Estudiar o comer: el dilema diario de miles de universitarios en Cuba



Estudiar en la universidad es un gasto insostenible para numerosos jóvenes cubanos Foto © Alberto Borrego/Granma

Este artículo es de hace 1 año

Mil pesos por semana, sólo en transporte, gasta un joven del municipio de Guáimaro que asiste a clases en la Universidad de Camagüey -a unos 80 kilómetros-, sin contar la comida, los materiales de estudio o cualquier expendio extra que implica vivir fuera de casa, una cifra que al mes puede exceder el salario de sus padres.

Hoy, mil pesos en Cuba “podría ser lo mismo que cuatro libras de arroz o un litro de aceite”, advierte un comentario publicado por el periódico oficialista Adelante que, sin decirlo abiertamente, deja claro que estudiar en la isla se ha vuelto, más que un derecho garantizado, un acto diario de resistencia.

Aunque las residencias estudiantiles están abiertas todo el curso, muchos prefieren regresar a sus hogares cada semana porque las condiciones “no tan buenas” en las becas y la alimentación no cubren lo mínimo. Comer depende, muchas veces, de lo que se pueda comprar en los merenderos universitarios, un gasto adicional que tampoco todos pueden asumir.

Entonces, la Universidad no solo es el espacio para adquirir conocimientos, “también pasa a ser un gasto de dinero que muchos bolsillos no pueden soportar, y que en ocasiones es asumido por los mismos estudiantes”, indica el texto.

Adelante reconoce que las carencias económicas obligan a numerosos universitarios a trabajar mientras estudian, porque “muchos jóvenes cubanos constituyen el sustento de sus hogares, o al menos deben ayudar con los gastos principales de la familia y con el que representa estudiar”.

Algunos se cambian al curso para trabajadores, mientras otros abandonan la carrera, temporal o definitivamente. Muchos, sin dejar el curso diurno, trabajan como camareros, mecánicos o dependientes en negocios particulares, incluso dentro de la propia universidad.

De acuerdo con la publicación, la permanencia en las aulas depende también de la calidad de la formación previa, pues “la calidad del ingreso a la Educación Superior desde el preuniversitario, (es un) aspecto que hoy se encuentra dañado".

“Las tan temidas y respetadas pruebas de ingreso para otras generaciones, han pasado a ser solo una forma de ordenar a los estudiantes que deseen entrar a la Universidad, pues cualquier joven de preuniversitario puede acceder a ella, teniendo prioridad los que aprueben los tres exámenes”, admitió.

Incluso existen estudiantes “que ni siquiera se presentan a las pruebas y a los cuales le son otorgadas carreras tales como ingenierías, medicina veterinaria, derecho”, una clara muestra de pérdida de “rigor”, y de que “algunos de ellos luego abandonen los estudios por no vencer los contenidos de la carrera que les fue otorgada”.

De acuerdo con el diario, mientras algunos jóvenes acceden sin preparación real, otros luchan por mantenerse en la universidad, “apuestan por estudiar en nuestro país y pensar su futuro aquí”, aunque “lamentablemente, a veces son los que no pueden continuar”, en un sistema donde las prioridades parecen desenfocadas.

Desde hace años y de manera creciente, los padres cubanos han sacado de sus bolsillos el dinero para mejorar buena parte de las condiciones de vida y estudio de sus hijos en las aulas.

La compra de útiles escolares a precios altísimos se convierte en un dolor de cabeza para las familias cubanas, golpeadas por una galopante inflación, desabastecimientos de productos esenciales, incluidos alimentos y medicinas, y un estado que poco a poco le ha ido quitando prioridad a los “gastos sociales” para priorizar inversiones en sectores como el turismo.

Tener un estudiante becado constituye a veces un verdadero tormento, cuando además de la ropa, el calzado y otros accesorios, debe conseguirse una taquilla para guardar las pertenencias y en algunos casos hasta pequeñas neveras o frigoríficos para conservar sus alimentos de la semana.

Datos oficiales en 2023 indicaban que unos 800,000 jóvenes cubanos no están vinculados ni al estudio ni al trabajo. El abandono escolar era tan alto que solo en Sancti Spíritus, casi el 20 % de los estudiantes universitarios dejaron sus carreras.

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