Los algorítmicos

Los algorítmicos caminan por el pueblo y no ven las casas. Andan por Cuba con vendas autoimpuestas que les cubren los ojos y les impiden apreciar las bodegas vacías de alimentos, las colas, el transporte que no llega, la miseria, la sanidad que se fue a bolina, las viviendas indignas...

De izquierda a derecha: Israel Rojas, Iroel Sánchez y Arnaldo Rodríguez Foto © Collage Facebook/Yin Pedraza Ginori

Ante el desafío enorme que representa que millones de cubanos tienen en la mano un teléfono móvil y se pueden enterar de lo que pasa por medios alternativos, ante la pérdida del control hegemónico de la información que los que mandan en Cuba mantuvieron durante décadas, esos generales y coroneles que la opinión pública no identifica porque andan por las catacumbas del poder, se han visto obligados a librar una guerra cuyas batallas pierden día sí y día también.

Como ninguna personalidad de mente brillante, buen polemista y de prestigio intelectual, se presta para que lo cojan para el trajín de confrontar con mentiras la cruda verdad del día a día en la isla, el alto mando a cargo de la ideología y la propaganda ha tenido que echar mano de lo que hay en la finca.

¿Y qué es lo que hay? Poco y malo, la verdad, pura virulilla. Aquí les muestro a un grupo de ellos. Porque usan a menudo la palabra algoritmo (dudo que sepan a ciencia cierta lo que es), me he tomado la licencia de denominarlos “los algorítmicos”.

Los algorítmicos caminan por el pueblo y no ven las casas. Andan por Cuba con vendas autoimpuestas que les cubren los ojos y les impiden apreciar las bodegas vacías de alimentos, las colas, el transporte que no llega, la miseria, la sanidad que se fue a bolina, las viviendas indignas, la opresión, las familias rotas, la suciedad y el desamparo, el ambiente marginal que se ha vuelto general, la ineficiencia de los burócratas y el justo encabronamiento de sus compatriotas por el salario que no les alcanza y los dólares que no tienen.

Un algorítmico lleva tapones en sus oídos para no escuchar el clamor popular y desgarrado, que ahora es “¡Patria y Vida!” en lugar del obsoleto “¡Patria o Muerte!”.

Para los algorítmicos no hay represión, ni violencia policial, ni arbitrarias reclusiones domiciliarias, ni juicios amañados. Para ellos, los opositores son unos amargados esbirros del imperialismo y todos los que señalamos en redes sociales lo jodido que está aquello y la necesidad de abrir otros horizontes, somos asalariados de la CIA con los ojos inyectados de odio y mala leche que cobramos por agitar el ambiente y meterle ideas malsanas al personal.

Mientras la terrible realidad de una dictadura estalla a su alrededor, los algorítmicos viven en una burbuja comunicológica, estudiando profundos libros de izquierdosos ensayistas extranjeros que desentrañan las esencias de la manipulación de masas que se ejerce en Internet por maléficas empresas multinacionales.

Pertrechados con esas teorías, seguros de sí mismos, los algorítmicos se dedican a lo suyo, que es acaballar con su teque petulante a los que nunca han leído a McLuhan y a Elisabeth Noelle-Neumann, advertirles a los ingenuos cubanitos de a pie de lo peligroso que puede ser entregarle nuestros datos a Facebook, asegurarles que Twitter es más malo que el coronavirus, prevenirles del terreno minado que es YouTube y señalarles el terrible efecto que provocan los bailecitos de Tik Tok en la corteza cerebral de los adolescentes de Caimito del Guayabal.

Un algorítmico típico se conoce a primera vista porque piensa que agitar una banderita pegada a un palito es un acto patriótico. Para él, lo más cubano que existe es embarrarse el cuerpo con un cocimiento de raíces de la identidad nacional.

Se aprende canciones solemnes con metáforas picúas, se siente martiano mientras se baña con un cubo y una lata, afirma que la cultura soberana incontaminada es un arma eficiente frente a los bárbaros que dirigen los tanques pensantes enemigos, aboga por el diálogo siempre que sea dentro del socialismo y se siente llamado por la Divina Providencia Fidelista a difundir el mito de la islita David sitiada por el Goliath malvado que es el único responsable, con su bloqueo cruel, de que la victoria, el progreso, la abundancia y la felicidad no acaben de llegar y, lo que es peor, ni siquiera se les espere.

A los algorítmicos no les preocupa que los demás les vean como lo que son: unos títeres. Ellos han asumido que su papel es endulzar el discurso de los de arriba, de los que viven muy bien en la sombra, sin dar la cara. Haciéndose los profundos, fingiéndose intelectuales, periodistas y académicos, los algorítmicos sienten que su misión es explicarles a las masas incultas, enajenadas por el reguetón, el wifi y los parientes de Miami, lo que hay oculto tras las webs de afuera, lo que hay de perverso en un capitalismo maquiavélico que acciona cada día para eliminar el maravilloso sistema social y político castrista que tanta gloria y bienestar les ha traído a los cubanos.

Los algorítmicos aparecen en televisión justificando lo injustificable, defendiendo lo indefendible, manchándose en público con el fango que producen a diario quienes tienen la sartén por el mango, residen en mansiones con piscinas, vacacionan en islas privadas o en el extranjero. Tienen su guanajita echada en bancos de paraísos fiscales y ya lo han preparado todo para irse al carajo con sus familias el día que se produzca el inevitable estallido de las masas.

Los algorítmicos están pa' eso, se prestan pa' eso. En un final, si los analizas en profundidad, son unos infelices tontos, unos pobres diablos que juegan en la quinta o sexta categoría del oficialismo, haciéndoles el trabajo sucio a los aprovechados e hijoeputas que juegan en primera, vacilan como millonarios y tienen a Cuba sumida en la podredumbre y la desesperación.

¿Tienen derecho los algorítmicos a comportarse como se comportan y a decir lo que dicen? Claro que sí. La libertad es un derecho que no debe negársele a nadie, ni siquiera a aquellos que se la niegan a los cubanos. Pero si de verdad desean servir a eso que siguen llamando revolución, deberían dejar tanta teoría de la comunicación y agarrar las herramientas de la práctica para ver si producen algo concreto que alivie el martirio de sobrevivir en Cuba hoy. Por ejemplo, no sería mala idea que se fueran una temporada al campo, a guataquear para poner una yuca en la mesa de cada cubano.

Señoras y señores, ante ustedes, con nombres, apellidos, ocupaciones y lugares de trabajo, unos cuantos algorítmicos de la dictadura. Por supuesto, estos no son los únicos que hay, estos solo son los catorce que aparecieron hace unos días dando muela bizca en el intragable documental “La dictadura del algoritmo”.

Allá ellos con sus conciencias.

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