La hora de la Sociedad Civil

Neutralizadas las fuerzas de oposición política por la represión, la cooptación o el exilio, Caracas, La Habana y Managua apuntan a destruir las bases mismas de la autorganización y autonomía civil

Jóvenes cubanos que acudieron al MINCULT Foto © Facebook / 27N

En los foros internacionales, programas de televisión y eventos políticos, alguien habla siempre de la Sociedad Civil. Cada día se la nombra como un símbolo de conciencia ciudadana, de un activismo necesario para cambiar la realidad. Otros la atacan, desde el poder, como supuesta pantalla de intereses espurios, extranjeros y subversivos. Pero la Sociedad Civil es, en realidad, algo más complejo que esas visiones sesgadas. Algo que debería formar parte de nuestra cotidianeidad y preocupaciones. Sin la cual la democracia no tendría sustento ni futuro. En cuya ausencia el autoritarismo se perpetúa.

La Sociedad Civil se conforma por diversas organizaciones, grupos y movimientos -no partidistas ni empresariales- donde las personas se asocian a partir de intereses comunes. Surge, en buena medida, producto de la necesidad que tienen los ciudadanos de reaccionar ante procesos que, nacidos en los espacios políticos y económicos, impactan sus vidas cotidianas, sus derechos y sus intereses. En el seno de la Sociedad Civil, se encuentran disímiles actores que comienzan a reconocerse desde su diversidad de procedencia e intereses para enfrentar aquello que les afecta y preocupa

La Sociedad Civil resulta un espacio social plural, caracterizado por la organización de ciudadanos, a partir de lógicas de autonomía, solidaridad y representación de identidades particulares. Buscando impulsar demandas colectivas, resolver problemas comunitarios e incidir en lo público. Una Sociedad Civil fuerte y protagónica es imprescindible para la salud democrática de un país y la salud psicológica y moral de su gente. Pues propicia grados de participación importantes y genera retroalimentación entre la sociedad y el Gobierno. 

Pero bajo la actual pandemia de COVID19, realidad terrible, la emergencia sanitaria se ha convertido en pretexto para restringir los derechos de organización, expresión y manifestación que definen a la Sociedad Civil. Organizaciones prestigiosas como Amnistía Internacional, la alianza CIVICUS y el International Center For Not-For Profit Law han documentado la existencia de protocolos para ejercer, responsablemente, dichas libertades. Pero los Estados siguen reprimiendo, invocando la pandemia, sin respeto a la razón y el derecho.

En Latinoamérica, 2021 ha iniciado con una ofensiva general de gobiernos “neoliberales” y “progresistas” contra la sociedad civil. En países con mandatarios a la derecha del espectro ideológico, los periodistas, defensores de migrantes y luchadores por los Derechos Humanos están bajo fuerte riesgo y asedio. Los casos de Brasil, Honduras y Colombia, en ese sentido, son reveladores. En Brasil siguen asesinando ambientalistas que luchan por la Amazonia. En Honduras, reprimen el derecho de las mujeres a decidir sobre su maternidad, estigmatizando a las feministas. En Colombia las organizaciones afrodescendientes denuncian ser víctimas de paramilitares y grupos armados. 

En los regímenes de izquierda autoritaria, las cosas van peor. Neutralizadas las fuerzas de oposición política por la represión, la cooptación o el exilio, Caracas, La Habana y Managua apuntan a destruir las bases mismas de la autorganización y autonomía civil. No importa si son grupos de reivindicación de identidades sociales específicas, colectivos de Derechos Humanos u organizaciones asistenciales de anclaje comunitario. En Cuba se amplía la campaña contra los artistas del movimiento 27N. En Nicaragua se criminaliza el apoyo internacional a las ONGs. En Venezuela se apresan activistas que repartían alimentos y medicinas en zonas pobres. 

Bajo los gobiernos autoritarios, la organización autónoma de ciudadanos y la solidaridad hacia ellos se convierten en obsesión gubernamental. Como demostraron la historiadora Anne Applebaum y la filósofa Hanna Arendt la ruta hacia el control total de una sociedad no supone el dominio permanente de cada espacio de poder, comunicación y producción. Pero sí implica la neutralización de aquellos lugares donde la gente se encuentra, por voluntad propia, mediante lenguajes y acciones independientes -aunque no siempre opuestos- al Estado. Porque únicamente mediante la imposición oficial, a todas las personas, de un único lenguaje, verdad, ley y actitud puede la sociedad ser amaestrada. Con lo que desaparece cualquier vida civil. 

La disputa por la Sociedad Civil pasa por la defensa misma de un lenguaje para describir las injusticias vividas y denunciar al poder opresor. Vaclav Havel, en su libro “El poder de los sin poder” recordó el valor de vivir en la verdad, como cimiento psicológico y cívico de personas y sociedades libres. “No es necesario -escribió en su obra al analizar la mentira oficial del Partido Comunista- que los individuos crean todas estas mistificaciones, pero sí deben comportarse como si las creyeran, o al menos deben tolerarlas en silencio, o seguirles el juego a los que lo hacen. Es por esta razón que deben, sin embargo, vivir en la mentira. No es necesario que acepten la mentira. Es suficiente que acepten su propia vida con la mentira y en la mentira. Por este mismo hecho es que los individuos confirman el sistema, completan el sistema, constituyen el sistema y son el sistema”.

Como ha señalado recientemente el especialista Alberto Olvera (La pandemia, el populismo y los nuevos retos de la sociedad civil) en un análisis pensado desde la realidad mexicana pero con extraordinaria validez para numerosos países, la crisis actual obliga a las organizaciones de la Sociedad Civil a repensar su papel. A redefinir los objetivos y las  estrategias por seguir en contextos políticos y sociales que han cambiado radicalmente. Las prioridades de la solidaridad ciudadana se concentran, en muchas partes, hoy en el apoyo a las poblaciones vulnerables, para que puedan garantizar su alimentación, acceder a servicios médicos y proteger la integridad personal de las personas expuestas a un mayor grado de violencia intrafamiliar. Pero esas urgencias van de la mano con nuevas demandas de auto-organización popular, en entornos urbanos y rurales. Y son enfrentadas por gobiernos interesados en cooptar o someter esa autonomía y reclamo de la gente. 

Como indica el experto, la Sociedad Civil enfrenta un reto doble. La emergencia humanitaria, derivada de la pandemia, afecta la agenda específica de sus organizaciones, centrada en la defensa y promoción de los derechos y la atención a grupos sociales vulnerables de la población. Pero además, la coyuntura política obliga a luchar por el reconocimiento de su status, su autonomía y defenderse de los intentos de control político de los distintos gobiernos. Al luchar por su propio espacio, las organizaciones de la Sociedad Civil contribuyen a la democratización del país. 

En la coyuntura actual de pandemia, polarización política y crisis económica, las organizaciones de la Sociedad Civil, con independencia de su agenda, desarrollo y origen, tendrán que asumir nuevos retos. En gobiernos democráticos, deberán contribuir a la democratización de la propia Sociedad Civil, defender las instituciones existentes y mantener la lucha por los derechos humanos, en especial de los grupos vulnerables. Reuniendo los esfuerzos de diversos y nuevos movimientos populares y organizaciones civiles ya consolidadas, para conseguir en una sociedad más justa y democrática. En entornos autoritarios, tienen que sostener la lucha por abrir un espacio cívico cada vez más amenazado. En todos los casos, en medio de un mundo que se agita entre pandemia, pobreza, populismos y tiranías, es activarse por un futuro digno para tod@s. Es la hora de la Sociedad Civil.

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Armando Chaguaceda

(La Habana, 1975) Politólogo e historiador Especializado en el estudio de los procesos de democratización y 'autocratización' en Latinoamérica y Rusia.

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