
José Martí, el más universal de los cubanos, escribió al reflexionar sobre la obra del pintor ruso Vasili Vereschagin (1842-1904): "¡La justicia primero, y el arte después! [...] Cuando no se disfruta de la libertad, la única excusa del arte y su único derecho para existir es ponerse al servicio de ella. ¡Todo al fuego, hasta el arte, para alimentar la hoguera!"
Hoy voy a compartir con los lectores de CiberCuba, sobre la vida y obra de un destacado dramaturgo checo que lo echó todo al fuego para alimentar la hoguera de la libertad: Václav Havel.
¿Quién podía imaginar aquella madrugada del 21 de agosto de 1968, qué pasaría el 29 de diciembre de 1989?
Havel tenía 31 años. Era dramaturgo, escritor, hombre de teatro. Se encontraba en Liberec, al norte de Praga, cuando las tropas del Pacto de Varsovia, encabezadas por la Unión Soviética, invadieron Checoslovaquia para aplastar la Primavera de Praga.
Havel pudo limitarse a observar. Pudo refugiarse en el argumento de que su oficio era escribir teatro y no enfrentarse al poder. No lo hizo. Colaboró con una estación de radio libre que continuaba transmitiendo durante la ocupación. Escribió comentarios y mensajes de resistencia civil mientras los tanques recorrían las calles. Aquel joven dramaturgo comenzaba así un camino que le costaría prohibiciones, vigilancia, interrogatorios, trabajos manuales, cárcel y graves problemas de salud.
No podía imaginar que 21 años después sería presidente de una Checoslovaquia liberada del comunismo. Precisamente por eso su historia conserva tanta fuerza. Havel había nacido en Praga en 1936, dentro de una familia empresarial e intelectual. Después del establecimiento del régimen comunista, las propiedades familiares fueron confiscadas y su origen considerado “burgués” limitó sus posibilidades educativas.
Encontró su espacio en el teatro. Comenzó como tramoyista y fue ascendiendo hasta convertirse en dramaturgo y asistente de dirección. Obras como "La fiesta en el jardín" y "El memorándum" lo situaron entre los autores más importantes de su generación.
Su teatro tenía ya una dimensión profundamente política. Ridiculizaba la burocracia, el lenguaje artificial del poder, la obediencia mecánica y la progresiva destrucción de la individualidad dentro de una sociedad dominada por el miedo y la simulación.
Después de la invasión de 1968 llegó la llamada “normalización”. Sus obras fueron prohibidas. Su nombre desapareció de los escenarios checoslovacos. Mientras sus textos se representaban en otros países, dentro de su propia patria el régimen intentaba convertirlo en un escritor inexistente. Entre 1974 y 1975, aquel dramaturgo internacionalmente reconocido tuvo que trabajar como obrero en una cervecería de Trutnov. Pero el régimen comunista no consiguió silenciarlo.
En 1975 escribió una carta abierta al secretario general del Partido Comunista Gustáv Husák denunciando algo todavía más grave que las deficiencias económicas: la degradación moral de una sociedad en la que millones de personas aprendían a decir públicamente aquello que privadamente sabían falso.
Dos años después participó en Carta 77, iniciativa ciudadana que reclamaba el cumplimiento de los derechos humanos reconocidos, pero no respetados, por el propio Estado checoslovaco. Pasar de las críticas al sistema en sus obras, a la acción organizada en defensa de la libertad, es tarea pendiente para muchos intelectuales dentro de Cuba.
Entonces llegaron con mayor intensidad la vigilancia, los registros, las amenazas, los interrogatorios y las detenciones. En 1978 escribió "El poder de los sin poder". Allí desarrolló una de las ideas fundamentales de su pensamiento: los sistemas autoritarios no descansan únicamente sobre policías, prisiones y organismos de inteligencia. También necesitan la colaboración cotidiana de ciudadanos que, por miedo o conveniencia, aceptan comportarse como si creyeran la mentira.
Havel propuso como respuesta vivir en la verdad aunque ello implique pagar un alto precio. En 1979 fue condenado a cuatro años y medio de prisión. Desde la cárcel escribió buena parte de las páginas que posteriormente integrarían "Cartas a Olga". Su salud se deterioró gravemente. En 1983 fue excarcelado. Havel podía haber decidido que ya había sufrido suficiente. No lo hizo, volvió a escribir y a defender a los perseguidos. Volvió a participar en iniciativas cívicas.
En enero de 1989 volvió a prisión. En este punto merece detenernos. En mayo de 1989 Havel salió nuevamente de la cárcel. La Unión Soviética todavía existía, el Muro de Berlín continuaba en pie, el Partido Comunista continuaba gobernando Checoslovaquia. La policía política conservaba sus cuarteles, expedientes, agentes e interrogadores.
Todo podía parecer perdido. Siete meses después Václav Havel era presidente. En noviembre comenzó la Revolución de Terciopelo. Estudiantes, trabajadores, actores, profesores, escritores y ciudadanos comunes comenzaron a movilizarse pacíficamente. Los teatros se convirtieron también en espacios de deliberación y resistencia. El Foro Cívico articuló fuerzas diversas alrededor de objetivos esenciales: terminar con el monopolio político, garantizar las libertades fundamentales y abrir el camino hacia elecciones libres.
El sistema comenzó a derrumbarse. El 29 de diciembre de 1989, Václav Havel fue elegido presidente de Checoslovaquia. El dramaturgo prohibido era presidente. El obrero de la cervecería estaba al frente de la nación. El perseguido por la policía política, el preso político, tenía una gran misión que cumplir: la transición a la democracia y la reconciliación con justicia.
Después de la separación pacífica de checos y eslovacos, fue elegido en 1993 primer presidente de la República Checa y reelegido en 1998. Desde el poder defendió el Estado de derecho, la sociedad civil, los derechos humanos, la reconciliación democrática y la integración de su país en las instituciones occidentales.
Su ejemplo plantea inevitablemente una pregunta sobre el papel de la cultura en los momentos decisivos de una nación. ¿Para qué sirve un intelectual cuando la sociedad atraviesa una profunda crisis moral? ¿Debe limitarse el escritor a escribir novelas? ¿El dramaturgo a producir teatro? ¿El músico a tocar su instrumento? ¿El cantante a cantar? ¿El cineasta a filmar? ¿Puede el artista declararse completamente ajeno a la suerte de quienes carecen de libertad para hablar, crear, viajar, reunirse o decidir el destino de su país?
Havel respondió con su propia vida. Y su respuesta merece ser meditada hoy por muchos escritores, artistas, dramaturgos, cineastas, músicos, académicos y creadores cubanos, dentro y fuera de la Isla, cualquiera que sea su posición política.
Cuba necesita pensamiento crítico y acción a favor de la democratización. Necesita cultura independiente. Necesita voces capaces de defender la dignidad humana. Necesita ciudadanos dispuestos a contribuir a una sociedad donde puedan convivir quienes piensan diferente.
La responsabilidad del intelectual no debería consistir en convertirse en propagandista de un régimen opresor. Precisamente lo contrario: debería defender espacios donde nadie tenga que pedir permiso al poder para pensar y actuar.
La Cuba del futuro necesitará libertad y democracia, pero también reconciliación, reconstrucción institucional, respeto a la diversidad, recuperación económica y una profunda regeneración ética. Los intelectuales y artistas tendrán mucho que aportar a esa tarea.
Havel comprendió que la cultura puede ser refugio, denuncia, memoria y conciencia. Pero comprendió también que llega un momento en la historia de los pueblos en que escribir sobre la verdad exige estar dispuesto a asumir las consecuencias de defenderla.
En mayo de 1989 todavía era un preso político, en diciembre era presidente. No resistió porque conociera el desenlace. Resistió porque consideraba que había cosas que merecían ser defendidas aunque todavía no pudiera vislumbrarse la victoria. Este es su mayor legado y un ejemplo digno de imitar por los intelectuales y artistas cubanos hoy.
Václav Havel expresó en varias ocasiones su solidaridad con el pueblo cubano y con quienes luchamos pacíficamente por la democracia. En septiembre de 2002, durante un discurso en Miami, envió un saludo a todos los cubanos, dentro y fuera de la Isla, y manifestó su deseo de que pudiéramos vivir algún día en libertad, independencia y prosperidad. También respaldó expresamente la resistencia cívica no violenta y a figuras como Oswaldo Payá.
Años después, en junio de 2009, dirigió un mensaje a varios opositores cubanos que recibíamos el Premio Democracia de la NED, recordándonos que desafiar las mentiras de una dictadura ayuda a que otros ciudadanos pierdan el miedo. Havel evocó la experiencia de Europa del Este y advirtió que los regímenes totalitarios pueden parecer invencibles, pero comienzan a derrumbarse cuando pierden la capacidad de controlar y atemorizar a la sociedad. Su mensaje final fue de esperanza: llegaría el día en que los cubanos serían libres para decidir por sí mismos su propio futuro.
Y eso momento está más cerca que nunca antes. Sólo es necesario que los intelectuales y el pueblo cubano acaben de decidirse a vivir el la verdad y a conquistar la libertad durante tantos años conculcada.
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