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El propio régimen cubano ha terminado por reconocer lo que millones de ciudadanos vienen denunciando desde hace meses: el país vive una epidemia fuera de control.
Sin embargo, en lugar de admitir su responsabilidad y aplicar medidas efectivas, el gobernante designado Miguel Díaz-Canel volvió a recurrir a la fórmula habitual del sistema: reuniones televisadas, discursos triunfalistas y promesas vacías envueltas en retórica científica.
“Vamos a trabajar esta epidemia como mismo se trabajó la COVID-19”, declaró Díaz-Canel durante un encuentro celebrado este martes en los salones de Palacio. La frase, en lugar de inspirar confianza, provoca escalofríos en una población que recuerda el caos, la censura y el secretismo que caracterizaron el manejo de la pandemia en Cuba.
Una admisión que llega tarde y mal
El propio reporte oficial admite la magnitud del problema: 38 municipios con transmisión activa de dengue, más de 21,000 casos de chikungunya y brotes febriles en 68 municipios del país. Las cifras, aunque maquilladas, reflejan una expansión nacional.
Pese a ello, el gobierno insiste en que la situación “ha mejorado” en las últimas semanas, una narrativa desconectada de la realidad que viven los hospitales colapsados, los barrios infestados de mosquitos y las familias que improvisan tratamientos sin medicamentos ni atención médica.
En vez de reconocer la falta de fumigación sistemática, la escasez de reactivos y la carencia de personal sanitario —fruto del éxodo masivo de médicos y enfermeros—, el régimen vuelve a culpar a la “indisciplina poblacional” y apela a la “participación comunitaria”, un eufemismo con el que descarga su propia ineficiencia sobre los ciudadanos.
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Propaganda en lugar de gestión
El reportaje de la Presidencia cubana es un ejemplo de manual de cómo la propaganda sustituye a la información pública.
Cada párrafo repite consignas de “intersectorialidad”, “disciplina” y “ciencia revolucionaria”, pero no ofrece un solo dato verificable sobre mortalidad, hospitalizaciones o disponibilidad de insumos.
Mientras la doctora encargada de vigilancia antivectorial reconoce que “no se ha podido llegar a todos los lugares” por falta de equipos, combustible o personal, el texto se apresura a destacar la “preparación de brigadas” y la “calidad del trabajo”, como si el discurso bastara para exterminar mosquitos o curar enfermos.
La insistencia en “enfrentar la epidemia como la COVID-19” resulta casi sarcástica: aquella gestión se saldó con miles de muertes no reconocidas, hospitales colapsados, falta de oxígeno y represión contra médicos y ciudadanos que denunciaban la realidad. Hoy, la historia se repite, con nuevas enfermedades y las mismas mentiras.
Aunque el artículo oficial no lo menciona de manera explícita, el lenguaje empleado —con insistencia en el “aislamiento domiciliario”, el “ingreso en la vivienda” y la “disciplina de los pacientes”— sugiere que el gobierno de Díaz-Canel podría estar preparando el terreno para decretar confinamientos parciales o selectivos en las zonas con mayor número de contagios.
No sería la primera vez que el régimen recurre a medidas restrictivas bajo el pretexto sanitario: durante la pandemia de COVID-19, la “disciplina social” fue sinónimo de control territorial, represión y vigilancia vecinal.
El paralelismo con aquel discurso anticipa la posibilidad de cierres encubiertos, militarización de barrios y limitaciones a la movilidad en nombre del “seguimiento epidemiológico”.
Ceguera institucional y opacidad informativa
La opacidad es ya parte estructural del sistema sanitario cubano. No existe acceso público a los datos reales de incidencia, mortalidad ni distribución territorial de los brotes.
Los partes del MINSAP se han reducido a comunicados ambiguos y reuniones retransmitidas donde los funcionarios hablan de “experiencias acumuladas” y “aprendizajes de la COVID” mientras el país entero enferma.
Resulta revelador que el propio texto oficial hable de “identificar el problema desde que el paciente presenta fiebre”, como si la isla no llevara meses enfrentando un aumento explosivo de síndromes febriles.
Solo ahora, ante la imposibilidad de ocultarlo, el régimen admite la epidemia, aunque la envuelve en su discurso de “ciencia revolucionaria” para disimular la incompetencia administrativa que ha permitido su expansión.
Un sistema agotado
El colapso sanitario no es producto del azar, sino de años de abandono, exportación de servicios y profesionales médicos, falta de inversión y prioridad al gasto militar, propagandístico y de infraestructura turística sobre la médica.
Los hospitales carecen de camas, los laboratorios no tienen reactivos y las farmacias están vacías. Sin embargo, el régimen sigue financiando la construcción de hoteles que quedan vacíos, campañas políticas y actos de reafirmación ideológica, mientras llama a los estudiantes de medicina a “reforzar” tareas que deberían realizar profesionales calificados.
La realidad es que Cuba enfrenta una crisis sanitaria generalizada sin recursos ni transparencia. La respuesta del régimen vuelve a ser la misma de siempre: controlar la narrativa, maquillar los datos y culpar al pueblo.
Mientras tanto, las arbovirosis avanzan, los hospitales se hunden y el país entero vuelve a revivir el infierno de la pandemia, esta vez sin excusas, sin vacunas y sin esperanza.
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