Soberana: candidato vacunal cubano contra el coronavirus Foto © Cubabate / Ismael Francisco

Soberanía: La vacuna que inmuniza al régimen cubano

El politiqueo llega a todos los rincones de Cuba, incluso al ámbito de la ciencia, con "Soberana", nombre que se ha elegido para la futura vacuna contra el coronavirus, como parte de la carrera mundial por conseguir un antídoto, que tiene mucho de político y con grandes intereses detrás.

Pero la “potencia médica” cubana no se limita a competir en investigación, tiene que izar bien alto la bandera, mostrar al mundo cómo una pequeña isla “bloqueada” lucha de tú a tú con grandes farmacéuticas y laboratorios imperialistas. La “patria” aprovecha la pandemia para reafirmar su independencia y su determinación de ser soberana.

Más allá del trabajo de los investigadores cubanos, de la excelencia o modestia de sus resultados; más allá de los recursos con que cuentan o de la retribución que reciben, por encima de todo, está el mensaje panfletario del partido único y el gobierno del país.

Una propaganda que siempre fue ramplona, pero que ahora es “continuidad”, es decir, una copia del vacío y que en su argumento de soberanía, obvia la notable dependencia de los dólares y euros de los maltratados emigrados cubanos.

Sin embargo, el régimen siempre ha tenido en su poder un comodín, un atributo del pueblo del que se ha apropiado. Por manoseada que esté, la soberanía nacional es esa carta que les vale para aparentar que son los firmes herederos de la revolución, que gobiernan como les enseñaron y que el poder será suyo para siempre, porque así lo quiere y manifiesta, como no, el pueblo soberano.

El coronavirus se ha convertido en la oportunidad de otra campaña, no de vacunación, sino propagandística, con que el régimen pretende inmunizar mentalmente, una vez más, a los cubanos ante la triste realidad de hospitales desvencijados y la galopante escasez de medicinas.

La soberanía es lo que permite al Estado ejercer el monopolio de la violencia sobre los ciudadanos y gozar del reconocimiento internacional. Tiene, por tanto, una vertiente interna y otra externa. En su manifestación interna, la soberanía es el poder supremo que ejerce el Estado sobre su población en todo el territorio nacional; poder para imponer sus leyes mediante una relación eficaz de mando y obediencia.

Este poder está legitimado si no tiene necesidad de recurrir a la coacción, si se funda en el imperio de la ley y en un consenso mayoritario de la población, y si garantiza los derechos humanos de sus ciudadanos.

En el caso de Cuba, el poder está cooptado y en el Estado no existe una separación real entre el legislativo, el ejecutivo y el judicial. El ejército, el partido y el gobierno constituyen el núcleo de poder totalitario que impone su autoridad ejerciendo una violencia injustificada contra su población.

Resultado de ello es la falta de derechos y libertades políticas en el país o la imposición de una ideología y un sistema socialista irrevocables (Artículos 4 y 229 de la Constitución).

La aprobación de leyes a la medida de los intereses del régimen y no de las necesidades de la población, o la persecución de la disidencia y la vulneración sistemática de los derechos humanos de la oposición, entre otros, también son consecuencia de una soberanía mal entendida.

En resumidas cuentas, en su expresión interna existen evidencias que demuestran que el pueblo cubano no sería el soberano y de que su gobierno no estaría legitimado.

A su vez, en su vertiente externa, la soberanía es considerada como uno de los pilares del sistema internacional, ya que garantiza las relaciones entre los Estados en condiciones de igualdad e independencia, sin que la acción de terceros sobre ellos entrañe violencia o condicionamiento alguno.

En este terreno, el régimen cubano es experto en apelar a su soberanía cada vez que es criticado por sus políticas internas. Son frecuentes las declaraciones oficiales acusando de interferir en sus asuntos internos a quienes lo cuestionan, así como su manera de interpretar cualquier acción contraria al status quo como un “atentado” a su soberanía.

Atentado que perpetra a diario en Venezuela, pero disfrazado de "solidaridad revolucionaria", en esa manía castrista de usar eufemismo para encubrir sus contradicciones, cada vez más evidentes.

La soberanía como concepto político-jurídico se ha ido construyendo desde la antigüedad hasta nuestros días. No significaba lo mismo cuando en 1648 finalizó la Guerra de los Treinta Años, que cuando se juzgaron los crímenes del nazismo en 1946. La idea de soberanía no surge de un vacío histórico y moral; tiene que estar justificada por la apelación a principios y valores que definen la identidad del Estado, o la razón de ser de su gobierno.

Es decir, la soberanía se construye socialmente; no está dada por los ocho libros de la Historia de la guerra del Peloponeso, o por los 128 artículos de la Paz de Westfalia. Es un proceso social de construcción de la realidad por el cual se crean y evolucionan los intereses e identidades de los Estados.

Después de la II Guerra Mundial se construyó un orden internacional basado en la soberanía de los Estados como una forma de mantener la paz y arreglar pacíficamente los diferendos a través del derecho internacional. Pero, al mismo tiempo, también se desarrolló un régimen internacional de derechos humanos que ha ido modificando la interpretación de la soberanía.

Estas evoluciones del derecho la ponen en relación con el concepto de “responsabilidad”, entendido como un ejercicio razonable y responsable de las prerrogativas soberanas, ajustado a la ley y garantista. La soberanía entendida en relación con la protección de los derechos humanos y el desarrollo de jurisprudencia en ese sentido, incomodan a los regímenes no democráticos.

De ahí que el Gobierno cubano vocifere que no reconoce autoridad moral ni política alguna a quienes le afean su comportamiento y se “inmiscuyen” en sus asuntos internos. La soberanía les sirve de escudo, mientras que la hipocresía del sistema internacional y la política mundial le procura aliados y apoyos a un régimen que se perpetúa en el poder mediante la coerción y la violencia sobre su población.

La soberanía es la clave de bóveda del régimen cubano. En cierto sentido funciona como la serpiente que se muerde la cola, dependiendo siempre de que sus vertientes interna y externa se complementen y no dejen fisura alguna por donde se les pueda cuestionar su legitimidad.

Al parecer, si no ocurre un cataclismo que obligue al régimen a aceptar los criterios actuales de legitimación del poder, la única forma que tiene el pueblo cubano de recuperar la soberanía pasa por poner en evidencia la naturaleza represora de quienes le gobiernan, y por romper con los mecanismos de mando y obediencia vigentes.

Se trata de una vía difícil y no exenta de sacrificios. Para emprenderla se necesita el apoyo de una comunidad internacional que no mire a otro lado, que reconozca el derecho del pueblo cubano a ser soberano y a vivir sin miedo ni coacciones.

Mientras tanto, buena suerte y éxitos a los investigadores que desarrollan la vacuna Soberana.

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Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.

Ivan Leon

Licenciado en periodismo. Máster en Diplomacia y Relaciones Internacionales por la Escuela Diplomática de Madrid. Máster en Relaciones Internacionales E Integración Europea por la UAB.

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