Crónicas del acuartelamiento en San Isidro. Miércoles 25 de noviembre

El 9 de noviembre de 2020 el rapero cubano Denis Solís fue detenido por la policía y, dos días después, sometido a juicio sumario y condenado a ocho meses de cárcel por el supuesto delito de desacato. Ello provocó la movilización del Movimiento San Isidro, al que el músico pertenece, para reclamar su liberación. El 16 de noviembre, varios de los integrantes de la organización y otros solidarizados con la causa se plantaron en su sede en Damas 955, en La Habana Vieja, y el 18 decidieron comenzar una huelga de hambre, algunos también de sed, para exigir la puesta en libertad de Solís. La activista y reportera de CiberCuba Iliana Hernández, una de las huelguistas, recuerda los hechos en sus "Crónicas del acuartelamiento en San Isidro".

Vigilancia a acuartelados en San Isidro. Noviembre 2020 Foto © CiberCuba / Iliana Hernández

Abro los ojos como cada mañana sin poder levantarme por la debilidad. Eran siete días que solo bebía agua sin ningún alimento sólido, mi delgadez era visible. Había bajado muchos kilos, cada vez que me pesaba había perdido casi un kilo: llegué a San Isidro con 65kg y salí con 58kg en ocho días y aún así la dictadura en la televisión cubana decía que no estábamos en huelga de hambre.

Luisma ya estaba bebiendo agua. Seguía llegando gente de visita, los del barrio que venían a ver a Luisma y familiares, entre los que estaban también los de Denis Solis que nunca dejaron de ir a darnos apoyo por lo que estábamos haciendo y siempre estuvieron de nuestro lado, incluso uno de los días el primo llegó para quedarse y le explicamos que lo mejor era lo que estaba haciendo él afuera, ya cada uno tenía un rol y cambiar las cosas era dejar algo a la deriva.

Con Anamely de huelga ya éramos Katherine Bisquet, Esteban Rodríguez, Maykel Castillo, Luis Manuel Otero y yo los que quedábamos aguantando la huelga de los nueve que habíamos empezado; al sumarse ella éramos seis personas de las quince que había.

Parecía una carrera de relevo, unos entraban a la casa, otros se iban, unos abandonaban la huelga y otros se sumaban, pero todos queríamos lo mismo el respeto a nuestros derechos y la libertad de Denis Solis para que lo que le pasó a él no le pasara a otros cubanos.

La comunidad internacional estaba volcada con la situación que vivíamos en la casa.

El cerco policial ya era en toda la zona de San Isidro, no solo en las inmediaciones, supimos que algunos artistas lograron hacer una lectura de poesías muy cerca, creo que por el Malecón.

Claudia Genlui Hidalgo, junto a otros amigos, llegaron hasta la esquina de Damas y Avenida del Puerto, allí fueron interceptados, no los dejaron pasar, los sacaron en una patrulla. Como siempre hasta allí llegaban los que ellos creían que podían o los que pasaban desapercibidos; Claudia y los amigos fueron reconocidos y les impidieron pasar.

La situación era de extremo peligro para los que llevábamos una semana en huelga.

La casa fue absorbida por la tristeza, yo miraba a Luisma y a Maykel que eran los que peor estaban y me invadían sentimientos de desesperanza; la crueldad de un régimen despótico nos llevó a una situación, que nunca pensé como único recurso para llamar la atención de lo que pasaba en Cuba.

Los cubanos por primera vez pudieron ver en vivo la cara oculta de las acciones de la Seguridad del Estado contra aquellos que se les oponían. Eso no podía ser un gobierno: los gobiernos protegen, no reprimen.

En horas de la tarde, a las 5:30pm Otaola solía abrir su programa Hola Otaola con una transmisión directa desde la casa. Yo ya ese día no me sentía con fuerzas para hablar por lo que otros, principalmente los que no estaban en huelga, le informaron de lo que estábamos viviendo, cómo nos sentíamos y los últimos acontecimientos.

Los periodistas internacionales acreditados, que ya empezaban a acercarse al lugar, fueron retirados de la zona.

Supimos también que el Departamento de Estado de los Estados Unidos había hecho declaraciones instando al régimen al cese del hostigamiento a los miembros del MSI y a los que estábamos en huelga de hambre, debido a las declaraciones difamatorias vertidas en los medios oficialistas sobre lo que allí ocurría, como siempre ese discurso obsoleto de “una campaña provocadora por el Gobierno de los Estados Unidos contra Cuba”, como si los norteamericanos fueran los que encarcelaron a Denis Solis para llevarnos a esa situación.

Carlos Manuel había llegado del exterior, tenía una prueba de PCR negativa pero supuestamente tenía que quedarse en la casa de Mónica Baró, que fue la dirección que dejó. Recibió una llamada de ella diciendo que había ido la enfermera y un médico, que tenía que presentarse en el policlínico y que, según la normativa, no podía salir de su casa en los primeros cinco días de entrada a Cuba por lo que tenía que regresar y mantenerse allí hasta entonces.

Su respuesta fue que todo eso era tema político y que él no iba a salir de allí, si salía no lo iban a dejar entrar, que podían hacerle las pruebas en San Isidro.

Viendo que todo empezaba a ponerse turbio por los rumores de entrada de los represores para desalojarnos, con la excusa de que Carlos Manuel tenía que ser llevado para hacer las pruebas del PCR porque supuestamente había dado dudosa, teníamos la certeza de que algo estaban tramando. Ya se les había salido de las manos nuestra permanencia en la casa y como no querían liberar a Denis Solis tenían que terminar con todo aquello porque les estaba causando muchos problemas, de hecho ni de la muerte del estafador en jefe se oía hablar en ninguna parte.

Entre las visitas que hubo, no solo de familiares sino de vecinos, estábamos exhaustos. Era también el primer día que estábamos sin Óscar, que había dejado en su tarea de enfermero a Yasser, Abu y Osmani.

Llegó la noche, nos acomodamos para dormir siempre con el temor de que pudieran entrar a desalojarnos cerrando la entrada por detrás.

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Iliana Hernández

Iliana Hernández Cardosa (Guantánamo, 1973). Deportista, bailarina, pequeña empresaria y activista. Colaboradora de CiberCuba en La Habana.

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