Aeropuerto de La Habana | Foto © CiberCuba
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La 'Especulación' de Miami

América Latina Cuba

Publicado el Lunes, 14 Enero, 2019 - 14:38 (GMT-5)

El artículo lo firma un escribiente sobrado de coraje. Hay que tenerlo. Coraje y una mediocridad supina. No hay otra forma de atreverse a firmar semejante adefesio al que, por aquello de simplificar el entendimiento, tendré el atrevimiento de llamar artículo. A mi pesar.

El artículo se llama “Especuladores” y lo firma el temerario Julio Martínez Molina. Es profesor de algo relacionado con el Periodismo, me dicen. Columnista del semanario 5 de Septiembre, en Cienfuegos, me dicen. “Crítico audiovisual”, se dice él mismo en su curriculum de internet. Un prodigio de opinador, digo yo. Alguien capaz de llamarse crítico de ciertas materias trabajando en un pasquín que responde al apelativo de 5 de Septiembre. Periodismo de encanto y maravilla.

Pero Julio Martínez Molina se ha ganado un reciente estrellato. Su textículo "Especuladores" ha sido compartido, ofendido, reproducido, difamado, citado, alabado y denostado a partes casi iguales, luego de aparecer en la versión digital del semanario cienfueguero. Vamos, que ha sido un mini fenómeno viral: una tos enfermiza, un germen provinciano que ha logrado, vaya mérito, ser leído incluso allende a los mares. Aquí donde su dardo pretendió encajar. Sus jefes de UPEC, UNEAC y PCC deberán recordarlo en su próxima asamblea sepulcral.

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¿Por qué ha calado de cierta manera en la comunidad cubanoamericana su patética suma de párrafos insalvables, dignos del semanario que le exhibe, y cuya única intención es recordar lo mala que es la bandera yanqui, lo grande que es la Revolución cubana, y repetir sin rubor la sarta de lugares comunes y frasecillas de preescolar que tanto agradan a los mandamases de la prensa (sic) cubana?

Creo saber la respuesta: porque en estos días no hay manera de ofender a la mano que te da de comer, sin que esa mano tenga noticias de tu ofensa.

Hace treinta años cualquier mequetrefe con máquina de escribir podía ganarse favores en la prensa partidista cubana desbarrando contra “las escorias, los gusanos, los vendepatrias”. Su ataque de marxismo caía en saco roto, el periódico que le imprimiera era carne de limpieza sanitaria en un baño de terminal interprovincial. Pero nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

No puedo evitarlo, necesito colar acá ciertos apuntes para el diligente Martínez Molina.

Primero: teclear cosas como “no sin ocultar cierto desprecio” debería ser motivo de invalidación de título de Periodismo. Si no entiende que “no sin ocultar” significa precisamente que el sujeto ocultaba, con lo cual pierde sentido su intentona de descalificación, que se regrese de vuelta a la escuela. Primaria, desde luego. No más de ahí.

Segundo: asegurarles a sus lectores que en Estados Unidos alguien iría preso por poner reggaetón a todo volumen en su auto es mentir depravadamente. Así sin más. Que los autos deberían venir programados para negarse a reproducir ciertas músicas es otro tema que deslizo yo, como quien no quiere la cosa. Pero que sea ilegal: falso, infeliz.

Tercero: escribir una oración como “no es representativo de todos los connacionales allí, quienes cubren distendido diapasón” debería estar penado por La Haya. No hay derecho a semejante ensañamiento, a semejante carnicería verbal. Misericordia, por Dios.

Y así podríamos extendernos en una clase gramatical, estilística, conceptual, de todo lo que no debe, no puede hacerse en algo que intente pasar por periodismo de opinión. Podríamos, pero de qué nos sirve. El cruzado Martínez Molina proseguirá su empresa purificadora de socialismos y nosotros no tendremos que leer nunca más -voto al Altísimo- ciertas parrafadas que barrunte en sus horas de ocio productivo.

El problema no es con él. Ni con el tierno 5 de Septiembre. El problema no es con la cadena. Es con el mono. Un mono con tres letras como siglas y que se arroga el derecho a ser el único partido reconocido en todo el país. El dueño e instructor de periódicos como el de Cienfuegos, el capataz y fiscalizador de artículos como “Especuladores”, el premiador de infamias como la que Julio Martínez Molina ha tenido la desfachatez de publicar en internet.

Que el mismo Partido Comunista de Cuba causante del empobrecimiento económico y moral de cierto sector joven cubano tenga la indignidad de aprobar la publicación de libelos insufribles como ese articulejo cacofónico y rudimentario, pero cargado de todo odio de que es capaz un comunista de la comunicación provincial, es digno de estudio médico. Están enfermos. Llevan sesenta jodidos años enfermos.

Porque si ese personaje maniqueo, inverosímil, que describe el malo de Martínez Molina fuera relativamente cierto, ¿adivinen de quién sería la culpa, la única culpa criticable y digna de reflejo en un periódico local o en un comentario de parque dominical? Del único gobierno, el único partido, los únicos dueños que ha tenido el mismo país desde que casi cualquier cubano tiene memoria.

Es joven ese “cubanoamericano especulador” del que habla el columnista, ¿verdad? Tiene veintitantos años, digamos, ¿verdad? Adivinen bajo qué putrefacto sistema, con qué retorcida escala de valores se formó ese hombre nuevo al que ahora, por arte de mágico desentendimiento, un periodicucho cubano se siente en el derecho de señalar.

Esos “especuladores” existen, sí. No son ni de lejos esos personajes sórdidos y despreciables que retrata el tonto texto, pero algo llevan en sus formas. Esos cubanos superficiales, más dignos de lástima que de infiernos, existen en realidad. Pero no salieron de la nada. No son fruto de Hialeah o de Westchester o de la Pequeña Habana. Esos cubanos que necesitan reafirmar sus autoestimas a fuerza de kilates o de marcas o de músicas mediocres son más víctimas que victimarios. Y algunos sí tenemos claro a dónde apuntar si hiciera falta resaltar las culpas.

Que me saquen de dentro de su cabaña de piedra a las cenizas de Fidel Castro. Que me responda por su promesa, vamos. En el año 2000 afirmó, en un de sus discursos de saliva incontinente, que diez años más tarde Cuba sería el país más culto del mundo. El dictador tenía su cultómetro, digamos: un aparato para medir la cultura del mundo. Ahí, su país saldría victorioso en una década.

Han pasado casi dos. Cuba se nos ha empobrecido de libros y neuronas. Cuba se muere de clichés, de farsas, de imposturas, de críticos audiovisuales como Julio Martínez Molina, Cuba se engangrena de artículos como “Especuladores”, y el responsable del experimento de probeta marxista leninista descansa apaciblemente en su monumento kitsch. Su pedrusco oriental.

¿Sabe el infumable 5 de Septiembre por qué ciertos cubanos regresan a sus poblados del interior donde tres zancadas bastan para recorrer calles de punta a punta, y aún así rentan autos con aire acondicionado? Por la misma razón que llegan a Miami y devoran cuanta comida pueden, aun a expensas del colesterol y la báscula. Por la ansiedad, carajo. Por la frustración acumulada.

Por llevar tantos años de carencias, de no puedo, de ahorros para nada, de limitaciones y humillaciones. Un cubano que regresa a Santiago de Cuba y accede al abuso de Rent-a-Car es un individuo que se desquita de su propio pasado. Se venga. Ese hombre que trabaja como bestia en warehouse de Medley y destina parte de sus ahorros a montarse en un auto ahora en su municipio natal de alguna manera está haciendo las paces con su pobreza.

Puedes entenderlo o no. Puedes comulgar con él o no. Pero le sale de sus adentros hacerlo, es su derecho, es su plata. Es su dolor. Su inconfesable dolor de aplastado, de machacado por el martillo fidelista-estalinista, que hasta ayer debió rogar por la misericordia de un chofer estatal que le diera “botella”, y hoy puede pagarse su carro y su cerveza sin mendigar. Con una mínima dosis de decencia llamada trabajo allá en el país que siempre le dijeron enemigo, y que hoy le regala derechos y decencia mientras en su país natal un mediocre redactor de idioteces se llena el buche con ofensas mal pensadas y peor escritas.

En una Cuba de prensa sin censura, de periodismo contrastante y de rigor, yo podría publicar este u otro texto de respuesta a Julio Martínez Molina. Pero ubiquemos el escenario: hablamos del mismo país donde el próximo 24 de febrero se aprobará (vaya si estoy seguro, descorazonadoramente seguro) una Constitución que ilegaliza de forma total cualquier medio de comunicación que no sea del Estado.

Lo que viene como carta magna hace de Cuba un ecosistema al que solo le acomoda la erupción de pasquines como 5 de Septiembre, la proliferación de larvas malsanas como quien firma “Especuladores” y lo hace a sabiendas de que no habrá derecho a réplica o confrontación.

Y seamos honestos: ni falta que nos hace. De este lado del mar yo me quedo con la legión de especuladores, con los hijos pródigos del reggaetón, con los profetas del bling bling y los tiernos pulovitos Supreme. Si esa es la especulación de Miami, yo firmo debajo de ella. Yo los prefiero a ellos, sí, no tengo ni que pensarlo. Yo les digo asere y me quedo tan ancho y tan feliz, y me río y celebro tanto folclore y tanta libertad que tienen lo mismo para gastarse sus platas en cadenas imposibles que -nadie se me coma un cable- para ayudar a sus madres, a sus abuelas, a sus primos y amigos en aquellas mismas cuadras que cita el fidelista reportero, y hacerlo a veces en silencio, a veces con una bondad de tipo rústico y de corazón hermoso.

Si los especuladores de Miami son capaces de despertar tanta baba emponzoñada en la prensa cubana, algo demasiado bien harán. Quizás especulen su recién adquirida libertad. Eso explicaría tanta envidia imposible de camuflajear.

Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.


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Ernesto Morales

Periodista de CiberCuba

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