¿Qué pasó con el antiimperialismo? El incómodo legado que el régimen preferiría olvidar

Durante más de seis décadas, el antiimperialismo fue una de las principales fuentes de legitimidad política del castrismo. Hoy, mientras La Habana negocia bajo presión con Estados Unidos, aquella bandera histórica se ha convertido en un problema para las élites del poder.



Cartel propagandístico frente a la Embajada de EE. UU. en La Habana © pablomartincarbajal.com
Cartel propagandístico frente a la Embajada de EE. UU. en La Habana Foto © pablomartincarbajal.com

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Durante décadas, el antiimperialismo fue mucho más que una consigna política en Cuba. Fue una de las ideas centrales sobre las que el régimen construyó su legitimidad.

Sirvió para explicar la política exterior cubana, para justificar sacrificios internos, para cohesionar al país frente a un enemigo común y para proyectar internacionalmente a la llamada "revolución cubana" como símbolo de resistencia frente a Estados Unidos.

El antiimperialismo estaba en todas partes. En los discursos del dictador Fidel Castro. En los documentos del Partido Comunista. En los libros escolares. En las organizaciones juveniles. En la prensa oficial. En la "diplomacia revolucionaria". En los foros internacionales. En el Movimiento de Países No Alineados. En las campañas de solidaridad con América Latina, África y Asia.

Durante más de medio siglo, la revolución presentó buena parte de su historia como una lucha permanente contra las pretensiones dominadoras del "imperialismo yanqui".

Por eso resulta llamativo que en los discursos y declaraciones más recientes de figuras vinculadas al núcleo del poder ese lenguaje parezca haber desaparecido.

Una palabra ausente

En su primera entrevista pública, Raúl Guillermo Rodríguez Castro, conocido como El Cangrejo, habló de diálogo, respeto mutuo, relaciones civilizadas, inversiones, negocios y cooperación.

No habló de imperialismo. No habló de lucha antiimperialista, agresiones imperiales, o de resistencia frente al imperio.

Lo mismo ocurre en buena parte de la retórica reciente del régimen. Conceptos que durante décadas ocuparon el centro del discurso político han perdido protagonismo o aparecen cada vez más relegados.

No parece casual. Porque el contexto en el que se mueve hoy la dirigencia cubana es radicalmente distinto al que permitió construir aquella narrativa.

La utilidad del antiimperialismo

Durante buena parte de la Guerra Fría y también después de ella, el antiimperialismo resultó extraordinariamente útil para el régimen.

Permitía explicar conflictos internacionales. Permitía denunciar las sanciones estadounidenses. Permitía justificar la excepcionalidad política del sistema cubano. Permitía presentar las dificultades económicas como consecuencia de una agresión externa permanente.

Y, sobre todo, permitía construir una legitimidad basada en la resistencia.

La Revolución no se presentaba simplemente como un proyecto político. Se presentaba como una trinchera. El poder no gobernaba únicamente. Resistía.

Esa narrativa otorgaba al régimen una autoridad moral difícil de cuestionar dentro de sus propios marcos ideológicos. Quien criticaba al sistema podía ser presentado como alguien que debilitaba la resistencia nacional. Quien defendía al régimen defendía también la soberanía frente al enemigo externo.

El antiimperialismo era, al mismo tiempo, una doctrina política, una herramienta de movilización y una fuente de legitimidad.

Cuando la realidad cambia

Pero las circunstancias que hicieron funcional ese discurso ya no son las mismas.

La economía cubana atraviesa una crisis profunda, agudizada tras la captura de Nicolás Maduro y la presión estadounidense. El régimen necesita inversiones para sobrevivir. Necesita financiamiento, acceso a mercados, estabilizar el Sistema Eléctrico Nacional

Necesita, además, reconstruir relaciones económicas internacionales. Y, sobre todo, necesita encontrar una salida a una situación que amenaza la propia supervivencia del sistema.

A esa presión económica se suma otra realidad.

La Habana se encuentra cada vez más emplazada a negociar con el mismo país que durante décadas ocupó el papel de "enemigo histórico". La posibilidad de acuerdos con Washington ya no es una cuestión secundaria. Se ha convertido en una necesidad estratégica.

Y esos posibles entendimientos no giran únicamente alrededor de asuntos económicos. También implican demandas de apertura, reformas institucionales, cambios regulatorios y transformaciones que afectan directamente al modelo construido por el régimen totalitario comunista.

En ese contexto, el viejo discurso antiimperialista deja de ser una herramienta útil. Empieza a convertirse en un obstáculo.

El elefante blanco de la Revolución

Ese es el dilema que enfrenta hoy la élite gobernante.

No puede reivindicar el antiimperialismo con la misma intensidad que durante décadas. Necesita dialogar, negociar, proyectar una imagen de pragmatismo. Necesita convencer a potenciales socios económicos capitalistas de que Cuba es un lugar estable y predecible.

Pero tampoco puede repudiar abiertamente el antiimperialismo. Hacerlo equivaldría a cuestionar una parte fundamental de la narrativa histórica sobre la que construyó su autoridad política. Sería admitir que uno de los grandes pilares ideológicos de la "revolución cubana" ha dejado de cumplir la función para la que fue concebido.

Por eso el resultado parece ser el silencio. No se produce una revisión explícita. No se reconoce un cambio doctrinal. Simplemente se deja de hablar del tema. Como si el problema pudiera desaparecer por omisión.

Una herencia incómoda

La paradoja es evidente.

Durante décadas el régimen enseñó a varias generaciones de cubanos que el antiimperialismo era una obligación moral y política. Lo presentó como una seña de identidad nacional. Lo convirtió en un elemento inseparable de la cultura política revolucionaria.

Hoy, sin embargo, los herederos de ese mismo sistema parecen sentirse mucho más cómodos hablando de inversiones, negocios, cooperación internacional y diálogo con Estados Unidos que reivindicando aquellas viejas consignas.

La transformación no es menor. Porque el antiimperialismo no fue una idea marginal dentro de la revolución. Fue una de las bases sobre las que se justificaron políticas, sacrificios y decisiones históricas durante más de sesenta años.

Lo que ya no encaja

Quizás el problema para el régimen no sea que el antiimperialismo haya dejado de existir. Quizás el problema sea que ya no encaja con la realidad que necesita gestionar.

La Cuba actual busca atraer capital extranjero. Necesita reconstruir puentes diplomáticos. Aspira a aliviar las presiones económicas que amenazan su estabilidad.

Y lo hace mientras intenta mantener intacta la legitimidad histórica de un sistema que construyó buena parte de su identidad precisamente sobre la confrontación con Estados Unidos.

Por eso el antiimperialismo se ha convertido en un legado incómodo. Un recordatorio constante de una narrativa que durante décadas fue esencial para la supervivencia política del régimen, pero que hoy dificulta algunos de sus objetivos más urgentes.

La cuestión ya no es qué significó el antiimperialismo para la "revolución cubana". La cuestión es qué hace una élite política cuando una de las banderas que más contribuyó a legitimar su poder se transforma en un obstáculo para garantizar su "continuidad".

Y esa es una pregunta para la que, hasta ahora, el régimen parece no haber encontrado una respuesta convincente.

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Iván León

Licenciado en periodismo. Máster en Diplomacia y RR.II. por la Escuela Diplomática de Madrid. Máster en RR.II. e Integración Europea por la UAB.






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Este artículo ha sido generado o editado con la ayuda de inteligencia artificial. Ha sido revisado por un editor antes de su publicación.



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