Familia cubana en el malecón Foto © CiberCuba

Papá

Para Pepe, allá en El Vedado, y a quien mi madre respeta porque nunca -dice- le puso a una madrastra a su hija...

Cuando los niños empiezan a hablar primero dicen papá que mamá porque fonéticamente es más fácil, para un cerebro en crecimiento, emitir Pa que Ma y ya luego van enriqueciendo su léxico hasta llegar a padre, papi, pipo, papaíto y puro, que son los cubanismos más usuales para designar al progenitor masculino.

Dulce María Borrero / Foto: Cubanet

Dulce María Borrero, intelectual y feminista, fue la promotora de la celebración del Día de los Padres en Cuba, importándola de Estados Unidos, y convocando el primer festejo el 19 de junio de 1938, que cayó en domingo y ahí nació la tradición del tercer domingo de junio para rendir tributo a los padres; alejándose de la norma española de hacerlo el 19 de marzo, día de San José, en tributo a José de Nazaret, padre bíblico de Jesucristo.

La primera vez que tuve sentido del significado de paternidad fue en un edificio con garaje abierto en La Habana; jugábamos en la terraza dos amigos jimagüas y yo, cuando ellos vieron llegar a su papá en un VW cucarachita que se metió en los bajos. Como el padre tardaba en subir, bajamos hasta el sótano y allí lo encontramos muerto sobre el timón, con el motor encendido y la Emergencia puesta.

La segunda vez, quizá sería la tercera o cuarta; el padre de unos amigos se fue del país en una lancha, se fue para el Norte, decía mi abuela que -discretamente- me pidió que no comentara nada con mi papá porque el está muy integrado... Obedecí a mi abuela y fue mi padre quien me sacó de las dudas: Creo que debías volcarte con fulanito y menganito, que a lo mejor tardan en poder volver a ver a su papá; me recomendó después de lanzar la tarraya sobre una mancha de Lisas plateadas, que luego usaríamos como carnada viva para los pejes espadas.

Hijo, guárdate zonas de fracasos; no van a poder triunfar en todo, ni convencernos a todos... le dijo mi abuelo a mi padre, en medio de una comida familiar en El rincón criollo, del Cacahual, donde aún era posible ver a familias tradicionales bien vestidas y degustando comida criolla, servida por unos camareros atentos y educados, que irrumpían en la mesa, casi sin que se notara.

Luego la vida me llevó a otros padres, empezando por mi padrastro que amó a mi madre y a mi, como solo saben hacerlo los hombres buenos que llevan consigo la alegría y bondad de los mejores. Su mérito era doble porque mi madre quizá nunca superó el divorcio de mi padre y veía en cada machango a un malvado enemigo.

Aquellos otros padres que me dio la vida se llaman Luis, Fajardo, Osmín, Aroldo, Gustavo, Jesús, Mario, Jorge, Hurtado, Gabriel, Armando, Fico (el león tusao, carpintero-ortopédico), Regino, Ricardo. Todos vivos dentro de mi y con algunos aún hablo por teléfono y nos vemos cuando podemos para hablar de las cosas del mundo y de nosotros. Gracias, papás.

Una noche, mi padre se empeñó en salir a pescar cuberas, chernas y raburribias; subió al gato probador de ciguatera a bordo y cuando rebasamos el espigón, me dijo: Que tal la universidad... Bien, pero hay gente a la que no entiendo porque están desmotivados y no... Y quien eres tu para entender a nadie, si alguna vez te sintieras por encima de alguien, bájate dos, tres o más escalones y ponte a su lado...

Olvidé aquel prólogo de pesquería abundante hasta que llegué a España, donde Irene y yo hemos encontrado un padre sabio, generoso y honrado hasta la médula, Pío, que ya jubilado estudia coreano y mantiene su coherente obsesión de dibujar una Cuba plural.

Cuando enterré a mi padre, al ir al cerrar la puerta de casa para dormir, sentí un desamparo que aún me duele y, a veces, estando con Irene, me veo pasando el pestillo...

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Carlos Cabrera Perez

Periodista de CiberCuba. Ha trabajado en Granma Internacional, Prensa Latina, Corresponsalías agencias IPS y EFE en La Habana. Director Tierras del Duero y Sierra Madrileña en España.

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