
"Asere quiere decir conjunto de monos apestosos". Así nos regañaban de niños en la Cuba de la Revolución. Con "asere", nosotros queríamos decir "amigo". A veces, saludar o expresar emoción. De inmediato, los adultos que nos escuchaban nos devolvían una peste que ignorábamos estar pronunciando. Era el hedor histórico del racismo sistémico del socialismo.
Para colmo, la explicación venía con la autoridad científica de una advertencia sanitaria: “asere” podía ganarnos un tapabocas, perder los dientes, su uso al por mayor acaso nos causaría halitosis (es decir, peste a boca).
Recuerdo hasta haber leído esa acepción impresa en algún que otro folleto de la época. Tal vez sea una reconstrucción equívoca, síntoma inequívoco de mi castrismo sentimental. Pero no soy el único testigo. En 2023, Ariel Pierucci describió en Dialektika cómo maestros y maestras repetían ese apartheid de monos apestosos como muletilla para reprender a los menores y cortar la popularidad in crescendo de “asere”.
Hasta 1989, Cuba se creía tan blanca como antes de la Revolución. Aquella lección de etimología no era más que pura limpieza étnica. A todos, sin distinción de raza, se nos enseñaba a sentir vergüenza de hablar como un negro.
La explicación mejor respaldada del término “asere” nos lleva a la tradición abakuá y las lenguas èfik e ìbìbìo de la región africana de Calabar, al sureste de Nigeria y no lejos de la frontera con Camerún.
En ese estudio publicado en African Studies Review (48:1), en abril de 2005, Ivor L. Miller recoge la correspondencia entre el cubano asére y los saludos esiere (en èfik) y asiere (en ìbìbìo). La identificación procede del lingüista Bruce Connell. En el uso ritual abakuá, Miller registra que “asere” es una suerte de “yo saludo”, comúnmente empleado en las tardes y las noches. Un asere crepuscular.
El Diccionario de americanismos de la Asociación de Academias de la Lengua Española registra las variantes acere y asere como cubanismos, con el sentido de “amigo íntimo, compañero inseparable”. No se califica al par asere/acere como vulgarismo, apenas se reporta su uso popular y entre hablantes cultos, en un registro espontáneo e informal.
En ninguna de estas fuentes hay trazas de monos. Mucho menos de un conjunto apestoso de ellos. A la vuelta de medio siglo, los cubanos miramos atrás y solo ahora caemos cruelmente en la cuenta: la lumpenización del digno vocablo “asere” tiene que haber sido cosa de Fidel y nadie más que Fidel.
La lógica especulativa es infalible: intervenir en la intimidad del habla para disciplinar a quienes crecíamos dentro de ella. De paso, truncar todo flujo y reflujo al margen del argot de guerra estatal, evitando a toda costa la contaminación (o, peor, universalización) de la Lingua Totalitarismi Insularis, para seguir las siglas de la Lingua Tertii Imperii de Víctor Klemperer.
El Partido Comunista apostaba por un pueblo como destinatario cautivo de sus instrucciones verticalistas. Mientras tanto, se estigmatizaba a las personas productoras por cuenta propia de significados.
Sin embargo, “asere” se extendía sin necesidad de campañas como pólvora viva. Se puso de moda en contra de las orientaciones ideológicas de los metodólogos de la ingeniería social. Después de décadas de batallas por la instrucción, del sexto al noveno grado, el Hombre Nuevo insistía en su manifestarse como un sujeto marginal.
Por lo demás, la contraparte perfecta eran los prejuicios atávicos de la gran familia cubana, siempre tan presta a apartar sus hijos de la chusma. Un Ministerio del Interior en miniatura se incubaba en cada hogar decente de revolucionarios, gracias al deseo doméstico de distinguirse de los pobres, de los barriobajeros, de la 'negrada' (fuera cual fuera el color de la piel).
Nunca brilló tan alto el genio logorreico de Fidel Castro: coger una voz fraterna de procedencia tercermundista, retorcerle el pescuezo con una patraña de Punto Cero o el Kremlin, penalizar su uso y alimañizar a sus asereparlantes.
Aquellos niños hoy seguimos soñando en asere. Envejecimos sin perder el acento asere en la garganta, si bien no nos hemos mezclado tanto como nuestra genética lo demuestra. Fidel sabía lo que hacía. Por eso el comandante en jefe no tendrá perdón.
Crecer dentro de la lengua insular del castrismo fue una especie de hablar por hablar. Paladeamos los prejuicios de trasmano con que nos alfabetizó el monolingüismo del Estado. Y allí donde nos enorgullecíamos de nuestro alto nivel cultural, el Padre de la Lengua Patria nos legaba una clase magistral de autodiscriminación: no hablen como un conjunto de monos apestosos; imiten la oralidad oficial del blanco europeo que vino a decirlo todo por ustedes.
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