Embargo norteamericano como baremo de cubanía

Si el gobierno cubano tuviera un ápice de decencia y un mínimo de compasión por su pueblo comenzaría por reconocer que su política de nacionalización fue un vulgar atraco a nacionales y extranjeros, y daría lugar a un proceso de negociación con propios y extraños para compensar en la medida de lo posible los daños causados y reparar el sinnúmero de consecuencias que se derivan del perverso acto de apropiarse de lo ajeno.

Portada del periódico Revolución anunciando las expropiaciones de 1960 Foto © ACN

El embargo comercial a Cuba es uno de los temas prioritarios en la estrategia publicitaria de los comunistas cubanos, que el próximo miércoles presentarán su informe anual sobre el tema en Naciones Unidas, pese a la derrota cosechada el 10 de junio en Bruselas.

La diplomacia del régimen llevaba meses presionando al Parlamento Europeo mediante sus afines en las izquierdas para conseguir en este foro una condena explícita a la sanción norteamericana, pero el 10 de junio, se derrumbaron las ilusiones de la tiranía con la dura declaración de condena sobre la situación política y de Derechos Humanos en Cuba que aprobó el Parlamento Europa.

Los europeos no secundaron en esta ocasión el argumentario de que el embargo es inmoral, criminal o ilegal, un mantra que no sólo es frecuente en los personeros del régimen y sus agentes de influencia sino que encuentra eco en personas e instituciones contrarias a la tiranía que asumen, como verdad incontestable, que el relajamiento del embargo o la eliminación del mismo contribuiría a una ruta para la libertad de Cuba.

Los cubanos a veces olvidamos que el recrudecimiento del embargo o la eliminación del mismo depende de dos actores sobre los que tenemos una limitada o mínima influencia, el Congreso de los Estados Unidos de América y la familia Castro-Espín-López-Calleja-Soto del Valle.

Los Estados Unidos no pueden renunciar a la compensación debida por unos negocios y propiedades que les fueron robados por el llamado gobierno revolucionario, es una cuestión de justicia y una cuestión de Estado, que con la firma del título III de la Ley Helms-Burton ha terminado por amparar a muchos demandantes de origen cubano que residen en USA.

Los intereses de la familia reinante siguen otra lógica, para ellos Cuba es un botín de guerra, una "guerra" sin batallas que libró sus mayores combates en las páginas de la revista Bohemia y el New York Times, dando a los triunfadores una patente de corzo que se ha prolongado por seis largas décadas y amenaza con no tener fin razonable.

No viene al caso relatar las calamidades del comunismo cubano en este artículo porque a estas alturas el que niegue lo evidente es un inmoral o un estúpido. Si el gobierno cubano tuviera un ápice de decencia y un mínimo de compasión por su pueblo comenzaría por reconocer que su política de nacionalización fue un vulgar atraco a nacionales y extranjeros, y daría lugar a un proceso de negociación con propios y extraños para compensar en la medida de lo posible los daños causados y reparar el sinnúmero de consecuencias que se derivan del perverso acto de apropiarse de lo ajeno.

Si alguien tiene en sus manos la eliminación del embargo a corto plazo es el gobierno de Díaz Canel. Lamentablemente los que gobiernan en Cuba carecen de cualquier empatía con la verdad y la justicia, un cambio de actitud implicaría renunciar al carácter totalitario, criminal y guaposo de la revolución castrista que, por el momento, consigue mayor rédito político el victimismo y la propaganda anti embargo, que algunos, en franco delirio propagandístico, llaman bloqueo.

La estrategia de Obama resultó en fracaso y la de Trump fue truncada por la derrota electoral, aunque todo parece indicar que la administración Biden va a conservar una buena parte de la misma. Hasta ahora, la realidad ha demostrado que es muy poco probable que se den las condiciones para eliminación del embargo, o que llegue a existir la voluntad política en el gobierno de los Estados Unidos para llevar esta herramienta al máximo de sus posibilidades.

En cualquier caso, el embargo a pesar de su innegable influencia en los destinos de la nación no debería definir de un modo taxativo las acciones de la oposición. Erigir su aceptación o rechazo en baremo de cubanía es un grave error.

En los próximos días, el embargo retomará su habitual protagonismo de momentos aciagos para la tiranía y en un momento de tanta gravedad deberíamos dejar de "aserrar alegremente nuestras reputaciones" y buscar en las discusión responsable el necesario consenso que la oposición necesita.

Prescindir en lo posible del adjetivo y el apasionamiento para dar lugar a lo sustantivo, a lo razonable, a lo justo y en todo momento a lo humanitario. Que no nos arrastre la marea maximalista que nos aleja de la posibilidad y el acuerdo, la maquinaria publicitaria de los comunistas cubanos ya está en marcha.

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Eduardo Mesa Valdés

La Habana 1969. Narrador y poeta. Miembro de la directiva de Cuba Humanista. Fundador de la revista Espacios. Coordinó la revista Justicia y Paz, y el boletín Aquí la Iglesia.

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