Esteban Lazo, en una imagen de archivo. Foto © Cubadebate

Los abuelos del Partido Comunista: ¿Por qué tanto odio?

El presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular, Esteban Lazo, tuvo la desfachatez de citar hace unos días en el seno del Parlamento de todos los cubanos, una frase de Fidel Castro incitando a ser intolerantes con "la gusanera",  una redefinición tercermundista y reaccionaria de la diversidad de pensamiento. 

Conocemos de sobra lo mucho que le gusta a los comunistas cubanos redefinir la realidad. A las tiendas en dólares americanos prefieren llamarlas tiendas "MLC", digo yo que para no herir susceptibilidades entre los suyos. Esto a quien más hunde en la miseria es a los cubanos que creyeron en la 'revolución', a los que no se fueron y no tienen familia en el extranjero.

Ahí tienen la recompensa a su fidelidad. Ahora les obligan a tragar con esa frase contundente de Díaz-Canel asumiendo que las tiendas MLC son cuestionadas, pero "imprescindibles para incentivar remesas".

A partir de enero los incondicionales del Partido Comunista tendrán lo que el Gobierno llama con sorna "redistribución diferente" de los recursos. O sea, subidas de precios y fin de subsidios y gratuidades, a estas alturas de pobreza extrema, dicen ellos que "indebidas".

Pero también tendrán que aguantar que Díaz-Canel llame a la crisis económica que está viviendo hoy el país "momento preñado de urgencias" o "condiciones excepcionales", retando al más bestia de los eufemismos revolucionarios: llamar Período Especial a la mayor debacle económica de los últimos 60 años en nuestro país.

A los incondicionales, más que a ningún otro cubano, humilla el CIMEX cuando anima a esquilmar a la 'gusanera' para que pague una cena de fin de año en la Plaza de la Catedral, que el obrero comunista no se puede permitir porque desgraciadamente su trabajo no le alcanza para comer en casa, mucho menos para hacerlo en ese entorno único de La Habana. 

Es esa gusanera, a la que Lazo no quiere tolerar, a la que el Gobierno cubano quiere desvalijar ahora con la subida de precios que empezó en noviembre y continuará a partir de enero. A los cuadros del PCC no les ha dado vergüenza decirlo abiertamente en la televisión pública: las tiendas en dólares están pensadas para despalillar a los cubanos del exilio.

Quieren que los cubanos de fuera, a los que les cobran impuestos revolucionarios por el pasaporte, a los que se les humilla en los aeropuertos al llegar a Cuba y a los que se les impide votar en las elecciones de su país, financien un Gobierno que no está dispuesto, desde las instituciones públicas, a hacer gestos que animen a pensar que una Cuba sin odio es posible.

Es penoso ver a Díaz-Canel leyendo en tarjetones que el 1 de enero empieza la unificación monetaria. ¿De verdad era tan difícil decirlo de viva voz, mirando a los ojos del pueblo al que dicen representar?

Pero más penoso es comprobar la incapacidad de Esteban Lazo para leer con fluidez y la unanimidad de los palmeros que aplaudieron a rabiar su llamamiento a no tolerar a la gusanera. Eso lo hace Víktor Orbán en Hungría y se arriesga a quedarse sin dinero público europeo. 

En cambio lo hace Cuba, desde su Parlamento, y mantiene un sillón en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU. Esa degeneración de Naciones Unidas la está dinamitando por dentro. ¿Dónde está Michelle Bachelet que no ve estas cosas?

Vemos, con muchísima pena, un retroceso terrible en el discurso oficial cubano. No han entendido que a estas alturas todos sabemos lo que es la guerra y lo que no queremos para Cuba. Incendiar los ánimos desde las instituciones públicas y los medios de comunicación estatales no ayuda a caminar hacia un país inclusivo, en el que tengan cabida todos.

¿Por qué si dicen ser mayoría, temen tanto a las minorías? Porque saben que las minorías de hoy serán las mayorías del futuro. Saben que su discurso no se sostiene si no es a golpe de garrote. No se pueden tapar eternamente las injusticias con pancartas.

¿Qué hay de malo en disentir? Los cubanos nos pasamos el día entero llevándole la contraria al otro, pero no podemos contrariar a los abuelos del Partido Comunista porque corremos el riesgo de comprometer la tranquilidad nuestra y de tres generaciones para atrás y para adelante. ¿De verdad esto tiene futuro?

En lugar de vender tanto odio, céntrense en arreglar la economía, con ese proceso que no se ha hecho en ninguna otra parte del mundo y con el que seguramente harán historia.

Saben perfectamente que nos deben la dimisión del creador del CUC, que nos ha traído hasta aquí. Nos deben también la dimisión de quienes han hundido nuestra economía con los precios topados que han desincentivado la producción. Nos deben la destitución de quienes quieren hundir a los emprendedores con la subida de la tarifa eléctrica que ataca la rentabilidad de una peluquería o una pizzería.

Nos deben disculpas por ningunear a la iniciativa privada robándoles, incluso, el derecho a llamarse por su nombre. Para los abuelos del PCC son sector no estatal. Es la negación de la realidad llevada al absurdo.

Fíjense que no queremos que fusilen a los responsables de que la industria azucarera se haya hundido en Cuba; de que tengamos que importar alimentos como si viviéramos en mitad del desierto y no en una Isla de tierras fértiles. No queremos más odio.

No estamos pidiendo paredón para quienes no han tenido la agudeza de potenciar la industria pesquera o de quienes invierten más en ladrillo que en salud pública. Sólo les pedimos que dimitan. Háganlo ya, abuelos. Háganlo por Cuba. Su tiempo ya pasó. Asuman que lo intentaron y no lo consiguieron. Ustedes son incapaces de sumar. Apestan a odio. Hagan el favor de apartarse. 

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Tania Costa

(La Habana, 1973) vive en España. Ha dirigido el periódico español El Faro de Melilla y FaroTV Melilla. Fue jefa de la edición murciana de 20 minutos y asesora de Comunicación de la Vicepresidencia del Gobierno de Murcia (España)

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