En marzo de 2016 ocurrió algo que durante décadas parecía imposible: un presidente de Estados Unidos pisó suelo cubano. El 20 de marzo de 2016, Barack Obama visitó Cuba, se reunió con Raúl Castro y caminó por La Habana, dando inicio al deshielo mas importante entre ambos países desde 1959. Aquel momento marcó un punto de inflexión. Se reabrieron embajadas, se flexibilizaron viajes, crecieron los intercambios culturales y económicos, y muchos cubanos —dentro y fuera de la Isla— sintieron por primera vez en años que algo podía cambiar.
Conviene recordar el contexto. En 2016, Cuba no estaba bien, pero estaba mucho mejor que hoy. No existían apagones masivos y permanentes, la escasez era seria pero no estructural, la migración no había alcanzado cifras históricas y el colapso energético aún no marcaba la vida diaria del país. Aun así, el gobierno cubano aceptó el gesto político: hubo una mano tendida, una foto histórica y una oportunidad real de cambio.
Ese proceso, sin embargo, no se consolidó. Más allá de los cambios posteriores en Washington, lo cierto es que el propio régimen cubano no aprovechó el momento. No avanzó en reformas profundas, no amplió libertades y no generó la confianza necesaria para que aquel acercamiento se convirtiera en algo duradero. El deshielo quedó mutilado, no solo por el relevo político en Estados Unidos, sino por la incapacidad del poder en La Habana de adaptarse a una nueva realidad.
Hoy, en 2026, a pocos días de cumplirse el décimo aniversario de la visita de Obama, Cuba atraviesa la peor crisis de su historia reciente. La situación económica, energética y social es mucho más grave que hace una década, y por eso la pregunta vuelve con más fuerza que nunca: ¿qué impide que se inicie un nuevo proceso de negociación y otro presidente de Estados Unidos visite Cuba? Más aún cuando desde Washington se han enviado señales explícitas. Donald Trump y Marco Rubio han hablado abiertamente de conversaciones, de acuerdos y de la necesidad de destrabar una relación que lleva demasiado tiempo paralizada.
¿Quién se atreve a sentarse a la mesa cuando el país se desangra económica y socialmente?
Aquí conviene detenerse en un punto clave: esto no es solo una percepción o una intuición. Los datos lo confirman. En una encuesta reciente publicada por CiberCuba, con más de 1.800 participantes, el 95% de los cubanos se manifestó a favor de algún tipo de negociación con Estados Unidos. Pero el matiz es aún más revelador. Un 77% apoya esa negociación solo si incluye cambios políticos y la liberación de presos, no únicamente acuerdos económicos. Otro 18% considera que se debe negociar de inmediato porque la gravedad de la crisis lo exige.

Apenas un 3% aceptaría una negociación limitada solo a temas económicos como sanciones, comercio o energía, y las posiciones contrarias a negociar —por soberanía o por esperar un cambio en Washington— son residuales, prácticamente inexistentes. El mensaje es inequívoco: los cubanos no rechazan el diálogo, lo reclaman, pero no a cualquier precio. Quieren soluciones materiales urgentes, sí, pero también libertad, derechos y dignidad. Ignorar este consenso social ya no es una cuestión ideológica, es una desconexión profunda con el país real.
Actores enfrentados de forma mucho más violenta han entendido que hablar no es rendirse, sino evitar el colapso total
La pregunta se vuelve todavía más incómoda cuando se mira el contexto internacional. Si Ucrania y Rusia, tras una agresión brutal y una guerra abierta, han encontrado espacios para sentarse a negociar; si Delcy Rodríguez ha recibido en Caracas al director de la CIA, a pesar de años de sanciones y confrontación directa con Washington, ¿por qué el régimen cubano se niega siquiera a explorar un diálogo real? Si actores enfrentados de forma mucho más violenta han entendido que hablar no es rendirse, sino evitar el colapso total, ¿qué explica la negativa persistente de La Habana?
¿Quien hara lo que los cubanos piden a gritos?
Incluso Miguel Díaz-Canel, en su propia retórica oficial, ha reconocido públicamente la posibilidad del diálogo. “Siempre estaremos dispuestos al diálogo y al mejoramiento de las relaciones entre los dos países, pero en igualdad de condiciones y sobre la base del respeto mutuo”, ha dicho. Es decir, con condiciones, sí, pero habla de negociar. Entonces la pregunta deja de ser abstracta y pasa a ser concreta: ¿Qué espera el gobierno cubano? ¿Quién da el primer paso real dentro del poder? ¿Quién se atreve a sentarse a la mesa cuando el país se desangra económica y socialmente? ¿Quien hara lo que los cubanos piden a gritos?
Porque la historia no se escribe con consignas, se escribe con decisiones. Y alguien, inevitablemente, será el que se tire la foto, el que abra la puerta, el que quede asociado a un intento de salida. Y alguien más quedará relegado, desechado por la historia, quizá incluso señalado como responsable de no haber podido —o no haber querido— hacer lo que el país necesitaba cuando ya no había margen para esperar.
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