El gobernante Miguel Díaz-Canel volvió a rechazar la idea de que Cuba atraviesa un colapso o se haya convertido en un Estado fallido, en una comparecencia especial difundida el jueves 5 de febrero por la televisión nacional y reproducida en las redes de la Presidencia.
En sus palabras, el también primer secretario del Partido Comunista de Cuba (PCC) intentó responder —sin mencionarlo directamente— a las declaraciones recientes de Donald Trump, quien calificó a la isla como “Estado fallido” y “nación fracasada”.
“Creo que la teoría del colapso y la insistencia en el colapso está muy relacionada con la teoría del Estado fallido y con todo un grupo de construcciones con que el gobierno de Estados Unidos ha tratado de caracterizar la situación cubana”, dijo Díaz-Canel, atribuyendo esa narrativa a una “filosofía imperial”.
Según el gobernante designado por el general Raúl Castro, el supuesto colapso no es real sino ideológico, y responde a una ofensiva política y mediática del gobierno estadounidense.
“El colapso está en la mentalidad, está en la filosofía imperial, pero no está en la mentalidad de los cubanos”, aseguró.
Díaz-Canel argumentó que Cuba resiste “las máximas presiones de la principal potencia del mundo”, en alusión al embargo y las sanciones. Citó incluso una frase de Trump —según la cual Estados Unidos había aplicado “todas las presiones posibles” contra La Habana— como prueba de que la isla sigue funcionando pese a los intentos de asfixia.
“Reconocen entonces que no hay Estado fallido, que lo que hay es un Estado que ha tenido que enfrentar con mucha resistencia las máximas presiones”, afirmó el gobernante, que volvió a invocar su concepto de resistencia creativa como respuesta nacional a la crisis.
La retórica de la “resistencia” frente a una realidad de colapso operativo
Las palabras de Díaz-Canel intentaron desplazar el foco desde la crisis estructural interna hacia la hostilidad externa, retomando la narrativa clásica del bloqueo como causa de todas las carencias.
Sin embargo, la distancia entre el discurso y la realidad cotidiana nunca había sido tan visible.
En la isla, los apagones superan las 18 horas diarias en varias provincias; el transporte público funciona de manera intermitente; la inflación erosiona los salarios; los hospitales carecen de medicamentos y el éxodo migratorio supera los 600,000 cubanos desde 2022, según datos de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de EE. UU. (otras fuentes hablan de un dramático éxodo de la isla de más de un millón de personas).
En ese contexto, hablar de “resistencia creativa” resulta, para muchos cubanos, una forma de negar el agotamiento estructural de un modelo que ya no provee bienes básicos ni expectativas de mejora.
Un Estado con control, pero sin capacidad funcional
Díaz-Canel insistió en que Cuba no es un Estado fallido porque mantiene el orden y el control político. Pero, como señalan analistas, el control no equivale a funcionamiento.
Un Estado puede conservar su autoridad coercitiva —policías, tribunales, fuerzas armadas— y, al mismo tiempo, fracasar en la provisión de seguridad material y servicios públicos.
Ese es el punto que Trump y otros observadores internacionales subrayan al usar la etiqueta de Estado fallido. No se trata de ausencia de gobierno, sino de pérdida de capacidad operativa, una condición que hoy describe con precisión la situación cubana.
Mientras el gobernante habla de “asfixia económica”, la estructura estatal enfrenta un colapso energético, fiscal y administrativo que no puede atribuirse únicamente a las sanciones.
El conglomerado militar-empresarial GAESA controla la mayor parte de la economía en divisas con total opacidad; la producción agrícola y manufacturera se encuentra en mínimos históricos, y los servicios públicos funcionan en modo de emergencia permanente.
Entre el discurso y la evidencia
En su comparecencia, Díaz-Canel apeló a la “convicción de victoria” y al esfuerzo colectivo para superar las dificultades. Pero sus palabras llegan en un momento de creciente desconfianza social y deslegitimación del Estado unipartidista.
El contraste entre la retórica triunfalista y la experiencia cotidiana alimenta una percepción de desgaste que ni la censura ni la propaganda pueden contener.
Las reacciones en redes fueron inmediatas: muchos usuarios replicaron el mensaje oficial con ironía o indignación, recordando los apagones, la falta de alimentos y la fuga masiva de jóvenes.
“Si esto no es colapso, ¿cómo se llama vivir sin luz, sin transporte y sin futuro?”, escribió una usuaria en X.
Entre la resistencia y el agotamiento
La nueva defensa del régimen refuerza un discurso centrado en la resistencia heroica frente al enemigo externo, pero evita abordar el fracaso funcional interno.
En los hechos, Cuba no ha colapsado institucionalmente, pero sí atraviesa un proceso de parálisis creciente, en el que el control político sustituye a la gobernanza efectiva.
Negar esa evidencia no cambia la realidad. La isla no es —como dice el docto Díaz-Canel— una víctima de la “filosofía imperial”, sino de su propia inercia sistémica: un Estado que se aferra al poder totalitario mientras deja de funcionar para su sociedad.
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