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El endurecimiento de la política de Washington hacia La Habana parece haber entrado en una nueva fase.
El reportaje publicado esta semana por el New York Times, que revela discusiones dentro de la administración Trump sobre la posibilidad de aplicar en Cuba una versión del “modelo Venezuela” utilizado contra Nicolás Maduro, ha elevado la tensión política y estratégica entre ambos gobiernos.
A ello se suma la posible acusación federal contra Raúl Castro por el derribo en 1996 de las avionetas de Hermanos al Rescate, la intensificación de vuelos de vigilancia alrededor de la isla, el embargo energético y la reciente visita pública del director de la CIA, John Ratcliffe, a La Habana.
En ese contexto, ha resurgido una pregunta que durante décadas acompañó los análisis de seguridad nacional en Estados Unidos: ¿hasta qué punto conserva Cuba capacidad operativa dentro del territorio norteamericano?
La interrogante cobra fuerza a la luz de las revelaciones de #CiberCubaLeaks, la investigación publicada por CiberCuba en 2019 basada en documentos filtrados de la Seguridad del Estado cubana.
Los archivos mostraban cómo agentes vinculados al aparato de inteligencia de la isla obtuvieron información sensible sobre el Aeropuerto Internacional de Miami (MIA), incluyendo códigos de acceso, credenciales de empleados, documentación técnica y registros internos de compañías aeronáuticas.
Los documentos, fechados entre 2015 y 2017 y clasificados por la Dirección de Contrainteligencia del MININT, evidenciaban el interés del régimen cubano por una infraestructura considerada estratégica para Estados Unidos y particularmente sensible para el sur de Florida.
Uno de los informes reproducía mensajes atribuidos a un “Agente Charles” con códigos PIN para acceder a zonas restringidas del aeropuerto. Otros incluían identificaciones de empleados, datos internos de la aerolínea de carga ABX Air y documentación técnica de aeronaves Boeing 767-200.
Especialistas consultados entonces por CiberCuba advirtieron que el interés de la inteligencia cubana sobre el MIA no era casual.
“El aeropuerto de Miami está en la mirilla del espionaje cubano porque es un centro importantísimo de circulación de personas y mercancías”, afirmó en aquel momento Enrique García, ex alto oficial de la Dirección General de Inteligencia (DGI) cubana.
Para exfuncionarios y analistas, la importancia de Miami no radica solo en su cercanía geográfica con Cuba o en la presencia de la mayor comunidad cubana del exilio, sino también en su valor logístico, económico y político.
El MIA es uno de los principales nodos aéreos de América, maneja millones de pasajeros anualmente y concentra operaciones de carga vitales para Estados Unidos y América Latina. Cualquier vulnerabilidad de seguridad en una infraestructura de ese nivel tendría implicaciones enormes.
No existe evidencia pública de que el gobierno cubano haya ejecutado o planificado actos de sabotaje contra instalaciones estadounidenses. Tampoco hay pruebas de operaciones activas contra el aeropuerto de Miami derivadas de los documentos filtrados por CiberCuba.
Sin embargo, expertos en inteligencia consideran que la recopilación sistemática de información sobre infraestructuras críticas constituye una práctica habitual en doctrinas de seguridad y guerra híbrida.
El concepto de “guerra híbrida” se utiliza para describir formas de confrontación que no dependen exclusivamente de la fuerza militar convencional. Incluye operaciones de inteligencia, ciberataques, presión migratoria, campañas de desinformación, infiltración institucional y uso de redes humanas con capacidad de influencia o acceso estratégico.
En ese terreno, Cuba posee una larga experiencia.
Durante décadas, los servicios de inteligencia cubanos fueron considerados entre los más eficaces del hemisferio occidental. La Red Avispa, desmantelada por el FBI en 1998, demostró la capacidad de La Habana para infiltrar agentes durante años en organizaciones del exilio, instalaciones militares y círculos políticos en Florida.
Los llamados “ilegales” —agentes que operan bajo identidades falsas o encubiertas— han formado históricamente parte de la doctrina operativa de la inteligencia cubana, heredera de estructuras y métodos soviéticos desarrollados durante la Guerra Fría.
La infiltración no siempre busca ejecutar acciones directas. Muchas veces su objetivo es recopilar información, construir influencia, identificar vulnerabilidades o crear capacidades de presión para escenarios futuros.
Analistas de seguridad consideran que, en una eventual escalada extrema entre Washington y La Habana, la principal capacidad de respuesta del régimen cubano no sería militar convencional, sino asimétrica.
Cuba carece de capacidad militar para confrontar directamente a Estados Unidos. Pero expertos sostienen que sí podría intentar elevar el costo político o económico de determinadas acciones mediante herramientas indirectas.
Entre ellas:
- redes de inteligencia;
- influencia política;
- operaciones informativas;
- ciberactividad;
- presión migratoria;
- o acceso a infraestructuras sensibles.
La posibilidad de que existan activos cubanos dentro de sectores estratégicos estadounidenses es precisamente uno de los elementos que alimenta históricamente la preocupación de agencias federales.
El reportaje del New York Times sugiere que dentro de la administración Trump existe conciencia de que cualquier movimiento drástico sobre Cuba podría generar consecuencias difíciles de controlar. El propio diario afirma que Trump y Marco Rubio buscan “poner fin al control comunista” en la isla, pero evitando “el caos total”.
Esa preocupación no estaría vinculada únicamente a un posible colapso interno cubano o a una nueva crisis migratoria, sino también al impacto regional y de seguridad que podría derivarse de un escenario de confrontación abierta.
Miami ocupa un lugar particularmente sensible dentro de ese cálculo.
La ciudad no solo concentra infraestructura aérea y marítima estratégica. También alberga operaciones financieras, telecomunicaciones, cadenas logísticas, centros tecnológicos y una enorme actividad vinculada al turismo y al comercio internacional.
Además, será una de las sedes clave del Mundial de Fútbol de 2026, un evento que convertirá al sur de Florida en uno de los puntos de mayor exposición internacional en Estados Unidos.
Precisamente por ello, especialistas consultados por CiberCuba en investigaciones anteriores insistieron en que la inteligencia cubana siempre ha considerado Miami un objetivo prioritario. “Cuba fue, es y será una amenaza para la seguridad nacional de Estados Unidos”, afirmó en 2019 el exoficial García.
Aun así, expertos subrayan la necesidad de evitar exageraciones o interpretaciones conspirativas. Las agencias de seguridad estadounidenses llevan décadas monitoreando actividades de inteligencia vinculadas a Cuba y cuentan con amplios mecanismos de vigilancia y contrainteligencia.
Salvo declaraciones de Miguel Díaz-Canel y otros dirigentes del régimen advirtiendo de una "resistencia" y "respuesta" cubana en caso de agresión, no existe información pública que confirme planes de sabotaje, células activas o preparativos operativos concretos dentro de Estados Unidos relacionados con la actual crisis bilateral.
Pero el endurecimiento de la presión de Washington sobre La Habana ha vuelto a colocar el tema sobre la mesa.
Y en medio de la mayor tensión entre ambos países en años, los viejos expedientes del espionaje cubano en territorio estadounidense ya no parecen simples reliquias de la Guerra Fría, sino piezas que algunos analistas consideran relevantes para entender el delicado tablero estratégico que empieza a configurarse entre ambos gobiernos.
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