El mundo calla. Y ese silencio no es ingenuo: es complicidad. Mientras una nación entera se consume en la miseria, hay quienes, desde cómodos escenarios ideológicos, aún se atreven a justificar lo injustificable.
La izquierda dogmática lo sabe todo, lo ve todo, pero calla o aplaude. Y ese aplauso es una forma de participación en el ultraje. No se trata de ignorancia, sino de una elección consciente: sostener una narrativa que hace décadas dejó de tener sustento en la realidad.
En Cuba, el crimen no es un accidente ni una desviación del sistema. Es el sistema mismo. Se ha institucionalizado la represión, la vigilancia, la pobreza inducida y la negación sistemática de los derechos más elementales. No hay error, hay diseño. No hay falla, hay método.
Los datos no pueden ser ignorados. Más de 7,000 crímenes han sido documentados a lo largo de décadas de represión política. Se estiman más de 15,000 muertos, víctimas de fusilamientos, ejecuciones extrajudiciales, desapariciones y otras formas de violencia estatal, en un proceso marcado por la voluntad de poder y el culto a la figura de Fidel Castro. Una parte significativa de esas muertes ocurrió en las guerras en África, donde la sangre cubana fue utilizada para sostener intereses geopolíticos y satisfacer el ego enfermizo de Fidel Castro. A esto se suman más de 1,200 presos políticos en la actualidad (*), hombres y mujeres castigados únicamente por pensar distinto, por ejercer su derecho a disentir, por negarse a someter su conciencia.
Los crímenes de lesa humanidad no requieren siempre cámaras de gas ni campos de exterminio para ser reconocidos. También se cometen cuando se condena a un pueblo al hambre, cuando se le niega la libertad de expresión, cuando se persigue al disidente, cuando se encarcela al que piensa diferente.
El ciudadano cubano vive atrapado en una estructura donde disentir es delito y sobrevivir es un acto de resistencia. La dignidad ha sido convertida en un lujo, y la verdad en una amenaza constante para el poder.
Mientras tanto, fuera de la isla, muchos siguen jugando a la revolución desde la comodidad. Hablan de justicia social con el estómago lleno, defienden sistemas donde jamás aceptarían vivir. Ese es el verdadero cinismo: predicar el sacrificio ajeno desde la seguridad propia.
La historia, sin embargo, no olvida. Y cuando finalmente se escriba sin censura ni miedo, quedará claro quiénes fueron las víctimas, quiénes los verdugos y quiénes, con su silencio o su aplauso, ayudaron a sostener uno de los sistemas más opresivos de nuestro tiempo.
Fortalecer la memoria es un deber moral. Nombrar a las víctimas, cuantificar el horror, exponer los mecanismos del crimen institucionalizado no es un ejercicio retórico: es un acto de justicia. Porque donde se ocultan los números, se diluye la responsabilidad. Y donde se pierde la verdad, se perpetúa el abuso.
Por eso, recordar no es un acto pasivo, es una forma de resistencia. Cada cifra, cada nombre, cada historia arrancada del silencio, devuelve humanidad a quienes fueron reducidos a estadísticas. Y al mismo tiempo, desarma el discurso que intenta justificar lo injustificable.
Cuba no es un símbolo romántico ni una utopía frustrada. Es una realidad concreta, marcada por el dolor, la privación y el miedo. Negarlo es traicionar a sus víctimas. Minimizarlo es prolongar su sufrimiento.
El mundo tiene una deuda con el pueblo cubano. Una deuda de verdad, de reconocimiento y de justicia. Y esa deuda comienza por llamar a las cosas por su nombre: crimen cuando es crimen, represión cuando es represión, y tiranía cuando no hay otro término posible.
Sólo entonces, cuando la verdad deje de ser silenciada, podrá comenzar el verdadero proceso de reparación moral e histórica. Porque ningún sistema construido sobre el miedo y la negación del ser humano puede sostenerse indefinidamente frente a la memoria y la verdad.
(*) Según cifras de la Organización No Gubernamental Prisoners Defenders.
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