1898: ¿Qué ganó y qué perdió Cuba?

Una joven camina por una calle de La Habana Vieja. © CiberCuba
Una joven camina por una calle de La Habana Vieja. Foto © CiberCuba

En nuestro trabajo anterior cedimos la palabra a varios historiadores cubanos para conocer cómo interpretaron el complejo proceso que condujo de la guerra de independencia de 1895 a la intervención norteamericana de 1898 y al nacimiento de la República en 1902. Ahora podemos avanzar un paso más.

La pregunta es inevitable: ¿Qué ganó y qué perdió Cuba en aquel proceso? No se trata de responderla desde una posición política actual. Mucho menos de convertirla en una disputa entre quienes presentan a Estados Unidos como salvador y quienes lo consideran exclusivamente responsable de la frustración de la independencia cubana.

La realidad histórica es bastante más compleja. 1898 significó el final de más de cuatro siglos de dominio español sobre Cuba. Pero también abrió un período de ocupación militar norteamericana y de profundas transformaciones políticas e institucionales. La guerra cubana de independencia no desapareció de la historia por la entrada de Estados Unidos en el conflicto; sin embargo, el desenlace de la guerra tampoco puede entenderse sin la intervención estadounidense.

El historiador Louis A. Pérez Jr., al estudiar la guerra de 1898 y su posterior interpretación historiográfica, ha insistido precisamente en la necesidad de recuperar la participación cubana y examinar críticamente las narrativas construidas posteriormente sobre aquel conflicto. Su obra dedica capítulos específicos a la intervención, sus intenciones y la manera en que la guerra fue representada históricamente.

Lo que cambió

Durante la primera ocupación estadounidense se produjeron importantes transformaciones administrativas y sanitarias y se reorganizaron instituciones públicas que formarían parte del Estado republicano posterior. Pero sería igualmente incorrecto presentar aquel proceso como una simple obra de modernización desinteresada.

La ocupación era, ante todo, una ocupación militar extranjera. Estados Unidos ejercía el poder efectivo mientras Cuba todavía no constituía una República soberana. La cuestión central, por tanto, no puede reducirse a preguntar si durante aquellos años se hicieron obras útiles. También debemos preguntar quién tenía el poder y bajo qué condiciones se entregaría posteriormente ese poder a los cubanos. Aquí aparece uno de los grandes problemas de 1898.

La soberanía condicionada

El nacimiento de la República en 1902 estuvo acompañado por la incorporación de la Enmienda Platt al marco constitucional cubano. Aquella disposición estableció condiciones que limitaron la autonomía de la nueva República, entre ellas determinadas facultades estadounidenses relacionadas con la intervención y el establecimiento de bases navales. Para una parte importante de la historiografía cubana, éste fue el precio político de la independencia.

Emilio Roig de Leuchsenring convirtió precisamente esta cuestión en uno de los ejes de su interpretación de las relaciones cubano-estadounidenses. Su obra "Cuba no debe su independencia a los Estados Unidos" representa una de las expresiones más contundentes de esa corriente historiográfica.

Pero tampoco debemos detenernos allí. ¿Y los cubanos? Esta pregunta suele resultar mucho más incómoda. La historia no fue escrita únicamente en Washington. Los cubanos participaron en la guerra, negociaron, discreparon, se dividieron políticamente y tomaron decisiones que también influyeron en el resultado final.

Ramiro Guerra dedicó buena parte de su obra a estudiar la formación histórica de la nación cubana y sus relaciones con Estados Unidos. Herminio Portell Vilá, por su parte, construyó una extensa historia documental de las relaciones entre Cuba, Estados Unidos y España, utilizando abundante documentación diplomática y política. Su obra comenzó a publicarse antes de 1959 y constituye una fuente fundamental para estudiar la larga duración de esas relaciones.

Esto nos obliga a formular otra pregunta: ¿Hasta dónde llegó la responsabilidad de los propios cubanos en las condiciones en que nació la República?

No podemos atribuir a una potencia extranjera cada dificultad posterior de Cuba. Tampoco podemos ignorar las condiciones impuestas desde el exterior. Entre ambos extremos existe una realidad histórica mucho más compleja. Entonces, ¿qué ganó y qué perdió Cuba?

Ganó el final del dominio colonial español. Ganó la posibilidad concreta de constituirse en República. Recibió transformaciones administrativas y sanitarias y una reorganización institucional que tendría consecuencias duraderas. Pero perdió, o al menos vio limitada, una parte importante de su capacidad de decisión soberana durante los primeros años republicanos.

La República nació con una tutela exterior que quedó expresada jurídicamente en la Enmienda Platt. Y esa contradicción —independencia y dependencia al mismo tiempo— marcaría buena parte de la historia cubana del siglo XX. Por eso quizá la pregunta inicial no admite una respuesta sencilla.

1898 no fue únicamente una liberación. Tampoco fue únicamente una ocupación. Fue un punto de ruptura en el que confluyeron la guerra cubana de independencia, la derrota española, los intereses estratégicos de Estados Unidos, las aspiraciones de los cubanos y las divisiones políticas de una nación que todavía estaba intentando organizarse como Estado.

Los historiadores cubanos estudiaron ese proceso desde perspectivas diferentes. Y ahí reside precisamente su valor. No necesitamos que todos hayan pensado igual. Necesitamos leerlos. Compararlos. Contrastar sus argumentos con los documentos. Y reconocer tanto aquello que sus interpretaciones explican como aquello que quizá dejaron fuera.

La Historia de Cuba no necesita una sentencia anticipada. Necesita preguntas incómodas y fuentes confiables. Ésa es la tarea que nos queda.

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