Un quinquenio sin Fidel Castro

Los actuales gobernantes cubanos no son políticos, sino burócratas criados y vigilados por Fidel y Raúl Castro.

Fidel Castro Ruz Foto © Claudia Daut

A un quinquenio de la muerte de Fidel Castro Ruz, Cuba vivió la primera sublevación popular con gritos de ¡Libertad!, que noqueó al gobierno, cerrado a la democratización y generando mayores cuotas de empobrecimiento y desigualdad y sosteniendo un discurso antiguo, mentiroso y maniqueo.

El cambio es el rasgo predominante en Cuba, cinco años después de incinerado el comandante en jefe, pero la libertad vive entre los cubanos aplastados por el gobierno, carente de valor para asumir en el ámbito oficial, la aspiración democrática que recorre pueblos y ciudades.

En la isla han cambiado los cubanos, no el poder; de ahí la resistencia baldía del gobierno con peticiones fiscales desmesuradas y no ajustadas a Derecho para los participantes en el 11J y el corre corre de Díaz-Canel repartiendo dádivas entre empobrecidos, a los que descubrió recientemente.

Muchos de los problemas actuales de Cuba, incluidos la grisura de su gobierno y el acusado desgaste del presidente Miguel Díaz-Canel obedecen a la testarudez de Fidel Castro, que usó reformas solo ante graves crisis y ejerció un hiperliderazgo totalitario, deviniendo en agricultor, pelotero, electricista, intelectual y meteorólogo en jefe, según las circunstancias.

Fidel Castro supo que el comunismo ya no funcionaba ni para Cuba, tras largos años usándolo como pancarta para no tener que someterse a elecciones libres y esconder su acendrado sentido jesuítico de la vida y la política que tantos quebrantos infligió a la nación.

Los actuales gobernantes cubanos no son políticos, sino burócratas criados y vigilados por Fidel y Raúl, con carencias culturales y humanistas importantes, incluido el conocimiento de la historia de Cuba; y alcanzaron sus actuales responsabilidades por obediencia ciega y lealtad constante a los hermanos Castro Ruz, por encima de consideraciones políticas y éticas.

La gran diferencia entre Fidel Castro y Díaz-Canel es que el primero no se creía el cuento del comunismo; mientras el segundo cree que la propiedad estatal sobre los medios de producción dará resultados algún día y carece del poder del fallecido mandatario para manejar la economía a su antojo, secuestrada por el general de división Luis Alberto Rodríguez López-Calleja y sus fieles, que responden a Raúl Castro, impulsor de un falansterio capitalista dentro de Cuba.

La destrucción del Partido Comunista en el octavo congreso, que entronizó a la casta verde oliva en su Buró Político, privó a Cuba de cuadros con experiencia en el manejo político, incluida la escenificación de diálogos con la sociedad, como ejercicios de cambios que nunca podían ser estructurales; suplantándolos con recién graduados de probada lealtad a la casta verde oliva y enguayaberada.

El actual gobierno cubano insiste inútil y machaconamente en dibujar un escenario de confrontación política con Estados Unidos, usando el embargo económico como pretexto para todos los males de Cuba que -desde el fin de la Guerra Fría- perdió valor geopolítico hasta la insignificancia en la que malvive ahora, acrecentada por el desprecio a Barack Obama.

A chupar de las remesas de la solidaria emigración cubana, promover oleadas migratorias aéreas, y parasitar el alquiler de sanitarios y otros profesionales a países extranjeros se reduce la estrategia gubernamental, tras el desastre turístico provocado por el ineficaz Manuel Marrero Cruz, absurdamente premiado con el cargo de primer ministro.

Tras enfermar de Secreto de estado, Fidel Castro vivió dos quinquenios más, amargando a su hermano y sucesor, con entrometimientos frecuentes en su gestión; pero al menos sabía lo que quería y cómo imponer su voluntad omnímoda durante mucho tiempo, incluidas concesiones pragmáticas que siempre justificaba y revertía en nombre de su revolución.

Díaz-Canel se equivoca pretendiendo imitarlo hasta en la delimitación de un complejo residencial cercano al Palacio de Convenciones, con visitas innecesarias a su tumba y la reiteración de un discurso agotado por el tiempo y la grave crisis de Cuba, que está peor que nunca, tras el ensayo de Socialismo próspero y sostenible anunciado en su toma de posesión.

Cuba es insostenible y no conoce la prosperidad, salvo en películas y relatos de emigrados; la cosecha de cuadros del castrismo, arrasada parcialmente por Raúl Castro y José Ramón Machado Ventura para no dejar fidelista vivo en la superestructura, excepto Ramiro Valdés; dibuja un escenario revelador y muy decadente.

Uno de los países de América Latina que más capital humano produjo en seis quinquenios, exilió, inxilió y relegó a los más capaces, aupando al poder representativo a un coro de mudos obedientes que saltan de improvisación en improvisación para conservar un carro, una casa, buenas parejas y mantenerse a salvo de la inclemente OFICODA y molestos apagones.

Fidel Castro se murió en su cama, abjurando de Obama y el comunismo; Díaz-Canel se suicidó el 11J, cuando ordenó una guerra civil entre cubanos, que nunca lo perdonarán y no olvidan que su desgracia empezó con quien lleva muerto un quinquenio, lo que dura una carrera universitaria, justo la mitad de unos Lineamientos que los empobrecidos rechazaron con contundencia en un abrir y cerrar de la Mesa Redonda.

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Carlos Cabrera Perez

Periodista de CiberCuba. Ha trabajado en Granma Internacional, Prensa Latina, Corresponsalías agencias IPS y EFE en La Habana. Director Tierras del Duero y Sierra Madrileña en España.

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