En medio de una de las semanas más críticas en cuanto a afectaciones eléctricas en la isla, y tras el anuncio de la sincronización de la termoeléctrica Guiteras, el periodista José Miguel Solís lanzó un mensaje que ha resonado más allá de su círculo habitual.
En su publicación, el periodista del medio oficialista Radio Rebelde, dejó claro que la situación energética en Matanzas no solo continúa siendo crítica, sino que también carece de equidad y de sentido lógico.

“En Matanzas los 130 circuitos apagables estuvieron sin servicio por un promedio de 15 horas y 22 minutos, más otros alcanzaron las 23 horas”, escribió, destacando la brutal disparidad en la distribución del servicio.
Su comentario apuntó a la evidente falta de rotación equitativa: “Se evidencia una diferencia de siete horas, demasiadas, sin lugar a dudas y probatorio de que aún la rotación ha de perfeccionarse”.
Pero fue su frase final la que más incomodó: “Aunque se trate de la gran paradoja de una empresa eléctrica de retirar el servicio en lugar de mantenerlo y ampliarlo”.
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El dardo, lanzado directo a la UNE y a la Empresa Eléctrica provincial, ha sido interpretado como una crítica frontal al modelo de gestión del servicio energético, incluso viniendo de una figura vinculada al sistema informativo estatal.
Horas más tarde, el propio Solís compartió en su muro una imagen de Mafalda con la frase: “Decir la verdad no es generar odio. Que tú odies la verdad es otra cosa”. Una respuesta que muchos interpretan como dirigida a quienes lo habrían increpado o “llamado a constar” por su postura crítica.
En una Cuba marcada por apagones, desinformación y privilegios selectivos, cada palabra incómoda resuena como un acto de resistencia, incluso cuando proviene desde dentro.
No es la primera vez
Esta no es la primera ocasión en que Solís, corresponsal de Radio Rebelde en Matanzas y habitual narrador de las hazañas de la UNE, se distancia del discurso oficial.
En mayo de 2024, durante el Día de las Madres, ya había protagonizado una crítica pública a la empresa estatal por incumplir sus propias promesas.
Ese día, Solís compartió con entusiasmo una previsión de la UNE que garantizaba que no habría apagones en la madrugada, augurio que se desmoronó pocas horas después.
Cuando el servicio volvió brevemente por la noche, escribió: “11:02... se hizo la luz. Tic, tac. Veremos pues”. Su sospecha se cumplió, y poco después volvió la oscuridad. “Lamentable, no se cumplieron los pronósticos”, escribió, visiblemente decepcionado.
Un año antes, respondiendo a un comentario en Facebook, el propio Solís había publicado una reflexión todavía más contundente: “En un año, o mejoran las cosas, o acabamos con nuestro sistema. Y créame, el costo será alto. Aún tengo esperanzas”.
Este historial convierte al periodista en una figura incómoda dentro del ecosistema mediático oficialista, que rara vez admite errores, mucho menos desde voces internas.
Aunque no reniega de su alineación institucional, sus críticas constantes, sutiles o directas, reflejan el creciente cansancio de incluso quienes han defendido públicamente el discurso del poder.
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