Cocinar «Uña de Dios»: crónica sobre «el nivel de degradación, de miseria, de pena de nuestros campesinos»

Olla sobre fogón de leña cocinando hierbas © Facebook / Iran Capote
Olla sobre fogón de leña cocinando hierbas Foto © Facebook / Iran Capote

Una anciana frente a un fogón de leña improvisado en el patio, cocinando gajos de una planta silvestre llamada «Uña de Dios» para tratar enfermedades que no puede costear con medicamentos: esa imagen publicada este domingo por el dramaturgo cubano Irán Capote resume con brutal precisión lo que encontró al visitar a su abuela en El Jíbaro, comunidad rural del municipio de San Juan y Martínez, en Pinar del Río.

Capote narró la visita en una crónica de Facebook tras cuatro meses sin poder visitar a su familia, llevando «unas cositas que apenas cabían en una bolsa cubalse». Lo que encontró no fue el alivio que buscaba: sin electricidad desde hacía más de cuatro días, sin agua corriente desde hacía más de 40, la bodega cerrada y los medicamentos fuera del alcance de cualquier campesino de la zona.

«En El Jíbaro, San Juan y Martínez, mi abuela que no es bruja ni sabe de brujerías, echa en el caldero prieto por tanta leña ardiendo, gajos de un matojo que dice bendito para sanar una lista inmensa de enfermedades», escribió el autor. La planta, a la que la anciana llama «Uña de Dios», se ha convertido en el único recurso terapéutico disponible. «El nombre del matojo me parece demasiado irónico», apuntó Capote.

La familia contaba con un pequeño acumulador de energía sin panel solar que cargaban durante la hora y media diaria de electricidad, pero esa rutina quedó interrumpida. La abuela, en medio del humo del fogón, «repite como un mantra que la cosa está muy fea y que los medicamentos cuestan un ojo de la cara».

El corte eléctrico que describe Capote no es un caso aislado: algunos circuitos de Pinar del Río acumularon más de 90 horas consecutivas sin electricidad durante la semana, según reconoció este domingo la primera secretaria provincial del Partido Comunista. Y dado que más del 80% de los acueductos cubanos depende del Sistema Eléctrico Nacional, cada apagón arrastra el corte del agua: 52 de las 177 fuentes de abastecimiento de la provincia estaban averiadas en esos mismos días.

«Allá tampoco hay agua desde hace más de 40 días. ¡Qué ironía!», escribió el dramaturgo, quien se había pasado muchas jornadas en la ciudad cargando agua en galoncitos de cinco litros. Los vecinos de El Jíbaro resuelven el abastecimiento recogiendo agua de lluvia en vasijas bajo las canaletas de los tejados, narró. La lluvia reciente alivió la sed, pero trajo el fango y agravó el paisaje de abandono.

«La gente del barrio ya tiene en las caras, en los cuerpos, en la voz, el dolor de un país que los ha tirado al abandono», escribió Capote. Cuando los vecinos le preguntaron cómo estaba la ciudad, él respondió que «casi igual que en el campo, aunque quizás un poquito mejor». La respuesta de ellos fue unánime: «Esto no tiene fondo. Hay que irse pa donde sea. No hay prosperidad».

A la crisis energética e hídrica se suma el colapso del sistema de distribución. La bodega del barrio permanece cerrada y hace tiempo que no se vende pan. Los campesinos tabacaleros esperan cobros pendientes de cosechas anteriores mientras acumulan deudas para comprar «la bolsa de arroz más cara, la bolsa de azúcar más cara, y lo que aparezca».

El recurso a plantas medicinales como sustituto de fármacos tampoco es exclusivo de la abuela de Capote: Una encuesta digital realizada por CubaData para Diario de Cuba entre el 23 de febrero y el 13 de marzo de 2026 reveló que alrededor del 91 % de los participantes declaró haber enfrentado algún grado de dificultad para conseguir medicamentos.

El propio régimen ha promovido el cultivo de plantas como sábila, tilo, hierbabuena y llantén ante la escasez crónica en las farmacias. La «Uña de Dios» de la abuela de Capote es una variante más de una estrategia de supervivencia que el Estado ha normalizado por omisión.

Capote cerró su crónica con una frase que funciona como desafío: «Es doloroso el nivel de degradación, de miseria, de pena de nuestros campesinos. Si alguien quiere comprobarlo, vaya hasta allá, monte adentro… y desmiéntame».

Y mientras eso no ocurra, su abuela seguirá aferrada, según lamentó el nieto, «no de la mano, sino de la Uña de Dios».

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