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Por primera vez desde 1992, el mundo dejó de hablar con una sola voz sobre Cuba. La votación de este 29 de octubre en la Asamblea General de las Naciones Unidas —165 votos a favor, 7 en contra y 12 abstenciones— marcó un quiebre histórico en el respaldo diplomático al régimen de La Habana y un claro signo de aislamiento político.
El canciller Bruno Rodríguez Parrilla lo celebró en redes sociales como una “victoria del pueblo cubano frente a la mentira imperialista”. Pero los números dicen otra cosa: Cuba perdió 22 votos de apoyo en apenas un año, una caída del 12 % respecto a 2024, cuando obtuvo 187 respaldos y solo dos votos en contra.
Es, con diferencia, el resultado más adverso en la serie histórica de resoluciones anuales que piden el levantamiento del embargo estadounidense.
El contraste no podría ser más marcado. En los años de apogeo diplomático —entre 2004 y 2007— solo cuatro países votaban en contra: Estados Unidos, Israel y los pequeños archipiélagos del Pacífico (Islas Marshall y Palaos).
En 2016, bajo la distensión entre Barack Obama y Raúl Castro, Estados Unidos incluso se abstuvo, yendo en contra del espíritu de su propia legislación con tal de propiciar una apertura del régimen que diese paso al levantamiento de las sanciones.
Pero en 2025 el tablero ha cambiado. Entre los siete votos en contra se cuentan países de peso político y simbólico: Argentina, Hungría, Israel, Estados Unidos, Macedonia del Norte, Paraguay y Ucrania. La abstención de doce naciones —entre ellas varios europeos y latinoamericanos— completa el retrato de un consenso roto.
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Las causas del giro
El derrumbe parcial del apoyo a Cuba en la ONU no puede entenderse solo en términos diplomáticos. Detrás hay un contexto político y moral que ha transformado la percepción internacional del régimen.
El éxodo migratorio más grande en la historia contemporánea cubana —más de 650 000 personas desde 2021, según datos oficiales estadounidenses, y casi dos millones a nivel global, según datos extraoficiales— ha dejado al descubierto la magnitud de la crisis humanitaria que atraviesa la isla.
Millones de ciudadanos viven hoy con cortes eléctricos diarios, hospitales sin insumos y una inflación que pulveriza los salarios. El discurso del “bloqueo” ya no basta para explicar por qué Cuba, pese a importar cientos de millones de dólares en alimentos anuales desde Estados Unidos, sigue enfrentando un desabastecimiento crónico.
A esa narrativa desgastada se suma el impacto de las denuncias sobre mercenarios cubanos en la guerra de Ucrania. Kiev ha documentado, a través del proyecto humanitario “Quiero Vivir”, la participación de miles de cubanos reclutados por el ejército ruso.
El propio Departamento de Estado norteamericano respaldó esas denuncias, mientras el régimen cubano se limitó a negar su implicación y a culpar a “mafias internacionales”.
El resultado es que, por primera vez, una parte significativa de los países occidentales que antes respaldaban sin reservas la resolución de Cuba se ha abstenido o ha votado en contra, en un claro reflejo de desconfianza política y moral.
Un cambio de discurso en Washington
El giro también responde a una nueva estrategia de comunicación de Washington. Desde el retorno de Donald Trump a la Casa Blanca, la diplomacia estadounidense ha centrado su discurso no en justificar el embargo, sino en desmontar la narrativa del “bloqueo” como causa de los males de Cuba.
El propio Departamento de Estado, a través de la Oficina de Asuntos del Hemisferio Occidental, ha subrayado que Cuba puede importar alimentos, medicinas, maquinaria y productos agrícolas desde Estados Unidos —y de hecho lo hace— bajo las excepciones humanitarias de las leyes TSREEA y CDA.
Solo entre enero y mayo de 2025, La Habana gastó más de 204 millones de dólares en importaciones alimentarias desde EE. UU., cifra incompatible con la idea de un cerco absoluto.
A la vez, Washington ha puesto el foco en el conglomerado militar GAESA, que controla más del 70 % de la economía cubana y acumula 18,000 millones de dólares en activos líquidos, según una investigación del Miami Herald.
Ese doble discurso —de victimismo internacional y acumulación interna de riqueza— ha erosionado aún más la credibilidad del régimen ante sus antiguos aliados.
La erosión del mito
El voto de Argentina resultó especialmente simbólico. Por primera vez desde el restablecimiento democrático, Buenos Aires se alineó con Washington, señalando que “el embargo no puede ser excusa para justificar un modelo político que niega libertades fundamentales”.
Ucrania, por su parte, marcó un punto de inflexión al votar contra Cuba tras denunciar el envío de mercenarios a la guerra.
Estos gestos —sumados a las abstenciones de países europeos y latinoamericanos— confirman que la retórica de “Cuba víctima” ha perdido fuerza frente a la evidencia de su propia represión interna y su papel geopolítico al lado de Rusia y China.
Una “victoria” amarga
Pese al entusiasmo oficialista, el resultado de la votación no es motivo de celebración, sino de alarma en La Habana. Nunca el respaldo fue tan bajo, ni tan frágil.
La resolución fue aprobada, como cada año, pero ya no encarna un consenso universal, sino una fractura diplomática creciente entre el mundo democrático y las alianzas autoritarias de la isla.
Cuba sigue presentando la votación como una “victoria moral”, pero el mensaje que deja la ONU en 2025 es inequívoco: el mito del “bloqueo genocida” comienza a derrumbarse bajo el peso de su propia mentira.
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