Reparar un refrigerador cuesta seis salarios: La nueva pesadilla cubana

Refrigerador en Cuba (Imagen de referencia) © Facebook Yusney Soto en grupo Madres Cubanas
Refrigerador en Cuba (Imagen de referencia) Foto © Facebook Yusney Soto en grupo Madres Cubanas

En Cuba, donde las temperaturas superan los 30 grados Celsius durante gran parte del año, un refrigerador no es un lujo, sino una necesidad vital. Sin embargo, para la mayoría de las familias mantenerlo funcionando se ha convertido en una misión imposible.

Según el Food Monitor Program, un observatorio que denuncia la inseguridad alimentaria en la isla, la mayoría de los hogares vive una lucha constante por conservar los alimentos básicos.

A la escasez se suman apagones que duran hasta veinte horas diarias y picos de voltaje que terminan quemando motores de refrigeradores que ya sobrepasan los veinte años de uso.

Lo que en cualquier otro país sería un problema técnico, en Cuba se convierte en un drama cotidiano que evidencia el colapso del sistema económico y energético.

Todo comenzó con la llamada Revolución Energética impulsada por Fidel Castro en 2005, cuando el régimen decidió sustituir más de dos millones y medio de refrigeradores antiguos —muchos de ellos de fabricación estadounidense— por modelos chinos de la marca Haier.

El plan, presentado como una modernización, fue en realidad una imposición: el Estado confiscó los equipos viejos y entregó los nuevos a crédito, descontando su costo directamente de los salarios, recordó el observatorio.

Veinte años después, esos refrigeradores chinos, diseñados para durar entre siete y diez años, están colapsando en masa.

Compresores quemados, fugas de gas y termostatos rotos son parte del día a día de los cubanos.

Reparar uno cuesta más de 40,000 pesos, mientras el salario medio estatal apenas supera los 6,600 CUP.

En otras palabras, una reparación equivale a más de seis meses de salario, una cifra inalcanzable para la mayoría de las familias.

El problema se agrava con los apagones y las oscilaciones de voltaje que hacen que cualquier arreglo dure apenas semanas.

Sin refrigeradores, los cubanos no pueden almacenar alimentos perecederos y se ven obligados a comprar a diario en mercados desabastecidos o en mipymes a precios exorbitantes.

La consecuencia es más gasto, más colas y más hambre, subrayó Food Monitor Program.

El régimen, fiel a su estilo, ha respondido con promesas vacías y soluciones parciales.

Brigadas de reparación enviadas a provincias como Matanzas, Pinar del Río o La Habana terminaron paralizadas por falta de piezas.

En lugar de reconocer el fracaso, las autoridades culpan a factores externos y evaden su responsabilidad en la gestión energética del país.

Dos décadas después, la Revolución Energética que el castrismo presentó como un éxito se ha convertido en símbolo de otro desastre nacional: un proyecto improvisado que sacrificó sostenibilidad por propaganda, y que hoy deja a millones de cubanos con refrigeradores rotos y estómagos vacíos.

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