Balsero de Camagüey intenta huir de Cuba hasta 9 veces

Denny Brea es un emigrante camagüeyano y ha aceptado compartir con CiberCuba la historia de su desesperación. Pasó toda su juventud tratando de emigrar.

Dennys, en uno de sus intentos de salida ilegal de Cuba. Foto © Denny Brea

Se llama Denny Brea (Camagüey, 1978), tiene 41 años y vive y trabaja en Montevideo, Uruguay. Pasó toda su juventud intentando salir de Cuba en balsa. Lo intentó hasta en ocho ocasiones. Finalmente consiguió emigrar por tierra, a través de Guyana, al noveno intento. Él ha accedido a contar a CiberCuba la historia de su desesperación, justo cuando se cumplen 26 años de la crisis de los balseros.

Denny agradece hoy el chivatazo que frustró su primer intento de salida ilegal de Cuba por Pinar del Río. Está seguro de que si no lo hubieran sorprendido, habría muerto. Gracias a esa delación hoy puede contarnos su vida como balsero.

Pinar del Río, noviembre de 2007

"Mi primera embarcación fue una balsa de cámaras de camión y gracias a Dios que me cogieron los guardafronteras cubanos, pues allí íbamos a morir", comenta a CiberCuba.

Antes de llegar a este punto, él había sufrido estafas, "sin tan siquiera ver un barco". "Íbamos a la costa y no encontrábamos nada ni a nadie que nos quisiera vender nada". 

Denny (d), en uno de sus intentos fallidos. Foto: Denny Brea.

Para entonces, Denny ya tenía un GPS náutico, Garmin12, muy antiguo, que le había costado 15 000 pesos. "Eso tenía el valor del precio de un pasaje en barco. Me convertí en experto en navegación satelital sin tan siquiera haberme metido en el mar. Aprendí a leer imágenes de las profundidades marinas y de los terrenos accesibles en las costas. Todos los que querían irse me buscaban, pero yo no era muy valiente y después de escuchar tantas historias no me embullaba".

En noviembre de 2007, Denny tenía un bicitaxi en Camagüey y junto a su primo y dos amigos pasaba el día buscando una vía para salir de Cuba. Él ya tenía avanzados algunos preparativos, cuando sus amigos le dijeron que habían encontrado a un hombre en Pinar del Río que podía ayudarlos y se fueron para allá.

Al regresar a Camagüey le contaron que estaban haciendo una balsa, que habían ido a llevar cámaras de camión, pero que les hacía falta un motor. Denny tenía uno y no se lo pensó. "El tiempo se demoraba y las emociones eran muchas. Yo quería acción. Decidí irme para allá con ellos, a participar en los preparativos. Me pasé casi un mes entre las pruebas del motor, armar la balsa y trasladarla en una carreta de bueyes hasta la costa. Llegamos de madrugada por todos aquellos caminos oscuros. Entre el marabú y que era ilegal lo que estábamos haciendo, aquello tenía un toque emocionante".

Denny Brea. Foto: Denny Brea

"Llegamos a la costa, comenzamos el ensamblaje de la balsa. Entre el fango y los mosquitos nos tomó toda la madrugada y parte del día. Al principio éramos cuatro (Denny, su primo y sus dos amigos), pero en Pinar del Río se sumaron tres pinareños. Entre ellos, un supuesto patrón de barco. Éste último era una persona mayor y con problemas de diabetes, que terminó por desistir del viaje. Pero nosotros seguimos adelante".

"Llena de agua, fango y palos, empujamos la balsa, durante toda la tarde y la noche hasta llegar hasta aguas un poco profundas, donde paramos para dormir, con los remos anclados, pues ninguno de nosotros tenia el valor de seguir adelante. Desde ese momento, me convertí en el patrón de todas las embarcaciones en las que monté. Yo no sabía de maniobras, pero en navegación satelital estaba bien".

Cuando amaneció, Denny y sus acompañantes se dieron cuenta de que estaban en la misma salida del mar. Allí encendieron el motor, pero éste no consiguió mover la balsa. Habían pasado ya dos días de penurias y todavía no habían logrado salir al mar.

"Nos pasamos todo el día dando llave y al final de la tarde, uno de los pinareños dijo de ir a su casa, a ver cómo estaba la situación por allá y a traer comida. El otro también quiso ir. Nos quedamos los cuatro de Camagüey. Al día siguiente, uno de los pinareños regresó temprano en la mañana con la noticia de que los guardafronteras nos estaban buscando. Uno de mis amigos estaba trepado en una mata y vio a dos grupos de rescate y una moto acuática que venían hacia donde estábamos. Intentamos escondernos como pudimos y el que estaba en la mata, corrió y corrió sin parar. Nos cogieron a tres de Camagüey y al de Pinar del Río".

Los pinareños se dieron cuenta de que aquello no iba a ninguna parte y se echaron para atrás. "Nos contaron que el día que se fueron a su casa, la Policía agarró a uno y le preguntaron por el lugar exacto donde estábamos. Por eso pudieron ir directo".

Cuatro de los cinco balseros fueron detenidos y trasladados a Santa Coloma, al sur de la provincia. "De allí nos llevaron en patrulla al G-2, para el técnico de Pinar del Río. Esa fue mi primera impresión tras las rejas. Yo tenía ganas de llorar y de gritar, pero entraban los nuevos que estaban deteniendo, tan campantes. Estuvimos tres días. Luego nos soltaron para la calle con 3 000 pesos de multa y un peso cubano en el bolsillo para regresar a casa. El padre del pinareño que nos chivateó nos dio 800 pesos de la vergüenza por lo que había hecho su hijo. Con eso pudimos regresar a Camagüey".

6 de julio de 2008: Un bote de verdad

"Llegué a mi casa y estuve tres días tranquilo, preguntándome si quizás me hubiera pasado esto o lo otro", comenta a CiberCuba. Fue entonces cuando Denny se puso en marcha para comprar un barco "de los de verdad", pero le faltaba lo principal: el dinero. Sabía que vendían uno en la Coloma, Pinar del Río. "Regresé siete meses después con la plata y compré mi bote, con una vela, cuatro remos y sin timón ni foque. ¡Qué sabía yo de eso!"

Por fin se lanzaron al mar el 6 de julio de 2008. Cuando estaban cargando el agua y la comida en el bote, una patrullera, bastante grande, les pasó muy cerca. "Hicimos como que estábamos pescando y no pasó nada. Salimos de noche, a remo e hicimos 30 kilómetros hasta los cayos San Felipe, en los límites del archipiélago. Llegamos a las nueve de la mañana, pero como es una zona vigilada, permanecimos allí ocultos todo el día, en el agua, porque en tierra no había quien estuviera por la cantidad de mosquitos. Ese día pude experimentar lo que es pasar todo el día al vaivén de las olas. Cuando tocas tierra, la sensación es bien rara!"

Denny se dio cuenta de que sin timón no podía poner la vela del barco. Aún así, decidió seguir adelante. Le quedaban 270 kilómetros hasta Yucatán (México), pero en cuanto salieron del cayo, las olas empezaron a hacerse cada vez más grandes. "Al poco de haber salido, por dentro de mí quería regresar. Las olas eran de más de tres metros de altura y en el horizonte se divisaba una tormenta. A medida que nos adentrábamos en mar adentro, las olas bajaban de tamaño, pero eran cada vez más fuertes. La tormenta estaba cerca. Mi primo y mi amigo Rogelio estaban a los remos esa noche. Fueron mis héroes. No volví a programar una salida de Cuba si no estaban ellos".

Hoy reconoce que se subieron a la balsa sin consultar el parte meteorológico. "Pensábamos que a mal tiempo, menos vigilancia. Como si fuéramos invencibles. La tormenta nos tiró toda la noche por la costa sur hasta el Cabo de San Antonio. El bote brincaba como un toro en un rodeo. Los que estaban en ese viaje pueden acordarse de que grité varias veces '¡Ay mi madre, ahora sí nos jodimos!',  cada vez que el barco se paraba de punta".

Para entonces Denny no llevaba su GPS de 15 000 pesos. Lo había perdido. En su lugar tenía una brújula inglesa profesional que le había regalado un amigo francés. "Era prácticamente sencillo llegar si manteníamos un ritmo constante: 180 grados para salir y luego rumbo 240 hasta Yucatán".

Esa noche fue terrible para Denny y sus compañeros de viaje. "Mi primo y Rogelio estaban agotados de tanto forzar el remo para estabilizar el bote. El amanecer fue muy lindo y emocionante. No veíamos tierra por ninguna parte; aquel sol tan grande, en aquel inmenso azul, que no notabas la diferencia entre el cielo y el mar. Las olas volvieron a ser inmensas, pero no peligrosas. Estábamos como en un cachumbambé y eso nos llevaba por un buen rumbo, sin vela ni timón. Bastaba con estabilizar los remos. Había gaviotas y delfines. Al atardecer estábamos pasando el Cabo de San Antonio".

"Veíamos el faro a lo lejos y los barcos 'costeaban', doblaban por allí y se perdían como rumbo a La Habana. Luego vino una noche llena de luces por donde quiera. Incluso un barco se acercó a nosotros. Le hicimos seña con una linterna. Se quedó observándonos y luego se fue. Yo llevaba mucho tiempo sin dormir y esa noche dormí como si estuviera en mi casa. Al despertar, me dio la impresión de que íbamos a tanta velocidad, como si fuéramos una lancha. Nos había agarrado una corriente".

Entonces empezó a escasear el agua. "Se nos había roto un porrón con 20 litros y nadie se percató hasta que quedó vacío. Ese día el calor fue intenso y tomamos agua sin saber que se acabaría. También divisamos un barco en el horizonte. Comenzamos a hacerle señas. Estaba bien lejos, pero logró vernos. Cuando se dirigía a nosotros a gran velocidad, noté que levantaba una columna de agua del alto del bote. Le dije a mis compañeros que eso no era un barco común, que era un barco de guerra. Llevaba grabado en el lateral: 905 Coast Guard. Estábamos en medio del canal de Yucatán".

Los guardacostas de Estados Unidos les dijeron a los balseros que habían tenido mucha suerte porque ellos habían recibido la alerta de un barco de narcotráfico y que por eso se habían dirigido a esa zona por la que habitualmente no patrullaban. Tres días después los devolvieron a La Habana. Entraron por el puerto de la capital cubana el 13 de julio de 2008.

Esta vez las autoridades cubanas no los multaron. "Nos llevaron para una unidad en Casablanca, nos hicieron análisis de sangre y nos preguntaron dos o tres cosas sin importancia. Luego nos dijeron que teníamos que dormir allí, pues era muy tarde para tomar carretera hasta Camagüey. Al día siguiente nos llevaron en auto hasta la puerta de nuestras casas. Sin multa y sin carta de advertencia. Además nos vistieron y nos calzaron".

Tres intentos en 2016

Los ocho siguientes años, Denny rechazó varias salidas ilegales en barco. Ya sabía cómo era el mar y no le gustaban las condiciones que le ofrecían, pero en 2016 lo intentó hasta tres veces. Presentía que el deshielo en las relaciones entre Cuba y Estados Unidos acabaría con la política de Pies Secos, Pies Mojados.

Primero salió por Caibarién, navegó alrededor de 70 kilómetros y tuvo que regresar porque el bote estaba en muy mal estado.

En otra ocasión salió al mar por la costa norte y se adentró en el canal viejo de Bahamas. Para entonces sus antiguos compañeros de travesía, incluido Rogelio, habían llegado ya a Estados Unidos. "Lo lograron en intentos a los que yo no me uní por desconfianza", lamenta.

En esa ocasión hicieron "cuatro noches hasta Anguila, una isla perteneciente a Bahamas, en medio del trayecto entre Cuba y Estados Unidos. Allí descansamos y en la tarde un avión de reconocimiento de Estados Unidos nos vio y avisó al guardacostas. Pasamos 19 días detenidos en Freeport, Bahamas, y luego, deportados a Cuba, en agosto".

El Centro de Detención de Nassau, adonde lo llevaron, estaba lleno de cubanos. Allí un teléfono celular con línea e internet costaba 130 dólares americanos. Mi familia supo de mí en cuanto llegué a Freeport porque yo hablo inglés y el encargado de Inmigración, de buena fe, nos permitió llamar desde su teléfono para avisar a nuestros familiares".

"En Nassau vi todo el trapicheo que había. Podías conseguir de todo con plata. En 2018 todo cambió. En ese momento la inmigración era mucha. Estaban pasando unos 3.000 cubanos al mes por Valle Grande (La Habana), un campamento que habilitaron para esto. Estuvimos tres días y luego nos llevaron igual para casa".

El último intento de abandonar ilegalmente Cuba en 2016 lo hizo el 2 de diciembre, por el Mariel (Artemisa). Era una embarcación de 24 pies con un motor muy bueno. Sólo había que navegar un día. Pero resultó ser una estafa. "Entre 14 personas pagamos 60 000 pesos por ese barco. Encendimos aquel motor y marchó mejor que una lancha, pero sólo navegamos 15 millas. El motor se trancó, porque le habían dejado el tapón del radiador para que se vaciara de agua, se calentara y se trancara".

"Terminamos, regresando hacia la costa, donde los guardacostas nos estuvieron esperando toda la noche. Llegamos a la deriva al amanecer. Dejamos el bote tirado. Ellos lo recogían y lo vendían a otros grupos".

Los guardafronteras cubanos los mantuvieron detenidos sólo un día. Sabían que habían sido víctimas de una estafa y tenían la foto de los vendedores del bote. "Nos dimos cuenta de que eso estaba 'tarjeteado' (amañado)".

Tres veces en 2018

En 2017, Denny no tuvo ganas de tirarse al mar. Obama había cancelado la política de Pies Secos, Pies Mojados y no tenía sentido tirarse al mar. Pero en 2018 lo intentó otras tres veces. "Me montaba en botes malos y tenía que regresar una vez y otra. Hasta noviembre. Ésa fue la aventura que me hizo desistir de verdad del mar. Fue como si el mar me dijera: si lo sigues intentando, te voy a matar de verdad".

"Esa vez estuvimos ocho días a merced de las corrientes. Vimos tiburones, delfines, barcos, tormentas y lo peor: mar muerto. El bote marchaba a merced de las corrientes. Nos iba tirando hacia arriba. Una lancha americana vino y nos dio agua y comida, pero nos dijeron que no podían ayudarnos. El penúltimo día estábamos esquivando cruceros frente a las costas de Miami, cuando comenzó el mal tiempo, que nos arrastró toda la noche hacia un banco en las Bahamas. Un pesquero bahamés se nos acercó y nos dio agua. Nos dijo que siguiéramos, que Miami estaba cerca. Les pedimos ayuda. Temíamos por nuestras vidas. Llevábamos ocho días en el mar y no teníamos ni comida ni agua. Las tormentas tenían el bote desarmado. Pero se fueron y nos dejaron allí. Nos cayó otra tormenta más. Luego regresaron y tuvimos que suplicarles para que avisaran por la radio a la Guardia Costera. Nos recogieron y estuvimos con ellos un día hasta que nos recogió el guardacostas de Estados Unidos y nos llevó para Freeport, de nuevo. Esta vez no me sentía prisionero. Me sentía salvado".

Al llegar a Freeport, el oficial de Inmigración que le había prestado el teléfono en una ocasión para hablar con su familia lo reconoció. "¡Denny, again!", le dijo.

De nuevo le dejó llamar a su familia para avisar de que estaba detenido en Bahamas. Ahí pasó 15 días, en un centro de Nassau. Durante su estancia vio al cónsul de Cuba acercarse a ver a un grupo de cubanos que había llegado antes que él. Finalmente las autoridades de Bahamas lo devolvieron a La Habana y ahí terminaron las aventuras en el mar para él. "Te puedo decir que me encantan y pienso en ellas todos los días", dice a CiberCuba.

El viaje por tierra

El hermano de Denny, con tal de que no se volviera a tirar nuevamente al mar, vendió su casa y le dio 2 000 dólares para que se marchara de Cuba en avión. Fue así como el 4 de agosto de 2019 cogió un vuelo para Guyana y se fue de Cuba.

En un primer momento, estaba decidido a quedarse en Guyana, pero se juntó con un grupo de cubanos que querían ir para Uruguay e hizo el viaje con ellos.

Con el dinero que le dio su hermano viajó primero hasta la frontera de Brasil y allí pidió refugio. De ahí continuó camino hasta Uruguay. Cinco días después estaba en Montevideo. Unos amigos que tenía en ese país fueron a recogerlo a la terminal y a partir de ahí empezó lo más difícil: conseguir trabajo.

A los 15 días en la capital uruguaya, Denny fue a su primera entrevista. Lo pusieron a prueba para instalar y dar mantenimiento a una computadora. Eso sabía hacerlo y le dieron el puesto, donde además tenía que arreglar celulares. En eso no era muy diestro, pero poco a poco aprendió a hacerlo.

Allí estuvo tres meses, hasta que regresó el dueño de esa plaza. Para entonces, Denny había conocido a una pareja de ancianos uruguayos que necesitaban compañía y se fue a vivir con ellos. Estuvo un mes buscando trabajo de lo que fuera. Día y noche metido en Internet hasta que un día lo llamaron de una empresa de seguridad. Empezó cubriendo bajas o licencias y ya tiene un puesto fijo.

En Cuba dejó dos hijos, sus padres y su pareja, con la que espera reunirse lo antes posible. Ni se le pasa por la cabeza continuar camino hacia Estados Unidos. "Yo estoy bien en Uruguay. Quería salir de Cuba para cualquier sitio. Mientras me vaya bien, no pienso moverme de acá. Hace mucho frío y echo de menos a mi familia y a salir por la calle y saludar a fulano o a mengano. Esto está lleno de cubanos, pero sales por la calle y pareces un zombie. No conoces a nadie. Es lindo poder contar mi historia a alguien".

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Tania Costa

(La Habana, 1973) vive en España. Ha dirigido el periódico español El Faro de Melilla y FaroTV Melilla. Fue jefa de la edición murciana de 20 minutos y asesora de Comunicación de la Vicepresidencia del Gobierno de Murcia (España)

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