
El Partido Demócrata de Florida acaba de ofrecer una imagen que resume buena parte de la tensión que atraviesa al partido a nivel nacional.
Este martes, David Jolly, un excongresista republicano convertido en demócrata, ganó con claridad la nominación para gobernador y se presentó como un candidato de centroizquierda capaz de reunir a moderados, independientes y progresistas.
El mismo día, Angie Nixon, miembro de Democratic Socialists of America, obtuvo contra pronóstico la nominación demócrata al Senado.
Las dos victorias no son contradictorias. Más bien reflejan un partido que está buscando diferentes fórmulas electorales según el territorio y el tipo de votante al que necesita llegar.
En Florida, ese proceso tiene una particularidad adicional: Cuba y el voto cubanoamericano están obligando a algunos demócratas a abandonar buena parte del lenguaje tradicional del partido y adoptar posiciones mucho más duras frente al régimen de La Habana.
Florida, un laboratorio para los demócratas
El desafío es considerable. Florida pasó de ser uno de los grandes estados competitivos del país a convertirse en un territorio claramente republicano.
Donald Trump ha ganado el estado en tres elecciones consecutivas y Ron DeSantis logró una contundente reelección en 2022. Ningún demócrata ha ganado la gobernación desde 1994.
La candidatura de Jolly es, por eso, un experimento político. El exrepublicano trata de reconstruir una coalición demócrata desde el centro, con énfasis en asuntos como el costo de vida y los servicios públicos, y evitando que el partido quede identificado exclusivamente con su ala progresista. Associated Press ha descrito su candidatura como un intento de demostrar que los demócratas todavía pueden competir en Florida.
Pero el problema no consiste solamente en convencer a votantes moderados. Los demócratas tienen que encontrar la manera de recuperar terreno entre comunidades que durante años fueron decisivas para el Partido Republicano, y ninguna es más simbólica que la cubanoamericana.
Cuba: un terreno que los demócratas ya no quieren regalar
La política cubana ofrece un ejemplo especialmente claro de ese reajuste.
Jolly no ha intentado acercarse al votante cubanoamericano defendiendo una política de diálogo con La Habana. Ha hecho prácticamente lo contrario.
En mayo respaldó la acusación del Departamento de Justicia contra Raúl Castro por el derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate y calificó aquel episodio como un acto de terrorismo de Estado. El Gobierno federal acusó a Castro y a otros cinco funcionarios cubanos por su presunta participación en el derribo de dos aeronaves civiles estadounidenses en 1996.
Posteriormente, Jolly dijo en Univision que esperaba que Donald Trump y Marco Rubio tuvieran éxito en conseguir «una Cuba libre» y expresó su confianza en el secretario de Estado por su conocimiento de Cuba y de la comunidad cubanoamericana del sur de Florida.
Su posición no equivale a la de Donalds, que ha hablado de un «cambio de régimen total» y ha dicho que no se interpondría ante una eventual decisión de Trump y Rubio de utilizar la fuerza. Pero sí representa un cambio significativo respecto de la tradicional imagen demócrata sobre Cuba.
El mensaje de Jolly parece ser: un demócrata puede defender una Cuba libre, condenar al castrismo y respaldar acciones contra sus dirigentes sin convertirse por ello en republicano.
Phil Ehr lleva esa estrategia al límite
El caso de Phil Ehr es todavía más revelador.
El candidato demócrata al Congreso por el Distrito 28 de Florida anunció esta semana que respaldaría una «acción militar estadounidense decisiva para destituir al régimen comunista» si el Congreso recibe una misión que considere creíble y legalmente autorizada. Su propuesta contempla además un plan para la transición y reconstrucción de Cuba.
Ehr no oculta que su estrategia está vinculada al electorado de su distrito. El Distrito 28 comprende el suroeste de Miami-Dade y los Cayos de Florida, una zona en la que los cubanoamericanos constituyen el bloque político más influyente. En 2024, Ehr perdió frente al republicano cubanoamericano Carlos Giménez por 64,5 % contra 35,6 %.
Su lenguaje ya era duro antes del anuncio militar. En abril había afirmado que «negociar con la Cuba comunista no es la forma de liberar al pueblo cubano» y que había que «asfixiar al régimen para liberar al pueblo».
Aquí aparece algo nuevo: Ehr no pretende simplemente moderar la política cubana de los demócratas para hacerla más aceptable en Miami. Intenta disputar a los republicanos el terreno de la máxima presión, incluso en una cuestión tan extrema como la posibilidad de una acción militar.
Y todo esto sucede mientras la izquierda demócrata avanza
El giro hacia posiciones más competitivas en Florida no significa que el Partido Demócrata se esté desplazando en conjunto hacia el centro.
La victoria de Angie Nixon demuestra justamente lo contrario.
Nixon, miembro de Democratic Socialists of America, derrotó al exteniente coronel Alexander Vindman en la primaria demócrata para el Senado pese a contar con muchos menos recursos. Su plataforma incluye Medicare para todos, educación pública, cuidado infantil universal, vivienda asequible, aumento del salario mínimo federal y una mayor tributación a los millonarios.
Su triunfo se produce además en un momento de crecimiento del ala progresista del Partido Demócrata en diferentes estados. No significa que los socialistas controlen la formación ni que sus candidatos sean necesariamente competitivos en elecciones generales. Pero sí demuestra que el partido contiene hoy una corriente de izquierda mucho más organizada y electoralmente visible que hace una década.
El resultado de Florida resume, por tanto, una paradoja: el mismo partido que acaba de nominar a una socialista para el Senado eligió para la gobernación a un exrepublicano que intenta ganar con una imagen moderada.
No es solo una pelea entre progresistas y moderados
Reducir el debate interno del Partido Demócrata a una pugna entre «izquierda» y «centro» sería insuficiente.
También está creciendo una corriente que intenta mantener posiciones progresistas, pero con un lenguaje menos ideológico y más orientado a resultados concretos.
Durante las elecciones de medio término de 2026, estrategas demócratas han impulsado una estrategia basada en cuestiones como inflación, vivienda y costo de vida, tratando de presentar al partido como más práctico y menos centrado en disputas ideológicas.
En ese contexto aparece también Gavin Newsom como una referencia interesante. El gobernador de California sigue siendo claramente liberal en numerosos asuntos, pero ha intentado combinar ese perfil con una retórica más populista y pragmática y con una disposición creciente a desafiar los llamados «purity tests» de la izquierda demócrata.
Incluso ha adoptado posiciones que provocaron incomodidad dentro de sectores progresistas, como su crítica a la participación de atletas transgénero en determinadas competiciones deportivas.
Newsom no es un «moderado» en el sentido clásico del término. Es más exacto verlo como un progresista que busca ampliar su atractivo electoral y evitar quedar encerrado en las posiciones más rígidas de su partido.
Ese matiz es importante porque el reajuste demócrata no parece avanzar hacia un único centro ideológico. Se parece más a un intento de construir un partido capaz de hablar distintos lenguajes según el electorado.
La comunidad cubanoamericana como prueba de esa adaptación
En Florida, Cuba es uno de esos campos de prueba.
Los republicanos llevan décadas utilizando la oposición al castrismo como parte de su identidad política en el sur de Florida. Esa ventaja se ha reforzado durante los últimos años, especialmente después del fuerte giro de Miami-Dade hacia el Partido Republicano y de la consolidación de Florida como bastión de Trump.
Pero ahora algunos demócratas están llegando a una conclusión diferente: para recuperar al votante cubanoamericano no necesariamente tienen que moderar su posición sobre Cuba; pueden tener que endurecerla.
Jolly lo hace desde el centro. Ehr ha ido mucho más lejos. Y ambos están intentando demostrar que el rechazo al régimen cubano y la defensa de una transición democrática pueden formar parte de una plataforma demócrata.
El objetivo electoral es evidente: evitar que el Partido Republicano pueda presentar la política cubana como un territorio exclusivamente suyo.
La dificultad también lo es.
El Partido Demócrata tendría que mantener ese discurso sobre Cuba sin alejar a su ala progresista, que mantiene posiciones más cautelosas sobre intervenciones militares y política exterior. Ehr, por ejemplo, ocupa una posición que difícilmente representa a la izquierda demócrata nacional.
Jolly tiene una ventaja en ese sentido: puede condenar al régimen y defender una Cuba libre sin llegar a comprometerse con una intervención militar. Esa fórmula es mucho más compatible con su estrategia de buscar moderados e independientes.
La paradoja de noviembre
La elección entre Donalds y Jolly será entonces más que una contienda entre dos candidatos.
Será también una prueba sobre qué tipo de Partido Demócrata puede volver a competir en Florida.
Donalds cuenta con la ventaja de un estado que se ha desplazado decididamente hacia los republicanos y con el respaldo de Trump. Jolly intenta demostrar que todavía existe espacio para un demócrata moderado capaz de reconstruir una coalición electoral amplia.
Mientras tanto, la victoria de Nixon demuestra que el partido no está abandonando su ala izquierda, y la candidatura de Ehr evidencia que, al menos en Florida, algunos demócratas están dispuestos a adoptar posiciones sobre Cuba que hasta hace poco habrían parecido propias casi exclusivamente del Partido Republicano.
La cuestión de fondo es, evidentemente, más amplia que Cuba.
El Partido Demócrata está buscando la fórmula para ser simultáneamente más competitivo, más pragmático y capaz de conservar el entusiasmo de una izquierda cada vez más influyente.
Florida puede convertirse en uno de los laboratorios más interesantes de ese proceso. Y Cuba, por el peso electoral del exilio cubanoamericano, es probablemente uno de sus experimentos más importantes.
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