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La suspensión de las operaciones de Sherritt International en Cuba marca mucho más que la retirada de una empresa extranjera.
Si la decisión se consolida en las próximas semanas, el régimen perdería simultáneamente una de sus principales fuentes de divisas, un soporte clave para la generación eléctrica y el respaldo de uno de los pocos inversionistas internacionales que todavía apostaban por la isla pese al colapso económico y financiero.
La minera canadiense, presente en Cuba desde principios de los años noventa, anunció la suspensión de su participación directa en las empresas mixtas que operaba en la isla tras la nueva orden ejecutiva firmada por Donald Trump el 1 de mayo.
Las sanciones secundarias contra entidades financieras extranjeras que mantengan vínculos con empresas cubanas bloqueadas colocaron a Sherritt en una posición insostenible: continuar en Cuba implicaba arriesgar el acceso al sistema bancario internacional.
El golpe económico para La Habana es considerable. La empresa operaba junto al Estado cubano la mina de Moa, en Holguín, una de las principales fuentes de exportación de níquel y cobalto del país.
En 2025 la producción alcanzó 25.240 toneladas de níquel y 2.728 toneladas de cobalto. A precios internacionales promedio reportados por la propia compañía, ese volumen equivale a cerca de 490 millones de dólares brutos anuales en metales, antes de descontar costos operativos y reparto de beneficios.
Aunque el níquel cubano ya venía golpeado por problemas energéticos, falta de combustible y deterioro industrial, la salida de Sherritt amenaza con llevar el sector a una fase mucho más crítica.
La compañía aportaba acceso a tecnología, refinación, logística internacional y financiamiento externo, capacidades que el régimen difícilmente puede sustituir en el contexto actual.
La situación es aún más delicada porque Sherritt ya había advertido en febrero sobre interrupciones productivas en Moa debido a la escasez de combustible suministrado por las propias autoridades cubanas. Ahora, sin soporte técnico extranjero y con crecientes restricciones financieras, el riesgo de paralización parcial o sostenida aumenta considerablemente.
Pero el impacto no se limita a la minería.
A través de Energas S.A., Sherritt también participaba en la generación eléctrica mediante plantas alimentadas con gas natural cubano. La capacidad instalada de Energas ronda los 506 megavatios, alrededor del 10% de la capacidad eléctrica nacional.
En una Cuba donde los apagones afectan diariamente a millones de personas y donde el sistema electroenergético atraviesa su peor crisis en décadas, cualquier deterioro operativo adicional puede tener consecuencias inmediatas.
Aunque las plantas no desaparecerán de un día para otro, la salida de la empresa canadiense compromete mantenimiento, piezas, asistencia técnica y capacidad de inversión. En un sistema ya colapsado, incluso pequeñas reducciones de eficiencia pueden traducirse en más horas de apagones.
La retirada de Sherritt también tiene una dimensión simbólica y financiera particularmente grave para el régimen. Durante más de tres décadas, la minera canadiense fue considerada el ejemplo más importante de inversión extranjera estable en Cuba.
Sobrevivió a la Ley Helms-Burton, a las sanciones estadounidenses y a años de impagos cubanos. De hecho, La Habana acumula una deuda superior a 340 millones de dólares con la empresa.
Si incluso Sherritt concluye que operar en Cuba ya no es viable, el mensaje para potenciales inversionistas internacionales es devastador.
El régimen todavía podría intentar mantener parcialmente las operaciones de Moa mediante Cubaniquel o buscar socios alternativos en Rusia o China. Sin embargo, sustituir la estructura financiera y comercial de Sherritt no será rápido ni sencillo.
Además, las nuevas sanciones estadounidenses elevan significativamente el costo y el riesgo para cualquier actor extranjero dispuesto a involucrarse.
En una economía que enfrenta escasez de combustible, desplome turístico, inflación descontrolada y emigración masiva, la salida de Sherritt puede convertirse en uno de los golpes externos más severos para Cuba en los últimos años.
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