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Los cubanos pueden emigrar, cruzar fronteras, rehacer sus vidas en otras tierras, pero Cuba no se va del pecho. Se queda viva en el habla, en los gestos, en la nostalgia... y también en las filas para enviar paquetes a los suyos.
El joven cubano Christian Arbolaez lo retrató con fuerza en una publicación en Facebook, tras vivirlo en carne propia este jueves en una sede de Cuba Max, en Miami.
Fue a hacer un envío a la isla y terminó envuelto en una escena que le recordó que, aunque se esté lejos, hay rutinas que siguen siendo profundamente cubanas.
“La fila en Cuba Max no es solo una fila: es un pedazo de isla incrustado en tierra ajena, una prolongación de lo que somos aunque hayamos cruzado fronteras”, escribió.
Mientras esperaba su turno, escuchaba las voces a su alrededor: una mujer hablaba de los apagones en la isla, de cómo su madre no puede conservar la comida, por lo que le enviaba una planta eléctrica.
Otra, con lágrimas contenidas, contaba que había sido doctora en Cuba y que tardó seis años en lograr reunirse con su esposo en Estados Unidos.
Un joven con tatuajes y cadenas doradas hacía comentarios en voz alta, mientras una muchacha, con un bebé en brazos, se adelantaba sin pedir permiso, provocando protestas.
“Tener un niño no quita que uno tenga que pedir permiso”, dijo alguien con tono molesto.
Como la vida, la fila también tiene reglas no escritas que todos parecen conocer, subrayó el joven cubano.
El calor no da tregua en Miami, y el tiempo pasa entre coladitas, silencios y miradas que parecen venir de lejos.
Mientras, una señora cargaba juguetes para su nieto al mismo tiempo que otro hombre bajaba paquetes de una pequeña moto: “El cubano lucha con lo que tenga, con lo que pueda”, anotó Christian.
Finalmente, llegó su turno. Pesó sus paquetes, los envió y regresó a su rutina. Pero dejó escrita una verdad que muchos cubanos en la diáspora sienten: “Aunque estemos lejos, seguimos cargando con Cuba. En el corazón. En la fila. En cada caja que enviamos”.
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