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El rescate del segundo tripulante del caza F-15E derribado en Irán no solo fue una operación militar de alto riesgo en territorio enemigo, sino también una misión con un coste millonario en aeronaves, incluyendo la destrucción de aviones de operaciones especiales extremadamente valiosos.
El militar estadounidense permaneció más de 36 horas oculto en una zona montañosa del suroeste de Irán, evadiendo activamente a fuerzas iraníes que lo buscaban con apoyo de la Guardia Revolucionaria y civiles movilizados. Durante ese tiempo, utilizó su entrenamiento de supervivencia, activó una baliza de emergencia y cambió de posición constantemente para evitar ser capturado.
Mientras tanto, el ejército de Estados Unidos monitorizó su ubicación en tiempo real y planificó una operación de búsqueda y rescate de combate (CSAR) en condiciones extremadamente hostiles. La misión implicó el despliegue de decenas de aeronaves y fuerzas especiales, con cobertura aérea, enfrentamientos directos y extracción en zona de combate.
Según reportes de medios como The Wall Street Journal, The Guardian y The Times, en la operación participaron helicópteros HH-60 de rescate, aviones A-10 Thunderbolt II de apoyo cercano y aeronaves tipo C-130 y MC-130 para mando, repostaje y operaciones especiales.
El presidente Donald Trump calificó la misión como “una de las más audaces en la historia militar de Estados Unidos”.
Sin embargo, más allá del éxito del rescate, varios indicios apuntan a que la operación estuvo lejos de ser limpia. Medios especializados confirmaron que al menos dos helicópteros resultaron dañados por fuego iraní, mientras que un A-10 fue alcanzado en operaciones paralelas, obligando a su piloto a eyectarse.
El dato más significativo, según informaciones publicadas por The Wall Street Journal y otros medios internacionales, es la destrucción deliberada de al menos dos aeronaves MC-130J Commando II por parte de Estados Unidos.
Estos aviones de operaciones especiales, valorados entre 90 y 110 millones de dólares cada uno, habrían quedado inmovilizados o comprometidos en tierra dentro de Irán, lo que obligó a su autodestrucción para evitar que cayeran en manos enemigas.
A esto se suma la pérdida del propio F-15E derribado, con un coste estimado de entre 30 y 35 millones de dólares, así como los daños a otras aeronaves implicadas en la operación. En conjunto, y según estimaciones basadas en costes estándar del Pentágono, el rescate podría haber supuesto pérdidas materiales superiores a 200 millones de dólares, dependiendo del alcance real de los daños.
Pese a ello, la Casa Blanca ha insistido en presentar la misión como un éxito total, destacando que ambos tripulantes fueron rescatados con vida. No obstante, las discrepancias entre la versión oficial y los reportes independientes sugieren que la operación se llevó a cabo bajo una presión mucho mayor de la que se ha reconocido públicamente.
El episodio evidencia tanto la capacidad operativa del ejército estadounidense como los riesgos crecientes de un conflicto que continúa escalando en intensidad, complejidad y coste.
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