Yunior García Aguilera, dramaturgo cubano Foto © Cortesía del entrevistado

Dramaturgo Yunior García: En Cuba nos hemos acostumbrado a simular

No aprende a curarse una nación que rehúsa conocer del mal y sus heridas. José Martí

Más que una entrevista, le pedí al destacado dramaturgo cubano Yunior García Aguilera, que -como joven de 38 años- conversáramos acerca de lo humano y lo divino, en el presente panorama político-social de Cuba, sobre el sempiterno y trágico devenir de la nación que nos es común.

En su rol de intelectual inconforme con casi todo lo que atañe al mismísimo proceso creativo —dado el impacto individual que representa—, Yunior no se cansa de plantear sus pareceres en cuanto debate público se habilite o urda espacio en donde verter desasosiegos.

La voz del dramaturgo holguinero trascendió en 2016 a la famosa Radio bemba, cuando formuló, en una reunión en su provincia, algunas preguntas incómodas al poder, representado allí en la máxima figura partidista del territorio, palabras que nunca fueron bien acogidas. Pero ya dichas, no habría necesidad de seguir las trayectorias —a veces erráticas— de los responsables de que tales planteamientos obtuviesen siquiera una respuesta, pues hay soluciones que solo las brinda el puñetero tiempo.

Yunior ha sido parte activa —como actor y creador egresado de una hornada singular e irreverente, signada bajo la lucidez de unos textos que se mofaban con gracejo y desparpajo del elitismo academicista de cualquiera, hasta de Eugenio Barba— y de cierta dramaturgia meridiana para con su generación que desmontaban el paralelismo del arte en su trasladación a la escena tal cual; sin loas, tergiversaciones, ni florituras; y en forma de ejercicio contemporáneo al que algunos criticones catalogan como “la mentira feliz”.

Propuse a Yunior que —por cuestión de brevedad— respondiera a tres preguntas. No pretendía que el lector se aburriera con lo que ya conoce de su extensa obra, triunfos, y tropiezos constantes.

Avisé a Yunior de que saldría en el portal CiberCuba, que tampoco es del agrado del gobierno y el Partido Comunista de Cuba aunque jamás hayan podido probarle que recibe financiación norteamericana o europea, que es la acusación predilecta contra quienes discrepan de la línea oficial,

Has escrito cartas abiertas, proclamas sobre principios éticos y martianos, dirigidas especialmente “a jóvenes cubanos de hoy mismo”. ¿Te parece valedero, esperanzador que otros se inspiren a ser igual de transparentes consigo mismos —y especialmente para con el resto—, a decir lo que sientan sin miedos ni tapujos en este momento cumbre del descontento popular en Cuba, o se trata de otro ejercicio de introspección moral al que como artista crees te debes?

El arte tiene la cualidad de ponernos a dialogar con nosotros mismos. Y es, quizás, ese debate interno, la manera más eficaz de transformar tus opiniones, tu sensibilidad, tu visión de las cosas. Por eso tengo fe absoluta en el poder de los poetas. La poesía no solo puede convencerte de que amas, crees o entiendes la belleza, también puede concederte la fuerza para levantarte y sacar a la luz tus verdades incómodas.

La humanidad lo sabe desde el principio, por eso la religión se apoyó desde temprano en la literatura, las bellas artes, la música y la teatralísima liturgia. La política también lo hizo desde el comienzo. Pero el arte no es una herramienta, ni un pretexto, ni el medio para lograr un fin. El arte es fin en sí mismo, destino y origen. En ese universo que llamamos Cultura, el arte es sin dudas la fuerza más poderosa de todas.

No se puede ser artista sin ser honesto. Sabemos que en Cuba nos hemos acostumbrado a simular. Y lo peor es que pensamos que ser simuladores es una expresión de nuestra inteligencia.

Desafortunadamente es lo contrario. La Revolución dejó de ser revolución demasiado pronto. Nos convertimos todos en integrantes de un coro donde debíamos entonar la misma nota. Y algunos se limitaron a mover los labios para fingir que participaban de ese canto. Disentir se convirtió en traición. La moral se volvió fachada. La ética se llenó de oportunismos.

La Revolución dejó de ser revolución demasiado pronto. Nos convertimos todos en integrantes de un coro donde debíamos entonar la misma nota. Y algunos se limitaron a mover los labios para fingir que participaban de ese canto. Disentir se convirtió en traición. La moral se volvió fachada. La ética se llenó de oportunismos.

Guardar silencio fue la consigna para “no darle armas al enemigo”. La franqueza se limitó al “momento y el lugar”, siguiendo los “canales establecidos”. Decir la verdad fue sinónimo de “hablar mierda”. Y todas nuestras madres nos conminaron alguna vez a “bajar la voz” para no ser escuchados por los vecinos. La mentira creció como un tumor en el cuerpo de la nación. Y era cuestión de tiempo que hiciera metástasis.

Hoy, todavía, no hemos sido capaces de reconocer nuestras culpas, de admitir los errores estratégicos que nos colocaron en la actual situación. Seguimos padeciendo un empacho de soberbia y triunfalismo. Continuamos mirando alrededor nuestro con presbicia política. Por eso es tan difícil comprender el término “continuidad”. ¿Continuidad de qué? Por eso resulta tan complejo “destrabar las trabas”. Pero, también por eso mismo, es imprescindible re-aprender a ejercitar la honestidad. No la verdad a medias que solo se apoya en nuestro lado de la mesa, sino la verdad toda, que aunque hiera y duela, aunque sangre, es la única manera de ser libres, parafraseando a Cristo.

Yunior García Aguilera / Foto: Cortesía entrevistado

Has dicho que “La Cultura cubana es una sola”. ¿Consideras que la dirigencia ideológica planea cambiar el modo de clasificar a otrora traidores a la revolución, pienso en Reinaldo Arenas y Celia Cruz, visto que la UNEAC y algunos medios que presumen de autónomos, les han incluido -post mortem- en dosieres y ensayos?

Cuba no es un monolito, aunque algunos aspiren a que lo sea. Somos un archipiélago diverso. Incluso en el poder, aunque no lo admitan, hay subgrupos peleando por un fragmento del trono, por una esquinita de influencia. Entre ellos no faltan los impostores más experimentados. Los que presumen de militar en una izquierda tan radical, que en el círculo cerrado de la politiquería, se confunden con la ultraderecha.

En ese grupo rancio no faltan los trepadores, los acomplejados, los que se desvelan por sentirse importantes en algún ministerio. Algunos tienen dibujada en la cara la mueca evidente del oportunismo, y padecen un déficit crónico de luz. Por eso, como era de esperar, han regresado los insultos, los epítetos y las descalificaciones. No tienen otra forma de defender sus posturas.

En las redes sociales es un hecho la presencia de un ejército de ciberclarias sin criterio propio, fabricadas de manera industrial por una maquinaria que desconoce el significado de la palabra sutileza. Se sabe que a los funcionarios, que son miles, les asignan teléfonos “petroleros” con varios gigas para que estén presentes en la redes y reproduzcan contenido “favorable”. Se conoce que cada cierto tiempo se les cuestiona su “combatividad” en el ciberespacio. No soy ingenuo, no ignoro que el bando opuesto hace lo mismo. Pero eso no reduce la nausea que provoca tanta falsedad pagada con nuestro escaso presupuesto.

También se extienden tentáculos sobre otras latitudes. En muchas partes, Cuba sigue siendo un faro, un símbolo de resistencia. Pero, más allá de las pasiones irracionales que Cuba despierte, es necesario admitir que nuestro modelo no funciona. Tal como lo admitió Fidel Castro años atrás y aquello levantó ronchas entre seguidores. Y es preciso admitirlo, no solo por una cuestión de principios, sino también porque estaríamos paralizando otros caminos, otras búsquedas legítimas para alcanzar una verdadera justicia social. Estaríamos contaminando otras experiencias con nuestros vicios y nuestras viejas técnicas de adoctrinamiento, aprehendidas de la KGB.

En la otra orilla, desdichadamente, el panorama tampoco muestra demasiadas luces. El odio ha engordado demasiado y ahora es obeso. La rabia y el resentimiento se desbordan en gritos y campañas divisionistas. Es irónico que se escape del fanatismo insular para acabar defendiendo tanta intolerancia. Es absurdo que algunos arriesgaran sus vidas en busca de libertad para acabar deseando rejas, muros y bloqueos para su propia gente. El daño antropológico es bastante agudo, en las dos orillas.

Es irónico que se escape del fanatismo insular para acabar defendiendo tanta intolerancia. Es absurdo que algunos arriesgaran sus vidas en busca de libertad para acabar deseando rejas, muros y bloqueos para su propia gente. El daño antropológico es bastante agudo, en las dos orillas.

Sin embargo, soy optimista. Hay también un número creciente de nombres con rostro propio defendiendo las aperturas, el civismo, los consensos. Cada vez es mayor el debate en una red que, por más que intenten controlar, se les va de las manos. Nuestra Glásnost ya comenzó, aunque el NTV y el Granma y la Mesa Redonda, esos puntales, no se hayan enterado. Y aunque algún distinguido profesor de historia refute mi criterio, yo no creo que aquella “transparencia” destruyera a la URSS, lo que acabó con aquel espejismo llamado Unión Soviética, fue construirlo sobre una montaña de mentiras.

Tu postura respecto a los sectores sociales frágiles, marginados y las minorías, son también un llamado al “extraviado decoro de la nación” que se formó bajo ideales “revolucionarios”. ¿Cómo, cuando y porqué se esfumó la revolución cubana?

La revolución murió en cuanto dejó de ser un “proceso” para convertirse en una “cosa”. Y la única manera de resucitarla, si fuera posible ese milagro, sería re-aprendiendo a ser honestos.

El mejor futuro para Cuba, de cualquier forma, no se basa en cuál grupo tiene la razón. Nuestra historia no puede ser un ciclo eterno de linchamientos. Yo estoy convencido de que el mejor camino para transformarnos en el país que soñó Martí, se basa en la Cultura. Y eso dista mucho de la terquedad, el embrutecimiento y la mediocridad que hoy nos consumen. Un país de artistas libres aprende a discutir los temas más polémicos con altura poética y humana.

Un país sin barreras para el arte sabe dirimir sus diferencias armónicamente. Un país multicolor comprende que la Unidad no es ni puede ser excluyente. Yo creo en que ese Cambio que necesitamos con urgencia nos llegará muy pronto. El arte, tal vez, no pueda cambiar el mundo, pero puede sacudir a una persona. ¡Con eso basta!

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Pedro M. González Reinoso

(Caibarién, 1959). Promotor cultural independiente. Periodista y escritor, actor y transformista que se mete en la piel de Roxy Rojo.

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