
María del Carmen Hernández Carús, madre de Leticia Martínez Hernández, jefa de Comunicación de la Presidencia cubana, publicó en redes sociales un texto que pretende pasar por reflexión cristiana, pero funciona como una maniobra política.
La progenitora de la fiel Leticia no condenó la represión, no cuestionó el juicio contra Anna Sofía Benítez Silvente (Anna Bensi en redes sociales) y su madre, no se detuvo en la arbitrariedad de un Estado que castiga a dos mujeres por denunciar la intimidación de un agente, pero sí dedicó largos párrafos a poner bajo sospecha a las iglesias, pastores y creyentes que se solidarizaron con ellas.
Su texto abre con una falsa neutralidad: «No voy a opinar nada sobre la joven», dice. Tampoco, asegura, hablará «del juicio, ni de si hubo delito o no, ni de si se hace justicia o no». Sin embargo, ese supuesto silencio dura poco.
Hernández Carús no opina sobre el abuso del poder; opina contra quienes lo denuncian. No mira de frente el problema principal, pero se concede autoridad moral para cuestionar la coherencia de los religiosos que pidieron justicia.
Ahí está la maniobra: desplazar el foco. El asunto deja de ser una joven y su madre sometidas a un proceso penal —incoado por las instituciones de un Estado totalitario— por ejercer su derecho a expresarse, y pasa a ser la supuesta «incoherencia» de las iglesias.
La víctima desaparece. El Estado represor también. En su lugar aparece la vieja coartada del oficialismo: el bloqueo, las sanciones, Estados Unidos, los niños enfermos, las amenazas externas. Todo junto, todo mezclado, todo usado como cortina de humo para esquivar una pregunta elemental: ¿por qué el régimen cubano persigue y condena a dos ciudadanas que se defendieron públicamente de la presión de la Seguridad del Estado?
Hernández Carús reprocha a las iglesias no pronunciarse, según ella, con la misma fuerza ante otros sufrimientos. Pero la Biblia que invoca no dice que haya que callar ante una injusticia concreta porque existan otras injusticias en el mundo. Al contrario: «Abre tu boca por el mudo», dice Proverbios.
La solidaridad con Anna Bensi y su madre no es incoherencia cristiana. Incoherencia es usar lenguaje religioso para exigir silencio selectivo ante la violencia del poder.
La publicación alcanza su punto más revelador cuando Hernández Carús cuestiona al pastor arrestado, conocido como el «Pregonero de Cristo». Dice haberlo visto resistirse, pedir que filmaran el arresto, y entonces afirma que se acordó de Jesús.
La comparación resulata obscena por manipuladora y retorcida: invoca a Cristo no para interpelar a quienes arrestan, persiguen o condenan, sino para sugerir que el perseguido debería aceptar dócilmente el atropello.
Hernández Carús cita a Jesús ante Pilato, pero parece olvidar quién era Pilato en esa escena: el representante del poder político que, aun sabiendo que tenía delante a un inocente, terminó entregándolo. Pilato se lavó las manos. Ella hace algo parecido: dice que no juzga el caso, pero termina señalando a quienes acompañan a las víctimas.
Su lectura de Juan 19 intenta convertir la mansedumbre de Jesús en obediencia ante cualquier abuso estatal. Pero el cristianismo no nació como doctrina de sumisión al poder. Los apóstoles respondieron a las autoridades: «Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres». La tradición bíblica está llena de profetas que denuncian al opresor, no de funcionarios piadosos exigiendo compostura a los oprimidos.
Lo que molesta a Hernández Carús no parece ser la injusticia, sino que haya creyentes dispuestos a llamarla por su nombre. Por eso acusa de selectividad. Por eso introduce el bloqueo. Por eso invoca otros dolores de Cuba, no para reclamar libertades, sino para relativizar la persecución concreta contra Anna Bensi y su madre.
Esa lógica no busca coherencia. Busca parálisis.
En la parábola del buen samaritano, Jesús no elogia al que pasa de largo buscando excusas doctrinales. Elogia al que se detiene ante el herido. La publicación de Hernández Carús no se detiene ante las heridas de Anna Bensi y su madre. Se detiene a examinar si quienes las auxilian son suficientemente coherentes para el relato oficial. No está junto al herido del camino; está interrogando al samaritano.
El problema no es que Hernández Carús cite la Biblia. El problema es para qué la cita. La usa para oscurecer una injusticia, no para iluminarla. Para reprender a las víctimas y a sus acompañantes, no para cuestionar al poder que las aplasta. Para envolver en lenguaje cristiano una defensa práctica del régimen.
También resulta llamativo su tono de superioridad moral. Desde su cercanía al ecosistema oficialista, Hernández Carús se permite aleccionar sobre cristianismo a quienes se colocan del lado de los perseguidos. Es una escena de una hipocresía difícil de maquillar: una defensora del poder totalitario juzgando la fe de quienes acompañan a víctimas de la represión.
«Por sus frutos los conoceréis», dice el Evangelio. El fruto político de su publicación es evidente: restar legitimidad a la solidaridad con Anna Bensi y su madre, introducir los argumentos manidos de la propaganda oficial, convertir la fe en obediencia y desplazar el debate desde la violencia de Estado hacia la supuesta incoherencia de quienes la denuncian.
La maniobra no es nueva, pero sí profundamente inmoral. Consiste en pedirle cuentas morales a la víctima y a quienes la acompañan, mientras se absuelve por omisión al régimen que persigue, vigila, arresta y condena. Consiste en citar a Cristo mientras se actúa, políticamente, del lado de Pilato.
Hernández Carús no hizo una reflexión cristiana sobre la justicia. Usó el cristianismo como coartada para defender, por rodeo, al poder que la niega y la manipula a su antojo.
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