Jirones de Girón: Las primeras horas del desembarco

Se iniciaba así uno de los episodios bélicos más cruentos y definitorios del diferendo entre Cuba y Estados Unidos, con los exiliados cubanos como protagonistas determinados a cambiar la historia.

60 Aniversario del desembarco de la Brigada 2506 Foto © CiberCuba

El domingo 16 de abril de 1961, a las 11:45 de la noche, el jefe de los milicianos en Playa Girón, Mariano Mustelier, observa unos destellos en el mar que atribuye a pescadores extraviados y ordena a su chofer apagar y encender las luces del jeep para guiarlos. Eduardo Zayas-Bazán, hombre-rana de la Brigada de Asalto 2506, responde al parpadeo con la ráfaga que inicia los combates en Bahía de Cochinos.

Mustelier sale espantado gritando: “Llegaron los americanos”. Herido en el rostro por los cristales del parabrisas, el chofer se escurre sangrando hasta una zanja.

Se iniciaba así uno de los episodios bélicos más cruentos y definitorios del diferendo entre Cuba y Estados Unidos, con los exiliados cubanos como protagonistas determinados a cambiar la historia. Un hito que ahora cumple 60 años.

Al enterarse del desembarco, Fidel Castro llama por teléfono al capitán José Ramón “El Gallego” Fernández Álvarez, director de la Escuela de Cadetes de Managua, para darle una orden definitoria de la batalla de Girón: que parta de inmediato hacia la Escuela de Responsables de Milicias (ERM) en Matanzas, asuma el mando del batallón acuartelado allí y avance hasta Pálpite.

Un miliciano de la tercera compañía de aquel batallón, apodado también “El Gallego”, contaría el lunes 24 de abril en carta a su esposa: “Nos levantaron por alarma de combate como a las dos de la madrugada. Partimos como a las seis de la mañana en camiones [y llegamos] al central Australia como a las diez; seguimos en los camiones por la carretera hasta un lugar llamado Pálpite y de allí en adelante a pie”. Por no guardar intención alguna de ser publicada, esta carta se apega más a la verdad que ciertas páginas mediáticas.

El otro “Gallego” no atinaba a encontrar Pálpite en el mapa, pero el batallón ocupó por fin al caserío. En Bay of Pigs. The Untold Story [Simon and Schuster, 1979], el periodista estadounidense Peter Wyden subraya que al recibir el parte Castro profirió: “¡Ya ganamos la guerra! Si no se dieron cuenta de que tenían que defender a Palpite están perdidos” (p. 257). Un vistazo al mapa confirma que desde allí se controlaba la única carretera de acceso al interior de la Isla desde Playa Larga y la Brigada 2506 quedaba acorralada entre la ciénaga y el mar con el bloqueo más fácil de las salidas hacia Yaguaramas y Covadonga.

Los jefes de la brigada sí se dieron cuenta de la posición estratégica de Pálpite. La misión de tomarlo se asignó a la compañía A de paracaidistas, al mando de Tomás Cruz, pero sus efectivos descendieron a unas dos millas —poco más de tres kilómetros— al este del caserío.

Cruz contaría después al reportero John Dille: “No sabíamos dónde estábamos [y] la brújula no funcionaba muy bien. Ni siquiera pudimos encontrar los suministros lanzados con antelación. Los milicianos abrieron fuego y tuvimos que gastar muchas balas. Así que decidí que lo mejor era ir a la playa a reabastecernos de parque y tratar de regresar enseguida a la carretera” [“With a Quiet Curse It All Began”, Life, 10 de mayo de 1963, p. 33].

Embullo mortal

El “Gallego” de la carta sigue contando a su esposa: “A eso de las seis de la tarde, ya oscureciendo, llegó el capitán Fernández Álvarez, director de la Escuela [de Cadetes], y llamó al teniente [Juan Alberto] Díaz, jefe de mi compañía, y le dijo que teníamos que avanzar hasta hacer contacto con el enemigo y desalojarlo de Playa Larga. Así lo hicimos y comenzamos a avanzar por ambos lados de la carretera con la compañía 4 detrás, mientras nuestra artillería cañoneaba. Como a las once de la noche llegaron los tanques y empezamos a avanzar. Ahí fue donde ardió Troya. Esa gente nos echaron con todo lo que tenían [y] averiaron o destruyeron dos tanques; cayeron muchos compañeros, [entre ellos] el teniente Díaz, que era nuestro jefe y profesor”.

El otro “Gallego” refiere algo muy distinto en la entrevista titulada “Cualquier mártir es más héroe que los que estamos vivos”: “Fidel me manda a tomar Playa Larga. Hacia allí mandamos a la Escuela de Milicias, sin cañones, sin tanques, ni aviones. La aviación del enemigo la atacó y causó 21 muertos y más de cincuenta heridos, cifra considerable para el batallón”.

Así trataba Fernández de escamotear el hecho de que casi todas las bajas de la ERM fueron causadas por su orden disparatada de avanzar al descubierto, sin efectiva preparación artillera, contra las posiciones del segundo batallón de la Brigada 2506 atrincherado a la entrada de Playa Larga.

El “Gallego” de la carta dejó incluso constancia del impacto de la aviación en el batallón de la ERM: “Se nos aparecieron dos aviones B-26 pintados igual que los nuestros y la cosa duró como media hora. Por la tarde nos atacaron dos veces más. Murió un teniente de milicias [Claudio Argüelles], un alumno [¿Ignacio Rolando?] y otro [¿Giraldo Díaz?] que falleció posteriormente de las heridas”.

La tercera compañía encabezó el avance irracional hacia Playa Larga y sumó 13 de los 22 muertos que tuvo la ERM, sin contar al teniente Díaz, reportado como baja del Ejército Rebelde. Al conversar el 25 de abril de 2011 con el coronel retirado Nelson González, jefe de plantilla del batallón de la ERM en 1961, Castro confesó: “Nos dejamos llevar por el entusiasmo, (…) era suicida”.

Pasajes después de la batalla

El miércoles 19 de abril de 1961 se atraviesa en la vida de Eduardo Zayas-Bazán con el balazo en una pierna. Al ser conducido prisionero en un Buick 1956, el chofer sintoniza Radio Swan y este hombre-rana escucha que su brigada sumaba victoria tras victoria. Hasta Che Guevara sale a relucir entre las bajas del enemigo.

Zayas-Bazán sería uno de los 60 heridos liberados el 14 de abril de 1962 como anticipo del canje de brigadistas prisioneros de Castro por alimentos y medicinas de Estados Unidos. Al regreso forjó una exitosa carrera académica en la enseñanza de idiomas, y el tiempo pasó y pasó hasta que, a mediados de octubre de 2009, recibió un correo electrónico de Sheila Betts, quien buscaba ponerlo al habla con su tío Valerio Rodríguez, oriundo de Güira de Melena y residente en Los Ángeles, California.

Era una reveladora pincelada histórica. El comienzo de las hostilidades en Girón había involucrado a dos miembros de la familia cubana luchando en bandos opuestos. Algo que parece una constante en el prolongado itinerario de la nación.

Los pequeños barcos de pesca del padre de Valerio había sido expropiados durante la Ofensiva Revolucionaria de 1968; al año siguiente, Valerio intentó irse de Cuba, pero cayó preso y pasó tres meses en Villa Marista. Al cabo de una década pudo entrar en Estados Unidos, gracias al éxodo del Mariel.

A los 15 años, Valerio había tenido que irse de su pueblo natal a alfabetizar. Como sabía manejar, el jefe de las milicias en el lugar de destino le propuso conducir su jeep de vez en cuando por las noches. Valerio aceptó porque así mataba el aburrimiento en Playa Girón.

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Arnaldo M. Fernández

Abogado y periodista cubano. Miembro del grupo Cuba Demanda en Miami.

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