Obispos cubanos piden “cambios urgentes” y un diálogo real que devuelva la esperanza al país



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Arzobispo Mons. Dionisio Guillermo García Ibáñez (imagen de referencia) © Facebook / Arzobispado de Santiago de Cuba
Arzobispo Mons. Dionisio Guillermo García Ibáñez (imagen de referencia) Foto © Facebook / Arzobispado de Santiago de Cuba

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La Conferencia de Obispos Católicos de Cuba (COCC) lanzó este viernes un fuerte llamado a la conciencia nacional ante el agravamiento de la crisis económica y social del país, exhortando a buscar “cambios estructurales, sociales, económicos y políticos” que devuelvan la esperanza al pueblo y eviten un estallido de violencia. 

En un mensaje dirigido “a todos los cubanos de buena voluntad”, los prelados expresaron su “profunda preocupación por la desesperanza creciente” y advirtieron que el país enfrenta uno de sus momentos más críticos en décadas, con riesgo de “caos social” si no se abren espacios de diálogo y reformas reales. 

El pronunciamiento episcopal —difundido desde el Arzobispado de Santiago de Cuba y leído en todas las parroquias del país— citó textualmente: “Cuba necesita cambios y son cada vez más urgentes, pero no necesita para nada más angustias ni dolor. No más sangre ni más lutos en las familias cubanas”. 

Los obispos recordaron que ya en junio de 2025, durante el Año Jubilar bajo el lema “Peregrinos de Esperanza”, habían pedido al gobierno iniciar transformaciones profundas “sin presiones ni condicionamientos internos o externos”.  

Pero, subrayaron, “la situación ha empeorado y se ha agravado la angustia y la desesperanza”, especialmente tras los anuncios sobre la posible paralización del suministro de petróleo a la isla. 

El texto hizo referencia implícita a las recientes medidas de Estados Unidos, impulsadas por el presidente Donald Trump, que buscan sancionar a los países que suministren combustible a Cuba, y señaló que tales presiones “disparan las alarmas, especialmente para los menos favorecidos”.  

No obstante, los obispos advirtieron también que los conflictos deben resolverse “por el camino del diálogo y la diplomacia, nunca por la coerción o la violencia”. 

Apelando a las palabras de San Juan Pablo II durante su histórica visita de 1998, los prelados pidieron que “el mundo se abra a Cuba, pero que Cuba se abra a su propio pueblo, sin exclusiones”, y recordaron que el aislamiento económico y político “repercute de manera indiscriminada en los más vulnerables”. 

El mensaje agradeció además la solidaridad recibida tras el paso del huracán Melissa, destacando la labor de Cáritas y la ayuda de gobiernos e instituciones internacionales que “han mirado con amor y compasión a los damnificados”. 

Sin nombrar directamente al régimen, los obispos reclamaron “un ambiente de pluralidad y respeto” dentro del país, donde se reconozcan las libertades fundamentales y se dé voz a todos los sectores sociales, en especial a los más pobres y marginados. “Para construir una patria con todos y para el bien de todos se necesita alma grande, a lo José Martí”, expresaron. 

El documento reafirmó el compromiso de la Iglesia con la defensa de la dignidad humana y su disposición a colaborar en iniciativas de mediación o reconciliación si las partes lo solicitan.  

“La Iglesia Católica continuará acompañando a este pueblo que amamos... ofreciendo su disponibilidad para contribuir a rebajar el tono de las hostilidades y crear espacios de fecunda colaboración en orden al bien común”, indicó la misiva. 

El mensaje concluyó invocando a la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba, para que llegue “la hora del amor” y prevalezcan la sensatez y la cordura sobre “las amenazas, discordias y posturas irreconciliables”. 

Con un tono sereno pero firme, el pronunciamiento de los obispos se convierte en una de las voces más claras que, desde dentro del país, reclama cambios urgentes, diálogo sin exclusiones y una apertura que devuelva al pueblo cubano la esperanza y la dignidad perdidas. 

Las voces del clero que desafían el miedo 

El mensaje de los obispos llega en un momento en que varios sacerdotes cubanos, entre ellos el padre Alberto Reyes, se han convertido en referentes morales de un pueblo exhausto y descreído.  

Reyes —párroco de Esmeralda, en Camagüey— ha publicado una serie de reflexiones afirmando que “el cambio ya camina entre nosotros” y que la sociedad cubana, aunque marcada por décadas de adoctrinamiento y miedo, “puede aprender a vivir en libertad”. 

Su discurso se ha vuelto una constante llamada a la reconstrucción ética del país: a dejar atrás la simulación, la doble moral y la dependencia del “papá Estado” para aprender a pensar, decidir y convivir en pluralidad.  

“Tal vez no estamos del todo preparados para la libertad, pero tampoco para seguir en el deterioro”, escribió en una de sus más recientes publicaciones. 

El sacerdote ha sido blanco frecuente de la Seguridad del Estado, que lo citó y amenazó junto al padre Castor José Álvarez por sus críticas al sistema político. Aun así, ha reiterado su compromiso con “buscar el bien mayor de la patria”, pese a las advertencias del régimen. 

En textos anteriores, Reyes cuestionó la represión, los juicios ejemplarizantes y la desconexión total del poder con la realidad del país: “Este pueblo ha dejado ya hace mucho tiempo de identificarse con la Revolución. Cuba se cae a pedazos y se desploma en todos los sentidos”, denunció tras la condena al escritor José Gabriel Barrenechea por protestar durante un apagón. 

En otra de sus reflexiones, el sacerdote instó a sus compatriotas a mirar más allá de la mera supervivencia y convertir lo cotidiano en servicio: “La vida no es solo aguantar, sino hacer del entorno un lugar más humano”. 

La figura de Reyes simboliza el papel cada vez más visible de una Iglesia que, pese a presiones y amenazas, comienza a recuperar voz pública frente al colapso nacional. Su mensaje de cambio, anclado en la ética cristiana y en la dignidad personal, coincide con el llamado de los obispos a un diálogo sincero, sin exclusiones, que permita a Cuba abrirse de una vez a su propio pueblo. 

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