
Miguel Díaz-Canel ha puesto fecha a la mejoría del abasto de agua en La Habana: finales de septiembre.
El gobernante asegura que para entonces deberían comenzar a verse resultados en dos o tres de los principales sistemas de abastecimiento y que durante octubre se consolidarían otras fuentes, con soluciones basadas en energías renovables antes de terminar el año, según el sitio web de Presidencia.
La fecha merece ser tomada en serio, pero no porque Díaz-Canel haya ganado motivos para la confianza. Al contrario: después de ocho años de promesas, rectificaciones, planes y calendarios que rara vez han producido los resultados anunciados, finales de septiembre puede convertirse en una prueba concreta de su credibilidad.
La pregunta ya no es qué ha prometido el gobernante. Es mucho más sencilla: ¿qué razón tienen los cubanos para creerle esta vez?
Una crisis demasiado profunda para resolverla con otra promesa
La situación que pretende corregir el nuevo plan no es coyuntural. Más de medio millón de habaneros sufrían afectaciones en julio, después de que los afectados fueran unos 200.000 en abril y más de 376.000 en mayo. A nivel nacional, alrededor de 2,7 millones de cubanos enfrentan dificultades para acceder regularmente al agua.
La crisis tampoco depende exclusivamente de las lluvias o del estado de los embalses. Cerca del 87 % del sistema de bombeo de La Habana depende de la electricidad, mientras la infraestructura arrastra décadas de deterioro. Conductoras con 60 y 70 años de explotación, pérdidas de entre 40 % y 70 % del agua bombeada y equipos de bombeo deteriorados forman parte del problema.
El gobierno pretende ahora responder con grupos electrógenos para 29 fuentes de abasto, reparaciones y, posteriormente, generación solar y sistemas de almacenamiento. Pero todavía no ha informado cuánto costará el programa, cuánto combustible requerirá ni cuántos habitantes deberían recuperar un servicio estable para considerar cumplida la primera etapa.
Eso convierte el plazo de septiembre en algo importante, pero también limitado: una fecha no es una solución y una instalación no equivale a un resultado.
La electricidad: promesas que se acumularon mientras los apagones empeoraban
La relación entre agua y electricidad hace especialmente incómodo el nuevo anuncio.
Díaz-Canel reconoce que los sistemas hidráulicos necesitan entre diez y 12 horas continuas de estabilidad eléctrica para funcionar adecuadamente. Sin embargo, la electricidad es precisamente uno de los terrenos donde más veces el gobierno ha prometido una recuperación que no llegó.
Desde 2019, Díaz-Canel ha hablado de salir de los apagones, estabilizar el sistema, recuperar las termoeléctricas, incorporar nueva generación y transformar la matriz energética.
En 2021 tuvo que pedir que se informara a la población cuándo llegaría «el indeseable apagón». En 2022 el gobierno prometió minimizar los apagones antes de terminar el año. En 2024, después de volver a apostar por las reparaciones y el mantenimiento, Díaz-Canel llegó a decir: «Tenemos que darle luz a nuestra población antes de Fin de Año».
El resultado no fue una recuperación sostenida. En 2024 hubo desconexiones nacionales y nuevas crisis de combustible; en 2026 los déficits del Sistema Eléctrico Nacional han superado los 2.000 megavatios y en algunos territorios los apagones han ocupado prácticamente todo el día.
Ese es el antecedente inmediato de la promesa sobre el agua: el mismo gobierno que durante años no consiguió garantizar la electricidad necesaria para bombear ahora asegura que podrá garantizar el agua precisamente mediante soluciones que dependen de equipos, combustible, inversiones y energía.
El patrón se repite
La electricidad no es una excepción. Es el ejemplo más visible de un problema mayor: la distancia entre lo que Díaz-Canel dice, lo que su gobierno hace y lo que finalmente ocurre.
En alimentos, el gobierno reconoció en 2020 el incumplimiento de sus metas de arroz, frijoles y carne de cerdo. En 2022 Díaz-Canel admitió que en Cuba no había «alimentos, ni ganado ni pescado» y, sin embargo, años después volvió a insistir en que «vamos a comer lo que seamos capaces de producir».
En la economía, la promesa de recuperación tampoco se ha materializado. Las estimaciones citadas por CiberCuba sitúan el PIB real de 2025 más de un 15 % por debajo del nivel de 2018.
El turismo, presentado como uno de los grandes motores del país, terminó 2025 con apenas 1,81 millones de turistas internacionales y una ocupación hotelera de 18,9 %. Y el ministro de Economía reconoció que las exportaciones solo habían cumplido el 62 % del plan.
No hace falta convertir cada uno de esos datos en una acusación aislada. Juntos muestran algo más importante: ocho años después, el gobierno sigue anunciando soluciones para problemas que ya había prometido resolver.
Las tiendas en divisas: cuando la realidad contradice el discurso
El caso de las tiendas MLC ofrece otro ejemplo de la distancia entre el discurso y la realidad.
En 2020 Díaz-Canel negó que Cuba fuera a dolarizarse y aseguró que continuarían las tiendas en CUP y CUC. Las primeras tiendas en divisas se presentaron como una medida concreta para captar recursos y apoyar la economía.
Después ocurrió algo muy diferente: la red se expandió, los productos básicos fueron desplazándose hacia esos circuitos, aparecieron establecimientos directamente en dólares y el propio gobierno reconoció la existencia de una «dolarización parcial».
Mientras tanto, CiberCuba ha documentado la expansión de las tiendas que operan exclusivamente en dólares y también el desabastecimiento de establecimientos MLC.
La lección no es que una medida no pueda cambiar. Es que una cosa es lo que se anuncia, otra lo que se hace y otra lo que termina viviendo la población.
De la «prosperidad» a las 176 medidas
En 2018, al asumir la Presidencia, Díaz-Canel prometió avanzar hacia un «socialismo próspero y sostenible» y aseguró que en Cuba no habría «giros capitalistas».
Ocho años después, el gobierno ha tenido que recurrir a un paquete de 176 medidas económicas que amplía el espacio para la actividad privada, la inversión extranjera y distintos mecanismos de mercado.
No es necesario resolver aquí si ese cambio supone o no abandonar el socialismo. El punto es otro: el mismo gobernante que prometía prosperidad terminó teniendo que modificar profundamente las reglas económicas porque la realidad no produjo la prosperidad prometida.
Ese es el contexto en el que ahora llega la promesa del agua.
La verdadera prueba será el resultado
Por eso, finales de septiembre no debería evaluarse por el número de grupos electrógenos instalados, las reuniones celebradas o las reparaciones anunciadas. La prueba debería ser mucho más sencilla.
¿Cuántos habaneros recuperan el agua? ¿Durante cuántas horas? ¿Con qué regularidad? ¿Cuántas estaciones funcionan de manera estable? ¿Qué ocurre cuando vuelva a fallar el Sistema Eléctrico Nacional?
Esos son los indicadores que permitirán saber si el plan funciona. Todo lo demás pertenece al terreno del discurso.
Díaz-Canel ha dicho que es necesario «reinventar todo el sistema de gestión del abasto de agua». Puede que así sea. Pero esa frase contiene también una admisión: el sistema que el gobierno lleva décadas administrando ha llegado a un punto en el que necesita ser reinventado.
Después de años de promesas sobre electricidad, alimentos, crecimiento, salarios, turismo y servicios básicos, el problema ya no consiste en saber qué anuncia el gobernante. Consiste en decidir cuánto crédito merece su palabra.
A finales de septiembre llegará la primera respuesta. No la dará Díaz-Canel. La dará el grifo.
Vídeos relacionados:
Archivado en: