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La Marcha de las Antorchas de este 27 de enero dejó una imagen más elocuente que cualquier discurso: las antorchas encendidas de jóvenes obligados a marchar en una isla a oscuras… y las de los históricos, definitivamente apagadas.
Raúl Castro (94), Ramiro Valdés (93) y José Ramón Machado Ventura (95) no aparecieron en el acto que el régimen dedica cada año a José Martí y, esta vez, también al centenario de Fidel Castro.
El contraste fue notorio. Mientras el “puesto a dedo” Miguel Díaz-Canel apelaba a la “continuidad histórica” ante una multitud de funcionarios y estudiantes movilizados, las cámaras oficiales no ofrecieron la habitual imagen del trío fundacional del poder real en Cuba, aquel que durante décadas sostuvo la revolución a golpe de represión, consignas y manuales soviéticos.
Ninguno de los tres nonagenarios se dejó ver. Ni siquiera hubo una mención formal a ellos, como si la ausencia fuera un detalle menor y no el símbolo del ocaso de una era.
En medio del apagón nacional —literal y político—, la marcha sirvió como un acto de fe en la propaganda. Los jóvenes marcharon con fuego mientras el país sigue a oscuras; las antorchas se encendieron para ocultar que ya no hay electricidad… ni liderazgo.
El silencio de los ancianos comandantes llega en un momento crítico: el colapso energético ha alcanzado niveles inéditos, el aislamiento diplomático del régimen se agrava tras la captura de Nicolás Maduro y la presión del gobierno de Donald Trump —ahora con Marco Rubio al frente del Departamento de Estado— mantiene a La Habana sin su principal proveedor de petróleo y sin margen de maniobra.
En este contexto, la ausencia de Raúl, Valdés y Machado no parece solo una cuestión de edad o salud. Es también un vacío político. Tres hombres que durante décadas definieron la represión, la ideología y la economía cubana se desvanecen justo cuando el modelo que crearon se derrumba entre apagones, hambre y desconfianza.
Anoche, mientras Díaz-Canel intentaba encender la llama de la “continuidad”, los cubanos en redes resumieron la escena con ironía: “Ni Raúl, ni Ramiro, ni Machado… ni corriente”.
Quizás el verdadero homenaje a Martí no fue la marcha con fuego, sino el silencio de quienes, después de casi un siglo, ya no pueden sostener ni su propia antorcha.
Los totems del castrismo y su eterna “presencia activa”
Durante años, el régimen cubano ha recurrido al mismo truco escénico cada vez que el país se le cae a pedazos: desempolvar a sus “líderes históricos”, ponerles un micrófono —o una foto de archivo— y presentarlos como si siguieran al mando de la nación.
Raúl Castro, Ramiro Valdés y José Ramón Machado Ventura se han convertido en una especie de santísima trinidad geriátrica del castrismo: tres figuras que ya no mandan, pero cuya imagen aún sirve para sostener el mito de la “continuidad revolucionaria”.
En 2025, por ejemplo, el general Raúl, con sus 94 años bien ganados, reapareció cada pocas semanas para “presidir” reuniones militares, “orientar” al Partido o “ordenar” posponer congresos, como si la Constitución fuera un trámite menor y la biología una recomendación opcional.
Cada aparición, cuidadosamente coreografiada por la prensa oficial, era presentada como un acto de vigor y liderazgo. "El general está con el pie en el estribo", repetían los medios oficialistas. En realidad, se trataba de un gesto de supervivencia política: mostrar que el general todavía respira y que el sistema también.
Ramiro Valdés, por su parte, siguió de gira por media Cuba inaugurando parques solares que no alumbran ni una linterna.
A sus 93 años, el veterano comandante —a quien el régimen vendió como “el hombre que salvará el sistema eléctrico”— se ha vuelto un símbolo involuntario del absurdo nacional: cada vez que corta una cinta, se va la corriente.
Pero ahí está, con su casco y su pose de ingeniero, recordando a los cubanos que la llamada revolución “sigue en marcha”… aunque sea a pedal.
Y luego está José Ramón Machado Ventura, el más discreto de los tres y, paradójicamente, el más citado por la propaganda. Con 95 años, el viejo burócrata del Partido sigue apareciendo en las páginas de Granma dando lecciones de moral socialista, de austeridad y de tracción animal.
“Nunca me preocupé por lo que ganaba”, dijo en su última entrevista, sin aclarar si se refería a su salario o al afecto de la gente. Su última gran contribución al discurso oficial fue recomendar el cultivo de anamú, romerillo y jengibre como sustitutos de la farmacéutica moderna.
En conjunto, estos tres "dirigentes históricos” funcionan como tótems legitimadores de un poder totalitario en ruinas.
El régimen los muestra como emblemas de fortaleza, pero el pueblo los ve como reliquias: sombras de otro siglo que aún posan para la cámara mientras el país se apaga. Son, al fin y al cabo, los guardianes de una llama que ya no enciende.
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