A. J. Hinch. Foto © Captura de pantalla de Youtube.

Hinch el Destripador

La culpa es de A. J. Hinch. Sí, de él mismo. No hay ni habrá mérito alguno en el triunfo de los Nats, porque Hinch les regaló el anillo de la Serie Mundial. Allá el que no lo vea.

“A. J. Hinch vs El pueblo de Cuba”: ese es el caso. Las redes sociales dan cuenta del litigio, y los termómetros del patriotismo nacional –herido en lo más hondo– estallan. Al mentor de los Astros se le acusa de infamia con deliberación, y su conciencia cargará para siempre con este revés que ha sacudido al mundo.

Obviamente, el señor Hinch es culpable de que Houston pasara de ser el equipo más bateador de la campaña (líder en todos los indicadores colectivos esenciales), a cerrar la postemporada con slugging de .396 y promedio de .234.

Hinch, además, tiene toda la responsabilidad de que Justin Verlander dejara de ser Justin Verlander y perdiera cuatro juegos una vez concluido el calendario regular, con efectividad de 4.33.

Hay más. El manager de los siderales -¿quién si no?- provocó el fatal milagro de que un equipo casi invencible en su terreno (60 victorias ante 21 fracasos en la etapa regular) perdiera los cuatro desafíos en patio propio durante la Serie Mundial, permitiendo la friolera de 30 anotaciones.

Merecidamente, a Hinch también se le debe achacar que, a lo largo de los dos choques finales, su line up conectara un imparable en 12 turnos con hombres en posición anotadora y, para colmo, dejara a 16 elementos en las bases.

¿Quién si no este sujeto provocó que únicamente José Altuve consiguiera mantener sus líneas de bateo al arribar la fase de play off? Hinch es culpable de eso, e incluso de que Yordan Álvarez (39), Yulieski Gurriel (37), Alex Bregman (36) y Carlos Correa (31) se empeñaran en no remolcar a demasiados compañeros en las almohadillas. Si no se hubiera equivocado Hinch de cabo a rabo, Stephen Strasburg no habría podido dominar a placer, ni Juan Soto y Anthony Rendon hubieran dado tantos palos en el clutch.

Sí. Nada puede salvar al jefe de filas de unos Astros que, por obra y gracia suya, debieron encarar un juego de eliminación ante los Rays y remontar contra los Yanquis hasta naufragar a la postre en aguas de una humillación frente a su gente.

Desde 1990, cuando los Rojos destruyeron a los Atléticos, ningún equipo logró sacar tantos colores a la cara del otro en un duelo decisivo. Ahora pasó, y el artífice de la vergüenza es A. J. Hinch. Sus hombres se comportaron a la altura. Él no. Condenemos, de nuevo, a Alfred Dreyfus.

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Michel Contreras

Periodista de CiberCuba, especializado en béisbol, fútbol y ajedrez.

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