La economía del control y de la dependencia

Bodega, en la cale San Ignacio, de La Habana Vieja, en 2018. © CiberCuba
Bodega, en la cale San Ignacio, de La Habana Vieja, en 2018. Foto © CiberCuba

Una de las grandes falacias del socialismo cubano fue hacer creer que la pobreza era consecuencia exclusiva del embargo norteamericano. Sin embargo, la historia demuestra que el deterioro económico comenzó mucho antes de que las sanciones alcanzaran el nivel que hoy poseen. La raíz del problema se encuentra en un modelo que subordinó toda la actividad económica a un único objetivo: preservar el poder político.

Desde los primeros años de la 'Revolución' desapareció la iniciativa privada. Miles de pequeños comerciantes, agricultores, industriales y profesionales independientes fueron absorbidos por un Estado que prometía administrar mejor la riqueza nacional. Lo que siguió fue exactamente lo contrario.

Cuando el gobierno se convierte en el único empleador, el único inversionista, el único exportador y el único importador, desaparece la competencia. Sin competencia tampoco existe innovación. Sin innovación la productividad cae. Y cuando la productividad desaparece, la pobreza deja de ser un accidente para convertirse en un sistema permanente.

En Cuba el salario dejó de representar el fruto del trabajo. Pasó a convertirse en una asignación política. El ciudadano ya no prospera gracias a su esfuerzo, sino gracias al permiso del Estado. Esa dependencia transforma al trabajador en un súbdito.

La libreta de abastecimiento constituye quizás el símbolo más evidente de esa relación. Nació como una medida temporal en 1962 y, más de seis décadas después, continúa existiendo. Lo que debía ser una solución de emergencia terminó convirtiéndose en un mecanismo de administración de la escasez.

A esa dependencia alimentaria se sumó otra aún más profunda: la dependencia financiera. Durante años la economía cubana sobrevivió gracias a enormes subsidios extranjeros. Primero la Unión Soviética; posteriormente Venezuela. En lugar de aprovechar esos recursos para modernizar la producción nacional, el régimen consolidó un modelo improductivo sostenido por ayudas externas.

Cada vez que desapareció un benefactor internacional, la economía cubana entró en una nueva crisis. Ocurrió tras el derrumbe soviético y volvió a ocurrir con el colapso del subsidio venezolano. La historia demuestra que un sistema incapaz de sostenerse por sí mismo termina dependiendo inevitablemente de otros.

La planificación centralizada también destruyó el campo cubano. Un país que durante décadas fue exportador de azúcar, café y numerosos productos agrícolas terminó importando gran parte de los alimentos que consume. La tierra no dejó de producir por falta de fertilidad; dejó de producir porque quienes la trabajaban perdieron el incentivo para hacerlo.

La economía dejó de responder a las necesidades del ciudadano y pasó a responder exclusivamente a las prioridades del aparato político. El resultado fue una sociedad donde escasean los alimentos, los medicamentos, el transporte, la vivienda y hasta la esperanza.

La emigración masiva constituye hoy la evidencia más contundente del fracaso económico. Millones de cubanos han abandonado la isla buscando aquello que su propio país dejó de ofrecerles: oportunidades.

Paradójicamente, el mismo sistema que condenó durante décadas la propiedad privada depende ahora de las remesas enviadas por quienes emigraron hacia economías de mercado. Son precisamente los cubanos que prosperan bajo modelos económicos diferentes quienes sostienen, con su esfuerzo, a buena parte de las familias que permanecen en la isla.

La gran lección para América Latina es clara: cuando el Estado concentra todo el poder económico, inevitablemente concentra también el poder político. Y cuando el ciudadano depende del gobierno para trabajar, alimentarse, emprender o prosperar, la libertad comienza a convertirse en un privilegio y no en un derecho.

La experiencia cubana demuestra que ninguna nación alcanza la justicia social destruyendo la libertad económica. La prosperidad no nace del control absoluto, sino de instituciones sólidas, reglas estables, seguridad jurídica, iniciativa privada y una ciudadanía capaz de construir su propio destino sin pedir permiso al poder.

La economía debe ser un camino hacia la independencia del ciudadano, nunca un instrumento para garantizar su obediencia. Esa es, quizás, una de las lecciones más importantes que Cuba ofrece hoy a toda América Latina.

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