Miembros del movimiento San Isidro, popular barrio de La Habana Foto © CiberCuba

Tardocastrismo se atrinchera ante la llegada del Día Cero y probable efecto Biden

El gobierno cubano se ha atrincherado ante la inminencia del Día Cero, que fijará nuevos salarios, jubilaciones y tasa de cambio del peso frente y al dólar; y la posible llegada de Joe Biden a la Casa Blanca, con una ofensiva contra opositores, activistas y periodistas, la designación de reformistas autorizados que serán premiados con viajes al extranjeros, gasolina y megas; pero el miedo del tardocastrismo y el hartazgo ciudadano generan un escenario explosivo a corto y mediano plazos.

La Habana sabe que Biden tiene memoria de los agravios sufridos y que se amargó con los insensatos ataques sónicos, que costarán carísimos a la torpe nomenklatura castrista que. mordiendo la mano tendida de Obama, desaprovechó una oportunidad histórica para sacar a Cuba del subdesarrollo comunista.

La cúpula comunista y la casta verde oliva acusan el peso del desprestigio y carencia de legitimidad, como demostró la reacción popular a la penúltima ocurrencia del presidente Díaz-Canel hablando de sacrificios en twitter; y -como ocurre en familias con madres y padres mermados de autoridad- que cada vez debe gritar más para espantar su temor e intentar acallar la discrepancia.

Ahora mismo, el Movimiento San Isidro protagoniza una huelga de hambre en La Habana, exigiendo la eliminación de la venta de comida, artículos de higiene y medicinas en dólares norteamericanos, un dolor de cabeza para el gobierno en vísperas de Navidad y con el coronavirus rebrotando con fuerza en diferentes zonas de Cuba.

Casi 62 años después del triunfo de la revolución antiimperialista yanqui, los continuadores del experimento tienen que aferrarse al dólar norteamericano como tabla de salvación, reivindicar las remesas de la solidaria y maltratada emigración y revertir parcialmente la ofensiva revolucionaria que, en 1968, extirpó el guarapo, la tacita de café, la frita, el pan con timba y la limonada frappé de las cafeterías de barrio, muchas de ellas reconvertidas en alojamientos de urgencia para familias que perdieron sus casas por el general deterioro que asola a Cuba.

La ofensiva tardocastrista contra opositores, activistas y periodistas independientes pretende aprovechar el impase creado por el recuento de votos en Estados Unidos; como hizo Fidel Castro Ruz durante la Primavera negra de 2003, cuando arrestó a 75 cubanos opositores, creyendo que el mundo democrático estaba concentrado en la invasión norteamericana a Iraq y no condenaría el atropello.

Opositores internos y emigrados tienen una oportunidad de plantar cara al tardocastrismo con una apuesta política que ofrezca a alternativas democráticas, estableciendo que el conflicto real ocurre entre gobernantes y gobernados cubanos y no con Estados Unidos; como pretenderán machacar los reformistas designados oficialmente para seguir agitando la baba sin quimbombó y premiados con viajes a la yuma, gasolina y megas.

La coyuntura cubana se antoja política porque el castrismo sueña con neutralizar a reformistas y opositores moderados, avivar a los más radicales para intentar justificar su propia radicalidad y ocupar y entretener a los mansos del reformismo patrio con la articulación de un discurso teórico que dibuje el escenario de unos buenos muchachos deseosos de cambiar todo lo que deba ser cambiado, pero impedidos por los malos.

Con su ofensiva represiva, el tardocastrismo pretende entretener a la oposición en la irrenunciable solidaridad entre luchadores democráticos e impedir que sus propuestas sobre pobreza y desigualdad, vivienda, agua potable, libertades políticas y económicas sean silenciadas con el barullo totalitario.

Los cubanos, aunque no lo digan en voz alta, están hartos del discurso oficial y respetan la valentía cívica de los opositores, activistas y periodistas independientes; pero muchos desconocen el contenido de sus agendas políticas con propuestas de reforma y mejora de Cuba; ya no se trata de gritar ¡Abajo Díaz-Canel!, sino de decir a los ciudadanos cómo resolverían los graves problemas de la nación, para revertir el liberticidio y la pobreza castristas.

Un análisis de contenidos de la comunicación tardocastrista revela el abuso de la pantalla de plasma (resúmenes televisados de inútiles reuniones en salones refrigerados y asientos mullidos) y el twitter presidencial que Díaz-Canel maneja con idéntica torpeza a la de Trump y reiteración de sogas en casas de los ahorcados, en ese afán de supuesta modernidad de los pobres hartos de pan.

El pánico que sintió Raúl Castro Ruz ante la Primavera árabe y el asesinato de Muamar el Gadafi sigue rondando el Palacio de la Revolución y aledaños, que no han podido reprimir su torpe e infundada alegría con la probable derrota electoral de Donald Trump, como si el destino de Cuba se decidiera en el Despacho Oval; menos mal que la revolución iba a superar la dependencia neocolonial y el entreguismo al Tío Sam y ha acabado buscando el dólar yanqui como moneda de salvación y esperando las señas de la Casa Blanca.

Menuda tarea para académicos y meditabundos agazapados en la Pasiflora y el Cundeamor y ya mirando el calendario de eventos 2021 en Estados Unidos y Europa, adonde pretenden viajar ávidos de café, cerveza y pan con bistec; mientras aseguran -ante impávidos auditorios y espoleados por compinches de fechoría que viven en libertad a salvo de la OFICODA y como lobbystas de la dictadura verde oliva- de que todo va a cambiar en Cuba... a peor.

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Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.

Carlos Cabrera Perez

Periodista de CiberCuba. Ha trabajado en Granma Internacional, Prensa Latina, Corresponsalías agencias IPS y EFE en La Habana. Director Tierras del Duero y Sierra Madrileña en España.

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