su preciada colección napoleónica, algunos documentos y objetos que están actualmente en manos de sus herederos en Miami, pero tuvo que dejar la mayor parte en La Habana. En 1965 se fue a vivir a Madrid, donde fundó el Centro Cubano, que presidió durante ocho años. Murió allí el 30 de enero de 1983 a los 84 años, habiendo amasado una fortuna de 30.000 millones de dólares.

REVOLUCIÓN ES DESTRUIR

El 1ro de enero de 1959 se acabaron los sueños para la empresa privada cubana y extranjera. Fidel nacionalizó todo el tejido empresarial y de servicio, y las propiedades de Julio Lobo fueron las primeras en pasar a sus manos; también el Central Hershey.

Comenzaba el proceso de destrucción ininterrumpida del país por la desidia castrista, y con ella la pérdida irreversible de todo lo que una vez tuvo algún valor empresarial, arquitectónico, artístico o histórico en Cuba. La dejadez institucional se dejó sentir casi inmediatamente en la comunidad del central Hershey, que Fidel y su combo redujeron en poco tiempo a un montón de chatarra y ruinas inservibles.

Central Camilo Cienfuegos / CiberCuba

El Central Hershey perdió hasta el nombre, que desde entonces es “Camilo Cienfuegos”. Pero la fuerza de la memoria histórica de sus habitantes, ha conseguido que se conserve el apellido Hershey para los que no conocieron el pueblo en sus tiempos de gloria. Todos siguen llamándolo como antes, y Milton Hershey continúa silenciosamente presente en medio del desastre.

Central Camilo Cienfuegos / CiberCuba

Su avanzada y moderna comunidad fabril azucarera es un viejo cementerio de recuerdos marchitos, casas destruidas y solares yermos, donde la mala yerba y la desesperanza compiten por crecer. La dictadura que castró su futuro le ha pasado por encima como una aplanadora. No existe casi nada de lo que hizo el filántropo; es un pueblo fantasma perdido en Santa Cruz, cuya sola visión es tan amarga, como dulces fueron sus mejores momentos.

Antiguo chalet del dueño del Central, convertido en cuartería / CiberCuba

Queda el tren, renqueante, mal gestionado, eventualmente “modernizado”, si cabe la palabra. Va y viene a duras penas como una reliquia, por las mismas vías que Milton dibujó entre Casa Blanca y Matanzas. “Nunca llega en hora”, dicen los que lo usan. Antes era puntual, cuando cumplía la función que lo hizo célebre; hacer llegar al pueblo la modernidad y el desarrollo. Era “El Tren del Dinero”, pero hace tiempo fue asaltado por ladrones peores que los de la película.

Estación de tren / CiberCuba

Hoy los 1200 habitantes del batey, viven con frustrada resignación su inexorable muerte. Pero ellos, y los 11 millones de cubanos restantes, ya están acostumbrados a este duelo, porque el resto de Cuba ha ido muriendo igual. Hershey es solo una metástasis del cáncer comunista.

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Bibliografía consultada

Cuba, Central Hershey, 1916-1946 - Hershey Community Archieves.

Toro González, Carlos del: La alta burguesía cubana (1920-1958), Editorial Ciencias Sociales, 2003.

Jiménez, Guillermo: Los propietarios de Cuba 1958, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2008.

The Washington Post (May 2015) – “The Cuban town Mr. Hershey built”.

Carpentier, Alejo: La consagración de la primavera, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1979.

Lobo, María Luisa, Zoila Lapique y Alicia García – “La Habana: Historia y arquitectura de una Ciudad”. Romántica, Editorial Monachelli, Nueva York, 2000.

Martínez Camarero, Claudia - Hershey: Un pueblo con dulces recuerdos.

Ely, Roland T - Cuando Reinaba Su Majestad el Azúcar, Imagen Contemporánea, La Habana, 2001.

Martínez Shvietsova, Polina - El Central Hershey.

Hershey mill had it sweet, South Florida Sun-Sentinel - February 2005.

Central Hershey - Güije.com

The Hershey Press - El funeral de Catherine Hershey.

"Hershey, figura de la Semana" - Revista Bohemia, 15 de junio de 1952.

Zanetti, Oscar y Alejandro García: Caminos para el azúcar, Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 1987.

Carlos Ferrera Torres

Arquitecto, escritor y guionista nacido en La Habana, reside en España desde 1993, donde ha desempeñado su labor profesional como guionista de ficción y realitys en productoras de televisión como Magnolia y Zeppelin TV. Ha escrito varias piezas teatrales estrenadas en USA, Grecia, Argentina y España

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Carlos Ferrera Torres

Arquitecto, escritor y guionista nacido en La Habana, reside en España desde 1993, donde ha desempeñado su labor profesional como guionista de ficción y realitys en productoras de televisión como Magnolia y Zeppelin TV. Ha escrito varias piezas teatrales estrenadas en USA, Grecia, Argentina y España

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