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El último experimento se llama Decreto-Ley 114/2025, publicado esta semana en la Gaceta Oficial. Con él, la dictadura permite que empresas privadas se "asocien" con entidades estatales. El anuncio se presenta como una apertura histórica. En la práctica, es un intento desesperado de inyectar sangre fresca a cadáveres que ya huelen mal desde hace treinta años.
El muerto sigue siendo el muerto
La empresa estatal cubana no está en crisis. La empresa estatal cubana es la crisis. Es el modelo que destruyó la agricultura de un país que fue granero del Caribe. El modelo que arruinó la industria azucarera más eficiente del hemisferio. El modelo que convirtió en escombros hoteles, fábricas y hospitales que antes funcionaban. No hay reforma cosmética que cambie eso, porque el problema no es de gestión: es de naturaleza.
Una empresa que no puede quebrar, que no compite, que no responde ante nadie excepto ante un burócrata del Partido, no es una empresa. Es un pozo sin fondo donde se hunden los recursos del país y la energía de su gente. Llamarla "entidad empresarial estatal" no la convierte en otra cosa.
La "asociación" que no es asociación
El decreto dice que los socios "acuerdan libremente" el porcentaje de participación. Magnífico. Salvo que cualquier modificación posterior requiere aprobación del Ministerio de Economía y Planificación. Salvo que la solicitud necesita el aval del jefe del organismo estatal correspondiente. Salvo que el Ministerio puede denegar la asociación si considera que va contra "el orden público o la seguridad nacional" —una cláusula tan amplia que cabe dentro de ella cualquier cosa que al régimen no le convenga.
Es decir: puedes asociarte con el Estado cubano siempre que el Estado cubano lo decida, en los términos que el Estado cubano apruebe, para hacer lo que el Estado cubano autorice. Una libertad extraordinaria.
La lógica del vampiro
El régimen cubano no reforma: extrae. Siempre ha sido así. Cuando el campo privado producía, lo colectivizaron para quedarse con la cosecha. Cuando surgieron los cuentapropistas, los regularon hasta asfixiarlos y les cobraron impuestos que ninguna empresa estatal paga. Con las remesas crearon las tiendas en divisas y todos los inventos de CUC, MLC, etc., solo para succionar esos dólares hacia las arcas del Estado.
El Decreto-Ley 114 es el mismo patrón con traje nuevo. El sector privado cubano ha demostrado, contra toda adversidad, que sabe producir, que sabe sobrevivir, que sabe innovar con dos pesos y sin luz. En lugar de quitarle las cadenas, el régimen ha decidido atarlo a la pata del cadáver estatal para ver si así el muerto resucita.
La lógica no es la del reformador que abre mercados. Es la del vampiro que necesita sangre fresca porque la propia se le ha agotado. Y como todo vampiro, no va a soltar a su víctima voluntariamente. Va a seguir chupando hasta que no quede nada —o hasta que alguien le clave la estaca.
Lo que Cuba necesita y el régimen se niega a dar
No hacen falta más decretos. Lo que Cuba necesita es que el Estado deje de ocupar el espacio que no le corresponde. Que las empresas estatales ineficientes sean liquidadas, privatizadas o transformadas en cooperativas reales con autonomía genuina. Que un cubano pueda montar su negocio sin pedir permiso a siete organismos distintos. Que la propiedad privada sea un derecho real, no una concesión que el régimen otorga y retira a su conveniencia.
Eso no va a pasar con el Decreto-Ley 114. Ni con el 115, ni con el 200. Porque implicaría que el Partido Comunista renuncie al control económico que es, a estas alturas, el único poder real que le queda.
Mientras tanto, el régimen seguirá organizando funerales con baile. Llamándoles reformas.
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